31
Sara me llama el catorce de marzo a las once y veinte de la noche.
Sara no llama de noche. Sara escribe de noche, con faltas y con audios de cuatro minutos que hay que oír al doble de velocidad.
—¿Puedes venir?
No dice hola. No dice perdona la hora.
—Voy.
Dejo a Emma dormida, aviso a la vecina del cuarto, que es una señora de setenta años que no duerme, y bajo.
Once minutos andando. Los mismos once minutos de siempre.
Me abre con la cara de haber estado llorando dos horas y con el pelo recogido con un boli. Lleva la sudadera de dormir y unos calcetines gordos, y en la mano tiene el móvil, y en la pantalla del móvil, cuando lo deja boca abajo en la mesa, se ve que estaba abierto el buscador.
La casa está mal. No está desordenada como está siempre esta casa, que es un desorden alegre y con lógica: está mal. Hay una montaña de ropa limpia sin doblar encima del sofá desde hace días. Hay tres tazas en la mesa. En la cocina, la sartén de anoche.
Bruno duerme. La puerta de su cuarto está cerrada del todo, con la luz apagada, que en esta casa no se cierra nunca.
—¿Cómo está él?
—Bien. —Se le rompe un poco—. Bien, ¿eh? De verdad. Va al cole, come, juega. Lo único es que ahora me pregunta cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas de horas. Que a qué hora me dormí. Que a qué hora me desperté.
—Siéntate.
Me siento.
Y me lo cuenta todo de una vez, sin orden, que es como se cuentan las cosas cuando llevas dos semanas contándotelas a ti misma.
Que el colegio ha remitido el parte de incidencias a los servicios sociales. Que le ha llegado una citación para el veintiséis. Que el papel dice «expediente de información previa» y ella no sabe lo que es y yo sí. Que en el hospital le salió una cosa en la sangre.
—Benzodiacepinas —dice, y lo dice mal, partiendo la palabra en tres—. Yo eso lo tomé hace siete años, Claudia. Hace siete años. Y me lo dio la médica del centro de salud, y lo dejé, y tiré la caja por el váter.
—Ya lo sé.
—Tú lo sabes.
Me mira desde el otro lado de la mesa.
—Tú eres la única persona del mundo que sabe eso.
Y yo asiento, y le digo que sí, que lo sé, y le pongo la mano en la rodilla, y me quedo con la mano en la rodilla de Sara Noguera lo que hay que quedarse.
—Y ahora dime cómo me sale eso en la sangre siete años después.
—No sale.
—¿Cómo que no sale?
—Que no sale, Sara. Esas cosas no duran siete años en el cuerpo.
—Pues entonces qué. ¿Que estoy loca? ¿Que me lo tomo y no me entero?
Se levanta. Da tres pasos hasta la ventana y vuelve.
—Yo he intentado acordarme de ese día ochenta veces.
Ochenta. Y me acuerdo del autobús, me acuerdo de los pájaros esos, me acuerdo de que hacía sol.
Y luego hay un trozo que no está. No es que esté borroso.
Es que no está, Claudia. Yo tengo del mediodía a las cuatro de la tarde de ese día una mancha, y en esa mancha se perdió tu hija.
—No fue culpa tuya.
—Yo iba con ella.
—Iba en tu grupo. No iba de tu mano. Iban quince.
—Yo iba con ella —repite.
Y se sienta otra vez, y se dobla hacia delante con los codos en las rodillas y la cara en las manos, y se queda así.
Yo estoy sentada en el sofá de esta casa con la espalda recta y las dos manos en el regazo y no me muevo, porque lo que se me está pidiendo hacer con las manos es una cosa que no puedo hacer, y lo único que sé hacer con las manos es lo que estoy haciendo, que es nada.
Al rato se levanta, va a por el ordenador y lo abre encima de la mesa.
—Y ahora te enseño lo otro.
Lo otro llegó a dirección el ocho de marzo, desde una cuenta de correo que no existe, con un asunto de tres palabras. Bermejo se lo enseñó a ella el día doce, porque Bermejo es un hombre correcto y le pareció que tenía derecho a verlo.
Son cuatro minutos y once segundos.
Lo veo entero con ella al lado, en la pantalla del portátil, con el volumen a la mitad y el salón a oscuras.
Empieza con un plano de una cocina en el que una mujer sirve vino en cinco vasos de plástico.
Sigue con un plano en el que la misma mujer se sirve.
Sigue con una madre poniéndole la mano en el brazo y diciéndole que se siente, hija, que lleva todo el día de pie.
Sigue con otra madre diciendo que ella con uno sola no podría.
Sigue con la mujer apoyándose en una encimera para levantarse.
Sigue con un niño llorando en un pasillo, solo, once segundos, hasta que aparece su madre.
Y termina con la mujer, con la copa en la mano, tapándose la cara y diciendo a cámara: quita eso.
Sara lo para ahí. Le da a la barra espaciadora con dos dedos y lo deja parado en ese fotograma, en la cara de ella misma tapándose, con la guirnalda de papel detrás.
—Yo no estaba así —dice.
—Ya lo sé.
—Yo estaba en el cumpleaños de mi hijo. ¿Tú te acuerdas?
—Me acuerdo.
—Tú estabas ahí, Claudia. Tú estabas ahí todo el rato. Dime que yo no estaba así.
—No estabas así.
—Gracias.
Se pasa las manos por la cara.
—¿Y quién graba esto? —dice—. ¿Quién graba cuatro minutos de esto en un cumpleaños infantil? Estábamos cinco adultas. Cinco. Y una de esas cinco tenía el móvil apuntándome.
—Grabáis todas.
—Ya. —Se queda pensando—. La nueva, esa, la Cris. Que no la conoce nadie.
—Sara.
—O la Paloma, que a mí siempre me ha mirado raro.
—No lo pienses ahora.
—¿Y cuándo lo pienso? —Se gira—. Dime cuándo lo pienso, Claudia, porque yo llevo doce días pensando en esto veinticuatro horas al día y no he llegado a ninguna parte. Alguien de ese cumpleaños me grabó. Alguien que estaba en mi casa comiéndose mi tarta.
Nos quedamos calladas.
En la cocina, el grifo gotea. Es el mismo grifo que lleva mal desde octubre y que ninguna de las dos ha arreglado.
—Y hay otra cosa —dice—. El martes se me presentó aquí la Arístegui.
—¿Bego?
—Bego. A las siete de la tarde, sin avisar, con una bandeja de tartaletas.
Subió, se sentó ahí donde estás tú, me cogió la mano y me estuvo diez minutos explicándome que el AMPA tiene un fondo para acompañar a las familias que están pasando por algo, y que yo dijera lo que necesitara, que de ahí no sale, que estas cosas se llevan con discreción.
—¿Y qué le dijiste?
—Que muchas gracias.
Se levanta con las dos tazas y las lleva al fregadero, y se queda de espaldas.
—Yo he pagado la cuota de esa asociación doce años, Claudia.
Doce. Y el martes esa mujer se sentó en mi sofá a ofrecerme dinero.
—Abre el grifo, lo cierra—. ¿Tú sabes lo que es eso?
No lo sabes. Nadie lo sabe. Tú vas por la calle siendo una persona y de repente eres una familia que está pasando por algo.
—Ella lo hacía con buena intención.
—Ya sé que lo hacía con buena intención. —Se gira—. Eso es lo peor de todo.
Vuelve a sentarse en el borde del sofá.
Y entonces coge de la mesa un montón de folios escritos a mano por las dos caras y me los pone encima de las rodillas.
—Toma.
Me los pone en las rodillas sujetando el montón con las dos manos, como se entrega una cosa que ha costado.
—¿Qué es esto?
—Mis alegaciones. Es lo que tengo que entregar el veintiséis. Lo he escrito yo. Llevo cuatro días.
Miro la primera hoja. Está escrito con su letra redonda, con tachones, con flechas en los márgenes, con una parte subrayada tres veces.
—Es un desastre, ¿verdad? —dice, con la barbilla apoyada en las rodillas.
—No es un desastre.
—Sí lo es. Yo escribo cuentos de osas, Claudia. Yo no sé escribir esto ni sé para quién se escribe. —Se sienta a mi lado en el sofá y se echa hacia delante para mirar los folios conmigo—. Léelo. Léelo y dime la verdad.
—¿Y qué pasa si sale mal? —dice.
—No pienses en eso.
—Dímelo tú, que tú sabes cómo funcionan estas cosas. ¿Qué pasa si sale mal?
Sé exactamente lo que pasa si sale mal. Sé el nombre de las fases, sé los plazos, sé lo que es una guarda provisional y sé cuánto tarda en revisarse, y podría recitarle ahora mismo, en este sofá, el itinerario completo de los once meses siguientes de su vida.
—Vamos a hacerlo bien y ya está —le digo.
Leo la primera página con los folios en las rodillas.
Está escrito con el corazón por delante y con la sintaxis de una persona a la que están acusando de algo que no ha hecho: se explica de más, se disculpa de menos, se defiende en el párrafo equivocado y se le nota la rabia en la línea nueve.
Es exactamente lo que se escribe cuando se es inocente.
—Tú entiendes de esto —dice—. Tú te dedicas a esto.
—Yo me dedico a otra cosa.
—Tú te dedicas a papeles y a organismos y a que las cosas queden bien puestas. Y yo tengo doce días.
Y me coge la mano.
—Ayúdame, Claudia.
Miro el montón de folios que tengo en las rodillas, once hojas escritas por las dos caras.
—Te lo paso a limpio —digo—. Te lo ordeno, le quito lo que sobra y lo dejo presentable. Y me llevo también las copias de todo lo que tengas: el informe del hospital, la citación, el correo del colegio.
—¿Todo?
—Todo. Si voy a hacerlo, lo hago bien.
Sara Noguera se echa hacia atrás en el sofá, cierra los ojos y suelta el aire por la nariz.
—Menos mal —dice—. Menos mal que estás tú.