40
El cóctel de primavera del AMPA es el sábado diez de mayo a las doce y media, en el jardín del club de la carretera de La Coruña, con toldos blancos, camareros con bandeja, un cuarteto de cuerda de tres chicos y una chica del conservatorio, y ciento veinte personas de pie sobre un césped que se ha regado a las siete de la mañana.
Hay quince mesas altas repartidas por el césped, sin sillas, con manteles blancos hasta el suelo, y en cada una caben cinco o seis personas de pie.
Hace veintiséis grados a la sombra y el vino blanco está a la temperatura a la que hay que servirlo, que es la primera cosa buena que me pasa en el cuerpo desde febrero.
Este año me colocan en la mesa alta del centro.
No hay mesas asignadas. Es un cóctel: la gente se mueve, se agrupa y se disgrega.
Y precisamente por eso las posiciones significan algo, y a las doce y cuarenta yo estoy en el grupo que se forma alrededor de Bego Arístegui, con una copa de vino blanco en la mano, hablando de la reforma del gimnasio.
Aquí es donde hay que decir cómo se entra en un sitio así, porque no se entra por una puerta y porque nadie te dice nunca que has entrado.
Se entra porque una tarde de diciembre, en un patio cubierto con villancicos de fondo, alguien te da un libro de contabilidad de tapas duras.
Se entra porque en marzo cuadras un descuadre en doce minutos.
Se entra porque en abril, cuando la Comisión necesita que alguien revise el presupuesto de la excursión de sexto, tú lo revisas en una tarde y lo devuelves con tres observaciones.
Se entra porque eres útil, porque eres discreta y porque a nadie se le ocurre pensar que estés en desacuerdo con nada.
Y se entra, sobre todo, porque a estas alturas del curso todo el mundo en este jardín sabe que a mí también me abrieron un expediente en octubre y que a mí también me lo cerraron en marzo, y eso, en este grupo, no es una mancha.
Es un carné. Aquí dentro, una mujer a la que le abrieron un expediente y se lo cerraron es una mujer que ya sabe cómo funciona el mundo.
—Que Claudia, que a esta hay que darle una medalla —dice Bego, sin soltarme el brazo—. Que el cierre del trimestre nos lo ha dejado como para presentárselo a Hacienda.
—Es que era muy fácil.
—Era facilísimo, sí. Por eso llevábamos ocho años sin poder cerrarlo y por eso el año pasado lo cerró una gestoría por cuatrocientos euros y encima mal.
Risas. Una vocal me pregunta si haría lo mismo con las cuentas de la comunidad de su edificio, medio en broma y no del todo, y le digo que ni loca, y se ríen más.
Me presentan a tres personas en veinte minutos. A dos de ellas les presentan mi apellido antes que mi cara.
A la una y cuarto, Bego se sube a un escalón de piedra que hay en el borde del césped, junto a la pérgola, y pide silencio con las dos palmadas suaves. Tarda once segundos en tenerlo todo callado.
Y hace el brindis.
—Un minuto. Un minuto y os dejo con el pincho de tortilla.
Espera lo justo.
—Ha sido un curso duro. Duro para muchas familias y duro para esta Comisión, que ha tenido que estar donde había que estar sin que se notara, que es la única manera de estar.
—Levanta la copa dos dedos—. No voy a decir nombres, porque aquí no se dicen nombres.
Solo voy a decir que este colegio ha vuelto a demostrar una cosa que a mí me emociona, y es que aquí, cuando un niño necesita algo, aparece. Aparece siempre. Alguien aparece.
Aplausos. Alguien dice bravo. Un camarero espera a que terminen para pasar con la bandeja.
—Y por las que sostienen —termina—. Que son las que nunca salen en la foto.
Ciento veinte personas levantan la copa y beben.
Yo bebo. El vino blanco está frío y es bueno.
Lo del niño pasa a las dos menos veinte, junto a la mesa de los quesos.
Hay una mujer de unos sesenta y cinco años, con un traje de chaqueta color hueso y una copa en la mano, que resulta ser madre de una antigua alumna y que lleva veintitantos años viniendo a estas cosas. Está contando que ella conoció a Bego cuando Bego no era nadie en el AMPA.
—Que yo la vi empezar, ¿eh? Yo la vi. Cuando lo del niño aquel, el que...
Y aquí no pasa nada. No hay un silencio de película.
Hay una cosa mucho más rápida y mucho más eficaz: Marisa, que está a dos metros, se gira con una bandeja de croquetas y dice «¡Ay, las croquetas!
», y la señora de sesenta y cinco años coge una croqueta, y la conversación se va a las croquetas, y ya está.
Ha durado dos segundos y medio y lo he visto entero porque yo esa mañana no estaba escuchando a nadie: estaba mirando.
Pero yo estaba mirando a Bego cuando la señora empezó la frase, y a Bego se le fue la cara.
No se le puso tensa. No se le puso nada. Se le fue: se quedó exactamente igual pero vacía, sin nadie dentro, durante el tiempo que tardó Marisa en llegar con la bandeja, y después volvió, y sonrió, y dijo que estaba deseando probarlas.
Lo del niño aquel. El que.
En el archivo de la Comisión hay trece años de actas. Bego Arístegui lleva en esto trece años, lo dijo ella misma en un pasillo de aseos en noviembre, y una persona no dedica trece años de su vida a una comisión de padres de un colegio por afición.
A las tres, cuando ya se está yendo la gente, Bego me lleva aparte con la mano en el antebrazo.
—Oye, lo del archivo. ¿Te lo comentó Sonia?
—No.
—Ay, esta mujer. Pues nada, te lo comento yo, que además es mejor.
Y me lo cuenta con detalle, con la copa vacía en la mano, sin soltarme el brazo hasta la mitad de la explicación.
El archivo de la Comisión de Bienestar y Convivencia son treinta y tantas cajas que están en el cuarto de material del AMPA, en el sótano del colegio, al fondo, detrás de las sillas plegables.
Actas desde que se constituyó. Libros de contabilidad.
Correspondencia. Carpetas por curso. Fotos de todos los eventos desde que se hacían con carrete.
—Está todo, ¿eh? Ahí no se ha tirado un papel en trece años. Ni uno. Eso lo puso mi antecesora y yo lo he mantenido. Lo que pasa es que está como está, que una cosa es guardar y otra cosa es tener.
—Ya.
—Y de ahí no sale una caja. Ni una hoja. Y no se puede llevar nadie de fuera. Eso lo entiendes.
—Lo entiendo.
—Pues eso. Nosotras no sabemos. Yo abro una caja y me da algo. —Se ríe—. Y tú sí sabes. Tú entras ahí y en tres meses eso es un archivo.
—Es bastante trabajo.
—Es muchísimo trabajo y no se paga y encima no te lo agradece nadie, que es lo mejor que tiene. —Y aquí baja media nota—. Y luego está lo otro, cielo, que también hay que decirlo.
—¿El qué?
—Que ahí dentro estamos todas.
Lo dice mirándome a los ojos, con la copa vacía en la mano y el sol de las tres dándole por la izquierda.
—Trece años de familias de este colegio. Cosas de todo tipo. Cosas de gente que sigue en el cole y cosas de gente que ya no. Y eso no se le da a cualquiera, ¿me entiendes? Eso se le da a alguien de dentro.
—Te entiendo.
—Es un marronazo y es un privilegio. Las dos cosas, cielo. Como todo lo que merece la pena.
En el césped, a diez metros, dos camareros están recogiendo un toldo y el cuarteto está metiendo los instrumentos en las fundas.
Y espera.
Y yo he entendido perfectamente lo que me está ofreciendo y lo que me está diciendo, y lo he entendido en la primera frase, y sé exactamente qué es entrar en un sitio del que ya no se puede declarar nada nunca, porque a partir del momento en que yo ordene ese archivo, cualquier cosa que yo cuente sobre esas cajas la habré contado desde dentro.
Miro a Bego Arístegui. Cincuenta y dos años, vestido de lino color arena, la copa vacía en la mano derecha, el bolso en el codo izquierdo, y detrás de ella ciento veinte personas recogiendo servilletas de un césped regado a las siete de la mañana.
—¿Cuándo puedo empezar?
Bego mete la mano en el bolso y saca un llavero pequeño con dos llaves y una etiqueta de cartón atada con hilo.
—La grande es la del sótano. La pequeña es la del cuarto de material. Y en el cuarto la luz está a la izquierda, pero hay que darle dos veces, que el primer interruptor no va desde antes de la pandemia.