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La senda larga sale a las tres y veinte y baja por la cara norte hasta el mirador bajo del embalse, que está a hora y cuarto, con dos paradas.
Vamos en tres grupos. Nieves lleva el primero. Sara y otra madre llevan el segundo. Yo voy en el tercero, la cola, con el monitor del polar, como se pide siempre a los acompañantes: alguien detrás para que nadie se quede atrás.
Emma va en el segundo grupo, el de Sara.
Eso lo decido yo a las tres y cuarto en el porche, sin pensarlo dos veces, porque el segundo grupo es el de Bruno y porque llevan todo el día pidiendo ir juntos.
Lo decido yo. Nieves pregunta cómo repartimos, yo digo que Emma con Bruno, y Nieves lo apunta en la carpeta con un lápiz.
La bajada es bonita. Es un camino ancho de tierra entre pinos, con un desnivel suave y con el embalse apareciendo y desapareciendo a la izquierda según da la curva. Los niños van hablando a gritos. El monitor va parando cada diez minutos a enseñar cosas: una piña roída, una pluma, un agujero.
En la primera parada, a las cuatro menos veinte, todo va bien. Sara está mejor. Ha comido, ha dormido veinte minutos en el porche después de comer y ha vuelto con la cara lavada, y lleva a su grupo con la voz un poco más baja de lo normal pero lo lleva.
La segunda parada es a las cuatro y veinte, en un ensanche del camino donde hay unos troncos puestos de banco, un cartel de madera con el nombre de la senda medio comido por el sol y un contenedor de basura atornillado a una piedra.
Desde ahí el embalse ya se ve entero, abajo, gris y quieto, con el muro de la presa a la izquierda.
Los tres grupos se juntan. Los niños se sientan, sacan la merienda, se levantan otra vez a los cuarenta segundos.
Nieves da tres palmadas y dice que en diez minutos seguimos, que vayan al baño el que quiera detrás de aquella roca y los demás no, y que nadie baje del camino.
Nadie baje del camino. Lo dice a las cuatro y veintiuno.
Yo hago lo que llevo haciendo todo el día, que es contar.
Cuento el tercer grupo: quince, que son los míos y los tengo delante.
Cuento el segundo: quince. Vuelvo a contar el segundo: quince.
Faltan dieciséis.
Voy a escribir ahora los siguientes noventa segundos con toda la exactitud de la que soy capaz, porque son los noventa segundos por los que voy a responder algún día ante alguien y porque cada uno de ellos tiene su explicación.
Cuento otra vez, porque un recuento que da un resultado inesperado se repite antes de comunicarse. Eso es literalmente lo primero que se enseña. Quince. Dieciocho segundos.
Miro alrededor sin moverme del sitio, como se hace antes de dar una voz, porque en el noventa por ciento de los casos el que falta está a cuatro metros detrás de un árbol y lo único que se consigue gritando es que cuarenta y siete niños se pongan a correr en una ladera. Veintidós segundos.
Ando hasta el final del ensanche, hasta donde se acaban los troncos, y miro camino abajo. No hay nadie. Treinta y un segundos.
Vuelvo. Miro camino arriba. Veintiocho segundos.
Y me quedo quieta once segundos más.
Y estos once últimos no tienen explicación de procedimiento.
No la tienen. He escrito informes de doscientas páginas sobre lo que hace la gente en los once segundos que van entre saber una cosa y decirla, y no hay ni un solo protocolo en el mundo que justifique once segundos ahí.
En estos once segundos yo ya sé que mi hija no está y no he abierto la boca todavía, y lo que hago con ellos es decidir a quién se lo digo.
Podría decírselo a Nieves. Nieves está a nueve metros, con el chaleco reflectante y la carpeta, y Nieves es la responsable de la actividad y es a quien hay que dirigirse.
Camino nueve metros en la otra dirección.
—Sara.
—Dime.
—¿Emma va contigo?
Y ahí se le va la cara. Se le va en un segundo, del todo, y mira a su grupo, y los cuenta con el dedo, y los cuenta otra vez, y dice el nombre de mi hija en voz alta hacia el camino, dos veces, y después se levanta y grita hacia Nieves:
—¡Nieves! ¡Falta Emma Miralles!
Lo grita ella. Lo grita Sara Noguera a las cuatro y veintiséis de la tarde del veintisiete de febrero, en un ensanche del camino, delante de cuarenta y seis niños y de seis adultos.
Después todo va muy rápido y todo va como tiene que ir. Lo digo sin ninguna ironía: el colegio Anglada tiene un protocolo para esto, lo tiene por escrito, y esa tarde funciona.
El monitor pide silencio y los sienta a todos en los troncos, en fila, y les dice que nadie se mueve.
Nieves saca el teléfono y llama al centro.
La otra madre del segundo grupo empieza a recorrer el camino hacia arriba llamándola.
El monitor coge la radio y pide al compañero que suba desde el mirador bajo.
Sara sale corriendo camino abajo.
Sale corriendo y a los treinta metros se para en la bifurcación y se queda parada. Yo la veo desde arriba. Se queda parada en la bifurcación tres o cuatro segundos, mirando a un lado y a otro, y coge el ramal de la derecha, que es el que sube.
El que baja al agua es el de la izquierda.
—¡Sara! ¡El de la izquierda!
—¡¿Qué?!
—¡El de la izquierda!
Y se da la vuelta y baja por el de la izquierda, y en el camino se le cae el gorro y no lo recoge.
Bruno está sentado en un tronco con las manos entre las rodillas, el tercero de la fila de los niños que no se mueven, mirando a su madre correr por un camino de tierra con el pelo suelto y sin gorro.
Nieves me pregunta cuándo la he visto por última vez.
—En la parada. Comiéndose la merienda.
—¿A qué hora?
—A las cuatro y veintiuno.
Lo apunta. Tardan veinte minutos exactos.
Veinte minutos en los que un chico de veintitantos con una radio lo hace todo bien, en los que una profesora de treinta y cuatro años activa un protocolo que se sabe de memoria, en los que cuarenta y seis niños están sentados en fila en unos troncos sin moverse, y en los que una mujer de cuarenta y dos años que lleva desde las once de la mañana sin poder terminar una frase baja doscientos metros de ladera gritando el nombre de mi hija.
Yo bajo por el camino de servicio con el monitor, que es lo que me asignan y es lo que hago.
A los cuatro minutos tengo la boca completamente seca y la lengua pegada, y sigo llamándola con la boca así los dieciséis restantes.
Voy llamándola. Voy llamándola bien, con el volumen que hay que usar, parándome cada veinte metros a escuchar, mirando a los dos lados del camino, y en el minuto seis me meto entre los pinos hasta donde el terreno deja meterse y vuelvo a salir.
Hago todo lo que hay que hacer. No hay un solo segundo de esos veinte minutos en el que yo no esté haciendo exactamente lo que hay que hacer.
En el minuto once me suena el móvil en el bolsillo y es una alerta del banco.
En el minuto trece oigo a Sara, muy abajo, gritando el nombre de mi hija con una voz que ya no le sale entera.
En el minuto quince pienso una cosa que no voy a escribir. La pienso una vez, completa, con sujeto y con verbo, bajando por un camino de servicio de tierra con un chico de veintitantos años cuatro metros por delante, y después sigo llamando a mi hija.
La encuentra el compañero del monitor, el que subía desde abajo, a las cuatro y cuarenta y siete.
Está a unos ciento cincuenta metros del camino, fuera de la senda, en una plataforma de tierra que hay entre los pinos, donde el terreno se abre y el embalse se ve sin nada delante.
Está de pie.
No está llorando. No se ha caído, no se ha hecho nada, no tiene una rama en el pelo ni un roto en el pantalón.
Tiene la mochila puesta con las dos correas.
Está de pie, quieta, mirando el agua, con los brazos colgando y los pies juntos, en el borde de la plataforma de tierra, a cuatro metros largos de donde el terreno empieza a caer.
Mirando el agua como se mira una cosa que se ha venido a mirar.
El monitor llega antes que yo y le pone la mano en el hombro y le pregunta si está bien, y ella dice que sí.
Cuando llego yo, se gira.
Y no dice perdón, y no dice me he asustado, y no corre hacia mí.
—Me he perdido —dice.