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Raquel Ordóñez me cita el veintiuno de marzo a las nueve y media de la mañana.
Es la misma oficina de la calle Manuel Uribe, dos mesas, un radiador que hace ruido y una ventana que da a un patio de manzana. Encima de su mesa hay un vaso de plástico con cuatro bolígrafos, una foto de dos adolescentes en un marco y torres de carpetas de gomas puestas en tres pilas.
Y la carpeta que tiene delante, cerrada, con la goma puesta, no es la mía.
En el lomo pone otro apellido. Está de canto, girada hacia ella, y yo la leo del revés en dos segundos porque leo carpetas del revés desde hace doce años y porque es lo primero que hago al entrar en un despacho ajeno.
NOGUERA AMAYA, S. Y debajo, más pequeño, un número de expediente con el año delante.
—Gracias por venir. La he citado en calidad de entorno cercano de la señora Noguera, en un expediente de información previa relativo a su hijo. Usted no está siendo evaluada aquí, y su expediente, el suyo, está archivado. ¿Lo sabe?
—Lo sé.
—Bien. —Abre la carpeta—. Le explico cómo va esto, aunque usted ya lo sabe. Voy a apuntar. Todo lo que apunte se lo leo antes de irse.
Empieza por lo fácil, como se hace.
Desde cuándo se conocen: veinte años, desde la facultad. Cómo se conocieron: por una asignatura y por un piso compartido de tres. Con qué frecuencia se ven: dos o tres veces por semana. Qué relación tiene su hija con el menor: van a la misma clase desde los tres años y meriendan juntos desde antes.
Contesto todo. Contesto rápido, claro y completo, como hace una persona que no tiene nada que ocultar y también lo que hace una persona que ha decidido qué va a decir.
Y digo cosas buenas de Sara. Digo muchas. Digo que es la persona más generosa que conozco, que su hijo está criado con una alegría que yo no he sabido darle a la mía, que ha recogido a mi hija del colegio tres tardes por semana durante dos años sin cobrar ni pedir nada.
Raquel lo apunta todo. Eso también lo apunta.
—¿Cómo describiría usted a la señora Noguera como madre?
—Buena. Muy buena.
—¿Puede concretar?
—Su hijo sabe en todo momento cómo va a estar ella. —Lo digo antes de pensarlo, y lo digo con las palabras de Sara, y me sale del sitio del que salen las cosas verdaderas—. Eso es lo más difícil que hay y ella lo hace todos los días.
Raquel escribe eso durante bastante rato.
—¿Ha observado usted en la señora Noguera consumo habitual de alcohol?
—No. Nunca.
—¿Consumo ocasional?
—El de cualquiera. Una copa de vino en una cena.
—¿La ha visto usted alguna vez en estado de embriaguez?
—No.
—¿En veinte años?
—En veinte años.
Y es verdad. Es enteramente verdad, y lo digo con una firmeza que en cualquier otra conversación me habría dejado tranquila el resto del día.
Lo apunta. Lo apunta todo, con letra grande y despacio, y cada vez que apunta hay un silencio de seis o siete segundos en el que lo único que se oye es el bolígrafo y el radiador.
Es un silencio buscado. Yo también lo uso.
—¿Ha observado usted que tomara medicación de algún tipo?
—No.
—¿Le ha comentado ella alguna vez haber tomado ansiolíticos o somníferos?
Y aquí está.
Aquí está, a las nueve y cincuenta y dos de la mañana de un viernes, en una oficina con dos mesas y un radiador que hace ruido: la pregunta que tiene una respuesta verdadera de once palabras que yo conozco y que Raquel Ordóñez no.
—No me consta —digo.
Levanta la vista medio segundo. Después lo escribe, y lo escribe entero, y lo lee para sí mientras lo escribe, moviendo los labios.
—No le consta —repite.
—No.
Sigue.
—¿Sabe usted si atraviesa la señora Noguera algún tipo de dificultad económica?
—Cobra por entregas y las entregas se retrasan.
—¿Eso se lo ha contado ella?
—Yo le llevo la declaración de la renta desde hace tres años.
Raquel levanta la vista del cuaderno.
—¿Usted le lleva los papeles?
—Se los llevo yo.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tres años. Gratis.
Lo apunta y lo lee en voz alta, y en su cuaderno esa frase queda escrita como lo que es: una prueba de una amistad de veinte años.
Después pregunta por el día de la excursión. Le cuento el día de la excursión: la hora, el autobús, los grupos, el reparto, la senda, la parada, los veinte minutos. Le doy las horas exactas de todo, porque las tengo.
—Es usted muy precisa.
—Es mi oficio.
—Ya. —Pasa una página—. Es que casi nadie me da horas. La gente da mañanas y tardes, y a mí me viene bien, porque una hora exacta se puede contrastar y una mañana no.
No es un reproche. Lo dice con curiosidad profesional, como quien encuentra un envase raro en la basura de alguien.
—Es que las horas se me quedan —digo—. Me pasa desde siempre. Es una cosa de familia.
—A mí me pasa con las caras.
Y se ríe un poco, y yo me río un poco, y durante cuatro segundos somos dos mujeres de mediana edad con dos oficios parecidos hablando de sus deformaciones.
—Una cuestión más. ¿Toma usted alguna medicación en la actualidad?
Y ahí el radiador para de hacer ruido, y en esta oficina, durante dos segundos, no hay ningún sonido.
Porque esa pregunta no pinta nada en este expediente. Esa pregunta pertenece a otra carpeta, a una carpeta archivada, y a mí me la hicieron en mi cocina en noviembre y la contesté.
—No —digo.
Raquel lo escribe sin levantar la cabeza.
Y no lo lee en voz alta.
Es lo único que no lee en voz alta en toda la entrevista. Lo escribe, cierra el bolígrafo con el capuchón y pasa a otra cosa, y a mí me quedan cincuenta minutos de conversación agradable con una mujer que acaba de romper delante de mí, una sola vez, su propio protocolo.
A las diez y veinte me lee lo que ha escrito. Lo lee entero. Están mis veinte años de amistad, mis dos o tres veces por semana, mi «una copa de vino en una cena», mi no me consta, mis horas exactas.
Firmo la conformidad al pie, con la fecha, y le devuelvo el bolígrafo.
—Una cosa —dice, mientras recoge—. Esto se lo digo a todo el mundo y se lo digo también a usted. Si en algún momento se acuerda de algo, aunque le parezca una tontería, aunque le parezca que no viene a cuento, me llama. Aquí las tonterías son lo que sirve.
—De acuerdo. Lo tendré en cuenta.
—La gente cree que tiene que traerme una prueba. Yo no necesito pruebas. Yo necesito cosas raras.
Ya de pie, con el bolso al hombro y la mano en el respaldo de la silla, le hago la pregunta que llevo cincuenta minutos sin hacer.
—¿Han hablado ustedes con el niño?
—Con el menor se ha mantenido una entrevista, sí. Dos, en realidad: una en el centro escolar y otra aquí, con su madre esperando fuera.
—¿Y qué tal está?
—Está bien. Los niños de diez años están bien casi siempre, que es lo que despista.
—¿Y qué dice?
Raquel me mira. Después baja los ojos a la carpeta, la abre por una página que tiene una pestaña adhesiva verde y pasa el dedo por un renglón.
—Dice muchas cosas —contesta—. Es un niño muy observador. Habla mucho de números.
—Sí. Le gustan.
—Y de una cosa que se le preguntó dos veces y contestó igual las dos.
Espera. Espera a que yo pregunte, y yo no pregunto, y al final lo lee ella.
—«Mamá estaba bien hasta el café.» Eso, las dos veces, con las mismas palabras.
No digo nada.
Raquel espera cuatro o cinco segundos con la carpeta abierta y el dedo todavía puesto en el renglón.
—¿Sabe usted a qué café puede referirse?
—Sara lleva siempre un termo a las excursiones —digo—. Es una cosa suya, de toda la vida. Un termo verde, de acero, con la pintura saltada. Se lo lleva desde la facultad.
—Ya. Eso también lo dice él, y lo dice igual que usted.
Anota dos palabras y las subraya.
—¿Le suena a usted de algo ese termo?
—Se lo lleva a todas las excursiones desde primero. Se lo compró en la facultad.
—Ya. —Anota otra vez—. Es que el niño lo describe muy bien. Verde, de acero, con un golpe en la base.
Cierra la carpeta y le pone la goma.
Le doy las gracias. Le digo que si necesita cualquier otra cosa estoy disponible, que es verdad y que además es lo que hay que decir.
Y cuando ya tengo la mano en el picaporte, con la puerta medio abierta y el pasillo delante, Raquel Ordóñez vuelve a abrir la carpeta por la pestaña verde, baja la vista y lee otra vez, en voz alta, para nadie:
—«...hasta el café.»