Una madre peor 41
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Llueve el trece de mayo desde las siete de la tarde y llueve bien, con esa lluvia de mayo que dura tres horas y limpia una ciudad entera. Llueve por meteorología. En Madrid, en mayo, llueve así tres o cuatro tardes.

Cenamos a las ocho menos veinte. Merluza al horno y ensalada, que es lo de los martes desde hace tanto que ninguna de las dos se acuerda de por qué.

Emma me cuenta que en clase han empezado el proyecto del sistema solar, que van por parejas y que a ella le ha tocado sola porque son impares, y que le ha tocado Neptuno, que es, según ella, el peor planeta que hay.

—¿Por qué es el peor?

—Porque no tiene nada. Es azul y es grande y ya está.

—Algo tendrá.

—Tiene un viento de dos mil kilómetros por hora.

—Eso es muchísimo.

—Es el más rápido del sistema solar.

—Pues ya tienes el trabajo hecho.

—Pues eso es bastante.

—Ya. Pero no se ve.

Y se queda pensando en eso, con el tenedor parado, hasta que decide que su conclusión es correcta y sigue comiendo.

Recoge.

Recoge su plato, mi plato, la fuente y la tabla, aclara, carga el lavavajillas por tamaños y pasa la bayeta por la mesa en tres pasadas, siempre en el mismo orden: primero su lado, después el mío, después el centro.

Tarda siete minutos. Los he contado alguna vez.

Se ducha. Diez minutos justos, que es lo que dura una ducha en esta casa desde que se lo dije yo con siete años y que no ha vuelto a discutir nadie.

A las nueve y veinte estoy en el pasillo con la cesta de la ropa recién sacada de la secadora, caliente, y la puerta de su cuarto está entornada, y por la rendija veo que está de pie junto a la ventana, a oscuras, con la persiana subida y el brazo estirado hacia el cristal.

Tiene el móvil de su padre en horizontal, sujeto con las dos, apuntando a la calle. La pantalla le da en la cara y le pone la cara verde.

—¿Qué haces?

Se gira sin sobresaltarse y sin bajar el volumen de nada, porque no hay volumen que bajar. No esconde nada. No baja el brazo.

Esto hay que decirlo claro, porque es la clave de todo lo que viene después y porque si no se dice aquí luego parece otra cosa: mi hija no oculta el teléfono de su padre.

Nunca lo ha ocultado. Lleva dos años dejándolo cargando en el enchufe del pasillo, a la vista de todo el mundo, en el sitio donde lo puso el primer día.

—Grabo la lluvia.

—¿Grabas la lluvia?

—Sí.

—¿Se oye bien desde ahí?

—Si abro un poco la ventana, sí. Pero se moja.

—¿Para qué?

Se lo piensa. Le pone al mundo su pausa, que es la de siempre, la de cuatro segundos.

—Para tenerla.

—¿Y ya está?

—Es que si no la grabas, se va.

—Va a llover más veces.

—Sí. Pero esta no.

Y vuelve a girarse hacia la ventana, y estira otra vez el brazo, y se queda quieta con la lluvia cayendo delante del cristal y el teléfono de su padre entre las dos manos.

Me quedo en la puerta con la cesta de la ropa en la cadera, mirando la espalda de mi hija recortada contra una ventana con la persiana subida.

Aquí caben tres actuaciones y las evalúo en el pasillo, con la cesta en la cadera, en el tiempo que tardo en no decir nada.

La primera es entrar, pedirle el teléfono y quedármelo.

Tengo derecho. Es un teléfono de mi casa, de una línea que pago yo desde hace veintisiete meses, en manos de una menor de nueve años que está a mi cargo.

Tardaría cuatro segundos y me lo daría sin discutir, porque esta niña no discute nunca y porque en esta casa las cosas se entregan cuando se piden.

La segunda es entrar, sentarme en su cama y preguntarle qué más hay ahí dentro. Preguntárselo así, tal cual, sin rodeos: Emma, ¿qué más tienes grabado en ese teléfono?

Y ella me contestaría.

Me contestaría con la verdad, entera y por orden, sin quitar nada, porque nunca ha hecho otra cosa, y me diría la lluvia, y la lavadora, y el coche, y papá cantando, y a lo mejor la lista tendría catorce cosas y a lo mejor tendría quince.

La tercera es la que ejecuto.

La tercera consiste en no hacer nada, que es lo que un profesional hace en el noventa por ciento de los casos y lo que nadie entiende desde fuera.

—No te acuestes tarde.

—Vale.

Y lo dice sin dejar de grabar y sin girarse. Y me voy con la cesta.

Cierro su puerta hasta el palmo que le gusta y me llevo la cesta al tendedero, y desde el tendedero, que da al mismo patio, se oye la misma lluvia que mi hija está grabando a cuatro metros.

Nadie me obliga a escribir lo que viene ahora. Podría dejarlo en que no le quité el teléfono a mi hija y que quién no.

Nadie me está preguntando. Nadie me va a preguntar esto nunca.

Y aquí es donde tengo que consignar el motivo.

En un expediente lo que importa no es la decisión sino la motivación: una decisión sin motivación es un capricho y una decisión motivada es una actuación, y por eso la ley obliga a motivar y por eso yo llevo doce años leyendo motivaciones ajenas.

La motivación de esta noche del trece de mayo es exacta y no admite adorno: pedirle ese teléfono a mi hija sería reconocer, delante de ella y en voz alta, que hay algo dentro de ese teléfono que a mí me preocupa.

Y en el momento en que yo diga eso, mi hija sabrá que yo sé que hay algo.

Y todo lo que ella haga a partir de entonces lo hará sabiendo eso.

Un expediente se estropea el día en que el sujeto sabe que está siendo revisado. A partir de ese día todo lo que aparece está limpio y todo lo que había desaparece, y el revisor se queda con una carpeta impecable y con la certeza inútil de que hubo algo.

Eso lo he explicado en cursos. Lo he explicado con una diapositiva que se llama «el coste de preguntar antes de tiempo».

Tiendo la ropa.

Dos camisetas mías, tres camisetas suyas, cuatro pares de calcetines, un pantalón de chándal, los paños de la cocina y dos bragas de las de los días de colegio.

Tiendo con las pinzas de madera, que son las que agarran, dos por prenda, y dejo el tendedero puesto contra la pared para que no gotee sobre las baldosas. Tardo once minutos.

Después voy al baño a por la crema de manos.

En el baño hay dos vasos, uno a cada lado del grifo.

Los pusimos así porque lo pidió ella y porque tiene lógica: cada una alcanza el suyo desde su lado y ninguna tiene que cruzar el brazo por delante de la otra.

El de la izquierda es el mío, blanco, con mi cepillo y la pasta de dientes.

El de la derecha es el suyo, verde, y lo pusimos cuando cumplió seis años y quiso tener su vaso.

En el vaso verde no hay nada.

No es que el cepillo esté en otro sitio del baño.

Miro. Está el mío en el mío. Está la pasta compartida, que es de las dos y que se acaba siempre por el mismo sitio.

Está la crema de manos, está el peine, está el bote de las gomas del pelo con doce gomas dentro y está la pinza que usa ella para ducharse.

Y el vaso verde está vacío, y está seco, y por el círculo que hay marcado abajo, esa marca de cal que dejan los vasos de baño donde ha estado apoyado un cepillo durante cuatro años, se ve dónde estuvo.

Abro el cajón del mueble del lavabo, donde está el neceser de los repuestos. Dentro hay un cepillo azul de adulto sin abrir y una caja de seda dental.

Cojo el vaso verde. Lo miro por dentro.

Está seco del todo. Está seco de días, no de una noche: un vaso de baño en el que ha habido un cepillo mojado hace ocho horas está húmedo en la base y tiene una película. Este no.

Lo vuelvo a dejar exactamente donde estaba, a la derecha del grifo, con la boca hacia arriba y con el asa hacia fuera, que es como estaba.

Y me quedo delante del espejo del baño de mi casa, a las diez menos veinte de la noche del trece de mayo, con el bote de la crema de manos sin abrir en la mano, mirando dos vasos.

—Mamá.

Desde el cuarto, con la voz de dentro del edredón.

—Dime.

—Que mañana hay que devolver el de los animales.

—Mañana lo devolvemos.

—Es que si no lo devuelvo yo lo tiene que devolver otro.

—Lo devuelves tú. Duérmete.

—Vale.

Y en el pasillo, a cuatro metros, detrás de una puerta entornada, sigue lloviendo dentro de un teléfono que lleva veintisiete meses sin dueño.