Una madre peor 32
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Trabajo el escrito de Sara tres noches, del quince al diecisiete de marzo, en la mesa camilla del salón, con el faldón echado por encima de las rodillas y el flexo puesto.

La mesa camilla era de la madre de Óscar y estuvo cuarenta años en un salón de Cuenca. Es lo único de esa casa que quise quedarme.

Emma se acuesta a las nueve y media y a las diez esta casa está en su punto de reposo, y a partir de esa hora en esta casa se puede hacer cualquier cosa.

Las tres noches trabajo de once a dos y las tres me acuesto con los ojos secos y con esa arenilla que sale de mirar papel bajo un flexo.

Primera noche: leer y ordenar.

No se toca nada la primera noche. Esa es una regla mía y no la he roto nunca: la primera noche se lee entero, dos veces, y se hace un esquema de lo que hay. Quien empieza a corregir mientras lee, corrige lo primero que le molesta y no lo que importa.

Lo que hay son once folios manuscritos y un desorden que en realidad no es un desorden: es una mujer contando su vida en el orden en que le duele.

Empieza por el hospital, salta al cumpleaños, vuelve al día de la excursión, se va tres párrafos a explicar quién es Bruno y cómo es, y termina con una frase que dice: yo he criado a mi hijo sola desde el día uno y no he fallado ni un solo día.

Es verdad. Y no sirve para nada.

En un procedimiento administrativo de protección, lo que no sirve para nada es peor que lo que perjudica, porque lo que perjudica al menos se rebate.

Cuando termino de leerlo la segunda vez son las doce y media y me quedo un rato con los folios encima de las rodillas. Hay una hoja, la séptima, en la que la letra se hace más grande a partir de la mitad y donde se ve exactamente el momento en que se puso a llorar y siguió escribiendo.

Segunda noche: la estructura.

Un escrito de alegaciones tiene una arquitectura y esa arquitectura no es negociable.

Encabezamiento con los datos de la interesada y del expediente.

Hechos, numerados, en orden cronológico, sin adjetivos.

Alegaciones, numeradas, cada una referida a un hecho.

Documentos que se acompañan, numerados. Solicitud, en un párrafo. Fecha y firma.

Lo monto así. Le hago un índice.

Y aquí es donde empieza el trabajo de verdad, que consiste en decidir qué entra y qué no entra, y que se hace con dos criterios: pertinencia y verificabilidad.

Todo lo que no sea pertinente, fuera. Todo lo que no se pueda acreditar con un documento, fuera.

Estos dos criterios son buenos. Son los criterios que yo aplicaría a cualquier expediente.

Son los que le explicaría a un juez si un día me lo preguntara.

Fuera, por no pertinente: los tres párrafos sobre cómo es Bruno, con los cromos, con las paradas por partido y con la frase de que es el niño más bueno del mundo. Un escrito de alegaciones no es una carta. A quien lo lee no le importa que el niño coleccione porteros.

Fuera, por no pertinente: la frase de que ha criado a su hijo sola desde el día uno sin fallar ni un solo día. Esa frase, en un procedimiento de protección, hace exactamente lo contrario de lo que pretende: introduce la palabra «fallar» y la introduce ella.

Fuera, por no verificable: «yo no había tomado absolutamente nada».

No se puede probar un hecho negativo. Y una negación categórica que después queda desmentida por una analítica convierte a la persona en no fiable para el resto del expediente.

Lo sustituyo por lo único sostenible: que no tiene prescripción activa, que no consta adquisición y que desconoce el origen del hallazgo.

Fuera, por no verificable: los dos párrafos con sus sospechas sobre quién grabó el vídeo, con dos nombres propios escritos y uno de ellos tachado y vuelto a escribir.

Acusar sin prueba, en un escrito propio, es el error más caro que se comete en estos procedimientos: no perjudica al acusado y desacredita a quien acusa.

Y fuera, en la página cuatro, línea seis, esto:

Aquel día yo llevaba desde las seis de la mañana levantada y en el autobús me tomé un café que me había preparado una amiga.

Lo leo cuatro veces.

La justificación técnica es impecable y la voy a escribir aquí entera, porque es la que di y porque es cierta.

Uno: es un dato no verificable, no hay testigo que pueda acreditar la composición de ese café.

Dos: introduce a un tercero en un procedimiento en el que no es parte, y eso, en un escrito de alegaciones, se lee siempre de la misma manera, que es como una imputación velada.

Tres: y es la razón principal, la que en mi trabajo pesa más que las otras dos: abre una línea que no se puede cerrar.

Un instructor que lee eso tiene que preguntar por el café.

Y cuando pregunte por el café, la interesada no tendrá nada que ofrecerle, y de esa nada saldrá una anotación que dirá que la interesada atribuye el hallazgo a terceros sin aportar indicio alguno.

Eso hunde un expediente. Eso lo hunde de verdad.

Cojo el lápiz rojo y tacho la línea. La tacho con una raya sola, de izquierda a derecha, que es como se tachan las líneas que se caen de un escrito, y en el margen escribo la abreviatura que uso desde hace doce años para esto: n. p., no pertinente.

Después dejo el lápiz encima de la mesa camilla, me levanto, voy a la cocina y me bebo un vaso de agua de pie delante del fregadero. Vuelvo. Me siento. Miro la línea tachada durante un rato que no voy a cuantificar.

Y paso a la página cinco. Tercera noche: la redacción.

Aquí es donde hago lo que sé hacer.

Escribo el hecho primero: fecha, actividad, condición de acompañante voluntaria, número de menores asignados.

Escribo el hecho segundo: la desaparición de una menor durante veinte minutos, la activación del protocolo, la localización sin daño.

Consigno la hora de cada cosa. Escribo el hecho tercero: la atención en urgencias, a instancia de terceros, sin sintomatología previa referida.

Y en los hechos cuarto y quinto pongo, con la misma letra tranquila y en el mismo orden neutro, dos cosas que Sara había escrito en sitios distintos y que juntas hacen un dibujo: que tiene una prescripción anterior de ese mismo grupo farmacológico, y que en enero, en una celebración familiar, consumió alcohol.

Las dos son verdad. Las dos las escribió ella. Las dos son pertinentes, porque a las dos se refiere el expediente.

Yo solo las he puesto seguidas.

Escribo las alegaciones. Son seis, numeradas, cada una remitida a su hecho por su número, cada una en dos frases, ninguna con adjetivos y ninguna con la palabra «yo» en posición de sujeto.

Escribo el apartado de documentos, con siete anexos numerados y una relación en la primera página.

Escribo la solicitud: que se tenga por presentado el escrito, se admitan los documentos y se acuerde el archivo.

Y al final, corrijo el estilo.

Le quito las tres exclamaciones. Le quito los seis «yo» que abren párrafo.

Le quito la palabra «injusto», que aparece cuatro veces, y la palabra «jamás», que aparece dos.

Le pongo las mayúsculas donde van, la coma del vocativo, el punto y coma en dos enumeraciones.

Le pongo tipografía de once puntos, interlineado uno coma cinco, márgenes de dos y medio, numeración de páginas en el pie con el formato de página tal de tantas.

Releo el conjunto una última vez de arriba abajo, en voz baja, que es como se detectan los defectos de un escrito: si al leerlo en voz alta hay que volver atrás en alguna frase, esa frase está mal.

No hay que volver atrás en ninguna.

A las dos y diez de la madrugada del dieciocho de marzo le doy a imprimir.

Salen nueve folios por una cara, y la impresora los saca de uno en uno con esa lentitud de las impresoras domésticas a las dos de la mañana.

Los recojo de la bandeja calientes, los cuadro contra la mesa camilla golpeando el canto dos veces y los grapo en la esquina superior izquierda, a cuarenta y cinco grados.

Después les pongo delante una portada con el número de expediente, el nombre completo de Sara Noguera Amaya, su DNI, su domicilio y la relación de los siete documentos que se acompañan, cada uno con su epígrafe.

Y lo dejo encima de la mesa camilla, debajo del flexo, cuadrado con el borde de la mesa, con la portada hacia arriba y las nueve páginas debajo.

No hay una sola palabra falsa en esos nueve folios. No hay un solo dato inventado, no hay una sola cita alterada, no hay una sola fecha movida. Cualquier persona que lo lea va a pensar lo mismo que voy a pensar yo mañana cuando lo meta en un sobre: que es un escrito excelente.