Una madre peor 39
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Bruno se fue el veinticinco de abril a las cinco y diez de la tarde.

Lo primero que hay que resolver, después de eso, son los martes y los jueves.

Durante dos años, los martes y los jueves los cubrió Sara Noguera sin cobrar, sin faltar y sin que hiciera falta recordárselo.

Recogía a Emma a las cinco, se la llevaba a su casa, le daba de merendar, le hacía repasar los deberes y me la devolvía a las ocho y cuarto con la trenza puesta y con hambre de cenar igual.

Eso ya no existe.

Entrar a las ocho significa levantarse a las cinco y cuarenta. Llevo dos años levantándome a las cinco y cuarenta por dentro; ahora hay que hacerlo también por fuera, y no es lo mismo.

Lo planteo en el trabajo el veintiocho de abril, por escrito, en un correo de una página con dos opciones y una tabla comparativa de impacto por departamento: adelantar la entrada a las ocho para salir a las cinco y cuarto dos días por semana, o compensar los martes y jueves con dos horas los viernes.

Me conceden la primera con la condición de que el comité de riesgos, que llevaba cuatro años a las once, se mueva a las ocho y cuarto, lo cual afecta a seis personas que no tienen ninguna culpa de nada de esto.

Sale a votación en el comité de dirección un martes a las nueve y media. Lo aprueban por unanimidad en cuatro minutos. Alguien dice que faltaría más y otro dice que hay que conciliar.

Sesenta y siete correos de reprogramación, dos personas que tienen que cambiar el día de la fisioterapia y un jefe de área que me lo recuerda dos veces en tres semanas con mucha educación.

Con eso quedan cubiertos los martes. Los jueves los cubro con una chica de veintidós años que me manda la vecina del cuarto, que se llama Nayra, que estudia Enfermería, que cobra doce euros la hora y que es puntual, seria y absolutamente correcta.

Emma la trata con la cortesía con la que se trata a los proveedores. El primer jueves le enseñó dónde está cada cosa de la cocina y le dio el número del portero automático apuntado en un papel.

El tercer jueves, al entregarme el turno en el recibidor con el abrigo ya puesto, Nayra me dice esto:

—Oye, qué niña.

—¿Ha pasado algo?

—No, no. Al revés. —Se cuelga la mochila—. Que es muy independiente, ¿eh? Yo llego y está todo hecho. Los deberes, la merienda recogida, el uniforme del día siguiente en la silla. Yo no tengo que hacer nada.

—Ya.

—En serio, es que te ahorras un dineral conmigo. —Se ríe—. Yo estoy aquí de figurante.

—Doce euros la hora.

—Y encima me da conversación.

Le doy las buenas noches y cierro la puerta, y me quedo dos segundos con la mano en el picaporte.

Muy independiente. Todo hecho. Yo no tengo que hacer nada.

Son tres frases dichas por una chica de veintidós años que estudia Enfermería, que no sabe absolutamente nada de esta casa y que las ha dicho para hacerme un cumplido y para justificar su sueldo. Escritas en un impreso con membrete y bajo el epígrafe correcto, esas tres frases valen un expediente.

Sesenta y siete euros a la semana. Doscientos ochenta y ocho al mes.

Ese es el precio en euros de lo que hice, y lo pongo aquí porque es la única parte de la factura que sé calcular.

Llevo media vida poniendo cifras a cosas que no se pueden cifrar: a un incendio, a una nave que no existe, a una mano que falta.

Se hace igual. Se cogen los conceptos que tienen precio de mercado, se suman, y donde no hay precio de mercado se escribe «no cuantificable» y se sigue.

Doscientos ochenta y ocho euros al mes, más lo no cuantificable. Las tardes cambian de forma.

Los martes que yo recojo, salimos del colegio a las cinco y cuarto y vamos a casa, y en el coche mi hija me cuenta el día con tres datos comprobables, y luego llegamos y ella hace los deberes y yo trabajo en la mesa camilla con el portátil, y a las ocho menos veinte cenamos.

Es una tarde correcta. No le falta nada. Le sobra silencio.

La casa se queda muy ordenada. Se queda tan ordenada que en mayo, cuando viene el técnico de la caldera, comenta que qué casa más recogida, y yo le digo que gracias.

En el colegio, Emma y Bruno siguen en la misma clase, siguen sentados a metro y medio y siguen saliendo por la misma puerta a las cinco. A Bruno lo recoge Patricia en un Volvo azul oscuro. Eso lo sé porque Emma me lo cuenta el segundo día, con la naturalidad con la que se cuentan los datos:

—A Bruno lo recoge Patricia. Tiene un Volvo azul.

—Ya.

—Aparca donde aparcabas tú.

Y el silencio nuevo tiene horario.

Empieza a las siete y veinte, cuando llego, y dura hasta las ocho menos veinte, que es cuando cenamos.

Cincuenta minutos. Los martes y los jueves cincuenta; los demás días, veinte, porque los demás días llego a las siete y cincuenta.

En esos cincuenta minutos Emma está en su cuarto con la puerta entornada y yo estoy en la cocina, y no pasa nada, y ninguna de las dos hace nada raro, y sin embargo esos cincuenta minutos tienen una densidad administrativa que no tenía ninguna de las tardes de esta casa en dos años.

El nueve de mayo llego a las siete y cuarto en vez de a las siete y veinte, porque el semáforo de López de Hoyos ha ido a mi favor y porque he encontrado sitio en la primera vuelta.

Meto la llave sin ruido y giro despacio para que no salte el resbalón, que es una cosa que empecé a hacer en marzo y que no he decidido nunca.

Y desde el recibidor, con la puerta todavía en la mano y las llaves sin sacar de la cerradura, la oigo.

Está hablando.

Está hablando en su cuarto, en voz baja pero no en susurro, con esa entonación de quien está contando algo largo y va por la mitad. No se entienden las palabras. Se entiende el ritmo, que es el ritmo de una conversación real, con sus pausas para escuchar.

Cuelgo el abrigo en mi gancho, el segundo empezando por la izquierda. Dejo el bolso en el mueble del recibidor, encima del plato de las llaves.

Y cuando la puerta hace el ruido que hace mi puerta al cerrarse, en el cuarto de mi hija se acaba la conversación en menos de un segundo.

No hay un «tengo que colgar». No hay un «ya está aquí». No hay una despedida, ni una prisa, ni un ruido de colgar.

Hay una frase cortada por la mitad y después el silencio.

Emma sale al pasillo a los cuarenta segundos, con la cara normal, con los calcetines puestos y un lápiz en la mano.

—Hola.

—Hola. He llegado antes.

—Ya lo he oído.

Ya lo he oído. Tres palabras, la cara normal, el lápiz en la mano.

Cenamos a las ocho menos veinte. Croquetas de las congeladas y una ensalada, que es lo de los viernes movido a un jueves porque la semana ha ido como ha ido.

Me cuenta que en biblioteca han descatalogado doce libros porque están muy viejos y que se los llevan a un punto limpio, y que a ella le parece mal, y que ha preguntado si se pueden quedar en la clase y le han dicho que no, y que ha preguntado entonces si se los puede quedar ella y le han dicho que lo van a consultar.

Tiene razón. Le digo que tiene razón y que insista.

Hay una versión de esta escena en la que yo, a las ocho menos cuarto de la tarde de un nueve de mayo, en la cocina de mi casa, le digo a mi hija de nueve años: ¿con quién hablabas?

Esa versión dura cuatro segundos y cambia el resto de este libro.

En ningún momento de esa cena le pregunto con quién estaba hablando, y ella en ningún momento me lo dice, y a las nueve y media se lava los dientes y se acuesta, y a las diez menos veinte yo estoy sentada en la mesa camilla del salón entrando en el área de clientes de la compañía de teléfono.

El móvil de Óscar tiene línea.

Tiene línea desde hace veintisiete meses.

Nueve euros con noventa al mes, tarifa mínima, dos gigas y llamadas nacionales.

La conservé el primer año porque cancelar una línea exige llamar a un número de atención al cliente y explicar por qué, y yo aquel año no podía explicar nada por teléfono.

La conservé el segundo año por costumbre. La he pagado veintisiete veces.

Entro en el detalle de consumo de la línea. Selecciono los últimos noventa días.

Y ahí está.

Está en la primera pantalla, sin tener que buscar, ordenado de más reciente a más antiguo.

Once llamadas salientes desde el veintiocho de abril, todas al mismo número de nueve dígitos, todas entre las diecinueve y veinte y las diecinueve treinta y ocho.

El número me lo sé. Me lo sé desde hace veinte años y me lo sabe mi hija desde el verano pasado.

No hay ni una llamada entrante. Ni una. Sara Noguera no ha llamado nunca a ese teléfono: contesta.

Las leo por orden, de arriba abajo, con el dedo en la pantalla.

La primera, veintiocho de abril: cuarenta segundos. La segunda, treinta de abril: un minuto doce.

La tercera, dos de mayo: cuatro minutos veintiuno.

Después: seis minutos. Nueve minutos. Once. Catorce. Diecinueve. Veintidós. Veintidós. Y la de esta tarde, la del nueve de mayo, que dura seis minutos y cincuenta y cuatro segundos y que termina, según el registro, a las diecinueve dieciséis.

Yo he metido la llave a las diecinueve quince.

Seis minutos y cincuenta y cuatro segundos es lo que dura una conversación que empieza a las siete y nueve de la tarde y termina cuando alguien abre una puerta.