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La entrega es el viernes veinticinco de abril, a las cinco de la tarde, en el portal de Sara.
Se hace así porque se pidió que se hiciera así y porque se concedió: que el niño salga de su casa, con sus cosas, y no de un despacho de la tercera planta de un edificio de la calle Gran Vía de Hortaleza.
Consta en el expediente como «entrega en domicilio con acompañamiento técnico». Son seis palabras y detrás de esas seis palabras hay una mujer aspirando una alfombra durante tres días.
Nosotras estamos ahí, en esa casa, esa tarde, porque lo pidió Bruno.
No lo pidió Sara. Sara no habría pedido nunca que hubiera nadie mirando.
Lo pidió el miércoles, en la cena, sin levantar la vista del plato: que el viernes viniera Emma.
Y Sara me llamó esa noche y me lo preguntó con una voz plana que no le he oído nunca en veinte años, la voz de quien ya no pide favores sino que transmite peticiones ajenas, y me dijo que si me parecía mal lo entendía perfectamente y que a lo mejor era demasiado para una niña de nueve años.
Y yo dije que sí.
Emma se pone el jersey verde. No se lo pone nunca. Se lo pone porque es el que Bruno dijo una vez que le gustaba, hace como un año, en un cumpleaños, y porque en esta familia esas cosas se archivan.
Subimos a las cuatro y media. La casa está recogida.
Está más recogida de lo que ha estado esta casa en veinte años: no hay ropa en el sofá, no hay platos en el fregadero, la alfombra está aspirada y se le ven las rayas.
Han venido a arreglar el grifo de la cocina.
Sara lleva tres días limpiando una casa de la que se va a llevar a su hijo un funcionario.
En el recibidor hay una bolsa de deporte azul, de las de fútbol, y la mochila del colegio.
Sara ha hecho el equipaje con la lista que le dieron, que es una hoja fotocopiada con quince puntos y dos casillas al final, y la ha ido tachando punto por punto con un bolígrafo azul: ropa para quince días, el pijama, las zapatillas de deporte, el cepillo de dientes, la cartilla de vacunas, un libro de la biblioteca del colegio que hay que devolver el jueves y que ha metido con la ficha puesta.
Y encima de la bolsa hay una caja de zapatos cerrada con celo.
—¿Eso qué es? —le pregunto en voz baja.
—Ha estado tres horas con eso. Tres horas.
Bruno sale de su cuarto a las cinco menos veinte.
Lleva la camiseta del equipo, la buena, la de la temporada pasada con el nombre del portero detrás, que es la que se pone para las cosas: para los cumpleaños, para el día de la foto de clase y para el día en que su madre le dijo que iba a irse una temporada a casa de Patricia.
—Hola.
—Hola, Bruno.
—Hola —le dice Emma.
—Hola.
Y ya está. Es todo lo que se dicen.
Y se quedan los dos de pie en el pasillo, a metro y medio, sin saber qué se hace.
Al final se sientan en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, y se ponen a hablar de una cosa del colegio. De un examen. Están veinte minutos hablando de un examen de matemáticas.
Es lo mejor que se les ocurre y es exactamente lo correcto.
A las cinco menos diez, Sara entra en el cuarto de Bruno y sale a los dos minutos, y cuando sale se ha lavado la cara.
El técnico llega a las cinco en punto. Llama al telefonillo a y un minuto porque ha esperado abajo hasta la hora.
Se llama Álex, tiene unos treinta y cinco años, lleva una carpeta y una chaqueta normal, y hace su trabajo con un cuidado que voy a recordar el resto de mi vida.
No entra hasta que Sara le dice que pase.
Saluda a Bruno el segundo y a Sara la primera.
Se sienta en el borde del sofá y le explica al niño, mirándolo a él, con frases cortas, qué va a pasar en la próxima hora: que van a ir en su coche, que está aparcado abajo, que son nueve minutos, que Patricia y Álvaro le están esperando, que va a tener su habitación, que su madre le va a llamar el domingo y que va a verla el jueves que viene en un sitio que se llama Punto de Encuentro.
—¿Y el jueves siguiente?
—El jueves siguiente también.
—Vale.
Emma escucha todo eso de pie, apoyada en la pared del pasillo, con las manos detrás de la espalda.
Bruno no llora.
No llora en ningún momento, ni antes, ni durante, ni al bajar.
Está serio, atento, contestando lo que le preguntan, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y hace lo que hace la gente cuando le están pasando cosas grandes, que es fijarse en las pequeñas: recoloca las zapatillas del recibidor con el pie para que queden paralelas.
Sara tampoco llora.
Sara está de pie, junto a la puerta de la cocina, con las manos por delante, y lleva desde las cinco de la tarde comportándose exactamente como le dijeron que se comportara.
Le dijeron que si el niño ve a la madre tranquila, el niño va tranquilo.
Y ella lo está haciendo. Está haciendo lo más difícil que se le puede pedir a una persona y lo está haciendo bien, y le está saliendo esa sonrisa suya, la de siempre, la que va por delante de todo.
A las cinco y diez, Álex mira el reloj de la pared de la cocina, después a Sara, y espera a que ella asienta.
Sara asiente. Álex coge la bolsa de deporte.
—¿Nos vamos?
—Sí.
Sara se agacha, le da un beso, le dice al oído una cosa de cuatro palabras que no oigo nadie más que él y le coloca el cuello de la camiseta.
—El domingo te llamo.
—Vale.
—A las seis.
—Vale.
—A las seis en punto, ¿eh? Que yo a las seis en punto estoy con el teléfono en la mano.
—Vale.
Y entonces Bruno se gira, vuelve dos pasos hacia dentro, coge la caja de zapatos del recibidor y se la da a Emma con las dos manos.
—Toma.
Emma la coge con las dos manos, como se la dan, y la sostiene un segundo delante del pecho, con la barbilla apoyada en la tapa, antes de bajarla.
Pesa. Pesa bastante.
—¿Qué es?
—Todo.
—¿Todo entero?
—Está desmontado por barrios. Va cada barrio en una bolsa y el censo está encima.
Emma asiente.
—Guárdamelo —dice Bruno.
—Vale.
—Es lo del tratado.
—Ya lo sé.
A las cinco y doce salen al descansillo.
Bajan. Bajamos todos: Álex con la bolsa, Bruno con la mochila puesta con las dos correas, Sara detrás, Emma con la caja de zapatos y yo la última.
Bruno cuenta los escalones en voz alta hasta el tercero y luego se calla.
El coche de Álex es un Seat blanco, un coche normal, aparcado en doble fila con los cuatro intermitentes puestos. No hay ningún distintivo. No pone nada en ninguna puerta. Mete la bolsa en el maletero, abre la puerta de atrás, Bruno se sube y se pone el cinturón antes de que se lo digan.
Álex le dice a Sara que la llamará esta noche, sobre las ocho y media, para confirmarle que ha llegado bien y que ha cenado. Se lo dice dos veces, con las mismas palabras, porque sabe que la primera no la ha oído.
Y arranca.
El coche sale de la doble fila, se mete en la calle, se para dos segundos en el ceda el paso de la esquina y gira a la derecha, hacia la avenida, con el intermitente puesto.
Bruno no se gira a mirar por la luna de atrás. No lo hace ni una vez.
Sara se queda mirando la esquina.
Se queda mirando la esquina bastante rato después de que el coche haya desaparecido, con los brazos cruzados, en la acera, delante de su portal, con la sonrisa todavía puesta porque nadie le ha dicho a qué hora se la puede quitar.
Emma se queda de pie en la acera, a dos metros de Sara, con la caja de zapatos apoyada en la cadera y sujeta con el brazo izquierdo, mirando la misma esquina.
En la mano derecha, cerrada, tiene algo. Lo lleva así desde el portal. Lo lleva así los once minutos de vuelta a casa, en el ascensor, mientras se quita la chaqueta y hasta que se sienta en su cama con la caja de zapatos al lado.
Y cuando por fin abre la mano, encima del edredón, lo que hay dentro es una pieza de Lego roja de dos por cuatro, de las corrientes, de las que hay cuarenta iguales dentro de esa caja.