Una madre peor 30
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La vuelta empieza mal a las cinco y cuarto de la tarde, en el aparcamiento del centro de educación ambiental, cuando Sara se pone a buscar las llaves de su coche en el bolso, las busca cuarenta segundos, vacía medio bolso encima de una mesa de madera y resulta que las llevaba en la mano.

Emma sube al autobús con Bruno y con el gorro de Sara en la mano, que lo ha recogido del camino ella misma cuando bajábamos, y se lo devuelve sin decir nada. Sara le da un beso en el pelo y le dice gracias, mi amor, y se sienta.

En el autobús se duerme antes de la primera curva. Se duerme del todo, con la cabeza contra el cristal y la boca abierta, y a las seis y media, cuando el conductor apaga el motor en el aparcamiento del Anglada, Nieves tiene que llamarla dos veces por su nombre y una tercera tocándole el hombro.

Y entonces pasan las tres cosas que van a costarle a Sara Noguera su hijo.

Las tres pasan en once minutos, entre las seis y media y las seis y cuarenta y uno de la tarde, delante de doce personas, en el aparcamiento de un colegio privado de Aravaca, sin que nadie haga nada malo.

La primera: Sara se levanta y va a bajar del autobús con el bolso y sin Bruno.

Baja los tres escalones, pisa el asfalto y da cuatro pasos hacia su coche antes de pararse.

No es nada. Es la clase de cosa que hace cualquiera al despertarse en un autobús, y Bruno viene tres filas detrás y sale detrás de ella. Pero Nieves lo ve, y Nieves es rigurosa, y Nieves lo escribirá esa misma noche en un parte de incidencias porque su trabajo consiste en escribir lo que ve.

La segunda: Sara saca las llaves y va hacia su coche.

—Sara.

—¿Qué.

—No puedes conducir.

Se lo dice Nieves con el chaleco reflectante puesto, en mitad del aparcamiento, con veinte niños y ocho padres alrededor.

—Nieves, que estoy bien.

—Ya. No puedes conducir.

Y ahí Sara dice la frase que dice todo el mundo, la que no significa nada y lo significa todo:

—Que no he tomado nada.

La tercera cosa es Bego.

Bego Arístegui está en el aparcamiento del colegio a las seis y media de la tarde de un jueves de febrero.

No tiene ningún motivo para estar. Jimena no ha ido a la excursión, porque los de cuarto A fueron el martes. Está apoyada en su coche, con un abrigo largo, y lleva ahí, según la madre de Nico, desde las seis y diez.

Cruza el aparcamiento con una serenidad de directora de hospital.

—Ay, cielo. Vamos a hacer una cosa.

—Bego, de verdad...

—Una cosa muy fácil. —Le pone la mano en el brazo, en el antebrazo, en el mismo sitio de siempre—. Tú te vienes conmigo, nos acercamos un momento a que te miren y salimos en cuarenta minutos. Y así te quedas tranquila tú, y me quedo tranquila yo, y el colegio tiene su papelito. Por si acaso.

—Es que no me pasa nada.

—Pues eso. Pues lo dice el papelito y se acabó.

Bruno se va con Marisa a merendar. Sara se sube al coche de Bego, que es un coche grande y limpio con el salpicadero recién pasado por el trapo.

Yo me llevo a Emma a casa. En el coche no hablamos de la tarde. Hablamos de que ha visto un buitre y de que el monitor le ha dicho que es leonado.

En urgencias del hospital de Fuenlabrada, un jueves a las siete y cuarenta de la tarde, a una mujer de cuarenta y dos años que llega acompañada, que refiere somnolencia de varias horas de evolución sin causa aparente y a la que se ha impedido conducir, le hacen lo que se hace: constantes, exploración, glucemia y una analítica.

En la analítica salen benzodiacepinas.

No hay receta vigente a su nombre. Hay una de hace siete años, prescrita por una médica de familia de un centro de salud del distrito de Salamanca, no renovada desde entonces.

Eso es todo. Con eso ya está.

El informe de urgencias es un folio. No dice que Sara Noguera se drogue, no dice que sea una mala madre, no dice absolutamente nada que no sea una lista de valores y una frase de alta. Es un documento honrado escrito por un médico honrado a las nueve y media de la noche.

Y es el pilar entero. Sobre ese folio se levanta todo lo demás durante los cuatro meses siguientes.

Los días siguientes son lo que en mi trabajo llamamos convergencia y lo que las personas normales llaman mala suerte.

El viernes, Nieves entrega su parte de incidencias. Obligatorio.

El lunes, el centro de educación ambiental remite su informe de la actividad, firmado por el coordinador, en el que consta la hora de la desaparición, la hora de la localización y las circunstancias.

Obligatorio. Y consta, porque el chico del polar es honrado y porque se lo preguntaron, que una de las acompañantes presentaba un estado de somnolencia acusada desde media mañana.

Los dos informes son buenos. Los dos son objetivos, los dos están bien escritos y ninguno de los dos acusa a nadie de nada. Eso es lo que hace que funcionen: los informes que acusan se discuten, y los informes que describen no.

Y entre el viernes y el miércoles, dirección recibe tres escritos de familias.

Los tres son espontáneos. Esto lo sé y lo sostengo: los tres son espontáneos de verdad.

Eva, la madre acompañante del otro grupo, escribe un correo de nueve líneas al director diciendo que no quiere perjudicar a nadie pero que le pareció que aquella señora no estaba en condiciones y que se quedó preocupada.

Marisa escribe otro diciendo lo contrario, que Sara es encantadora y que aquello no puede ser, y dentro de su carta, defendiéndola, cuenta que en el cumpleaños de enero también estuvo un poco así.

Y una tercera madre, que ni siquiera fue a la excursión, escribe para preguntar qué medidas se van a tomar.

Ninguna de las tres se ha puesto de acuerdo con las otras. Ninguna de las tres sabe lo que ha escrito la otra. Dos de las tres creen que están ayudando y la tercera cree que está defendiéndola.

Ninguna de las tres tiene la menor idea de lo que acaba de hacer.

Tres fuentes independientes.

Y por encima de las tres, sosteniéndolo todo sin haber escrito una línea, está el AMPA: la Comisión de Bienestar y Convivencia se ofrece al centro, por escrito, para «acompañar a la familia en lo que necesite» y para «facilitar la interlocución». Lo firma su presidenta.

Es un ofrecimiento de ayuda. Consta como un ofrecimiento de ayuda.

A mí me llaman de dirección el once de marzo a las nueve de la mañana.

El despacho del director del colegio Anglada es grande y tiene una mesa de reuniones de ocho plazas que no se usa nunca.

Ignacio Bermejo lleva quince años en el cargo, tiene sesenta y un años y una manera de juntar las manos por las yemas de los dedos que debe de enseñarse en algún sitio.

Está Sonia, con su rebeca y su cuaderno.

Y está, sentada al final de la mesa de reuniones, sin cargo docente ninguno y con toda la naturalidad del mundo, Begoña Arístegui, presidenta del AMPA.

—Claudia, gracias por venir tan pronto. Nada, que queríamos comentarle una cosa buena, que ya era hora.

—Usted dirá.

—Que el seguimiento de Emma se ha revisado y se ha considerado concluido.

Lo dice con una sonrisa de verdad. Y Sonia también sonríe, y a Sonia se le nota más porque a Sonia no se le da bien.

Me explican que, vista la evolución, valorado el conjunto y en el marco de la coordinación con los servicios municipales, el centro ha trasladado que no se aprecian indicadores que aconsejen mantener el seguimiento.

Bermejo usa la palabra «desproporcionado» una vez, referida a nada concreto, y la retira enseguida con la mano.

Que la niña está estupendamente. Que hay que decirlo.

Que a veces se abren cosas por exceso de celo y que lo importante es que se cierren.

—Y me alegro personalmente —dice Bermejo—. Se lo digo de corazón.

Bego no dice casi nada en toda la reunión. Asiente, sonríe en los sitios correctos y toma nota en una libreta pequeña de tapas duras.

Al final, cuando ya estamos de pie, me coge del brazo.

—Ya te lo dije yo, cielo. Que estas cosas se resuelven solas cuando una tiene paciencia.

La resolución me llega por correo tres días después. Son dos líneas dentro de una carta de un párrafo: no se aprecian indicadores de riesgo, se acuerda el archivo de las actuaciones, se comunica a los efectos oportunos.

Mi expediente tardó ocho meses y medio en construirse. Del asiento de apertura del veintisiete de junio a las 18:52 hasta hoy hay doscientos cincuenta y siete días.

Ha tardado once días en cerrarse, contados desde el veintiocho de febrero.