28
A las cinco y cuarenta suena mi despertador y a las cinco y cuarenta y uno estoy de pie, porque llevo dos años levantándome así.
A las seis y cuarenta de la mañana el aparcamiento del colegio Anglada está a dos grados y lleno de padres con la cara de las seis y cuarenta.
Los dos autobuses están encendidos, con las luces interiores puestas y el conductor de uno fumando fuera. Nieves tiene una carpeta, un chaleco reflectante y una linterna frontal que no le hace ninguna falta y que le da un aire de rescate.
Los niños llegan medio dormidos, arrastrados por un adulto cada uno, y a los ochenta segundos están gritando.
Sara aparece a las seis y cuarenta y ocho, con el abrigo encima del pijama de arriba —lo sé porque se lo veo por el cuello— y con dos ojos de distinto tamaño, exactamente como anunció.
—Buenos días.
—No.
—¿No?
—A esta hora no se dan los buenos días. A esta hora se sobrevive.
—Dámelo.
Le doy el termo.
Se lo pone entre las dos manos como se coge una cosa sagrada, se sienta en el bordillo de la acera del aparcamiento, lo abre —hace ese ruido de vacío que hacen los termos buenos— y bebe con los ojos cerrados.
—Joder.
—¿Qué.
—Que está bueno de verdad. —Bebe otra vez—. Está más fuerte que el mío.
—Le he puesto una cucharada de más.
—Pues déjalo así para siempre. Oye, en serio. Esto es otra cosa.
Y levanta el termo hacia mí, en el aparcamiento, a las seis y cincuenta de la mañana, como quien brinda.
Nieves pasa lista dos veces con la carpeta, una en el aparcamiento y otra dentro del autobús, y le hace poner la mano en alto a cada niño que responde. Es rigurosa. Todo el día va a ser rigurosa.
Subimos. A Sara y a mí nos toca el primer autobús: yo en la fila cinco con Nieves al otro lado del pasillo, y Sara tres filas más atrás, sola, con el termo en el hueco del reposabrazos.
Bruno viene a su asiento en el minuto diez para pedirle una cosa que no le hace falta, como hacen todos los niños de diez años en los autobuses. Sara está riéndose, contándole no sé qué de un cormorán. Está perfectamente. Le da un sorbo al termo delante de él.
—Déjame probar.
—Esto es café, hijo.
—Un poco.
—Ni un poco —digo yo desde mi fila, y alargo la mano y cojo el termo, y lo cierro, y se lo devuelvo a ella—. Anda, vete a tu sitio.
Bruno se va a su sitio. Antes de sentarse se gira una vez desde el pasillo, mira a su madre, que se está riendo, y se sienta.
El viaje es de una hora y cuarto por la A-6 y luego una carretera de las estrechas, y en el minuto cuarenta el autobús entero canta una canción que no tiene final.
A las ocho y cinco llegamos. Hace un sol de invierno y un aire que corta, y bajo del autobús con las piernas frías y con hambre, porque a las cinco y cuarenta no se desayuna.
El centro de educación ambiental es una construcción baja de piedra con un aula, unos aseos, un porche con cuatro mesas de madera y un panel de corcho lleno de dibujos de otros colegios.
Detrás empieza la senda. El plan está impreso y colgado en el corcho: charla, taller de rapaces, senda corta hasta el mirador y vuelta para comer.
Por la tarde, senda larga hasta el mirador bajo y autobuses a las seis.
La charla es a las ocho y media, en el aula, con los abrigos puestos. Va de la cuenca del embalse: cuánta agua, de dónde viene, adónde va, qué bichos hay. Emma levanta la mano dos veces y pregunta cuántos litros y en cuánto tiempo se llena.
En el taller de rapaces, a las nueve y media, Sara bosteza cuatro veces.
Se lo digo porque hace gracia y porque llevamos veinte años diciéndonos las cosas que hacen gracia.
—Cuatro bostezos, Sara.
—Es que este hombre habla como un documental. Como uno de esos que pones para dormirte.
A las diez y cinco, cuando salimos del aula, se queda la última recogiendo unas fichas del suelo que no eran suyas y tarda en levantarse lo que tarda una persona a la que le cruje algo.
A las diez y veinte, en la senda corta, va la última.
Sara nunca va la última. Sara va delante, hablando con tres niños a la vez, cantando cosas, inventándose nombres de plantas y señalando pájaros que no existen. Hoy va detrás de todo el grupo, andando bien, sin quedarse descolgada, pero detrás, con las manos en los bolsillos.
Voy detrás de ella un tramo, a cinco metros, y le miro los pies. Pisa bien. Pisa como pisa siempre.
A las once menos diez, en el mirador, se sienta.
Hay un banco de madera con vistas al embalse y hay veintitrés niños haciéndose fotos, y Sara se sienta en el banco y estira las piernas y echa la cabeza hacia atrás al sol.
Yo estoy a doce metros, de pie, con la espalda contra una roca, contando niños porque es mi trabajo esta mañana.
Desde aquí se ve el embalse entero. Se ve el muro de la presa a la izquierda, se ve la lámina de agua parada, gris de invierno, y se ven los pinos bajando hasta la orilla en una pendiente que desde arriba no parece nada.
Hay un banco. Hay agua a doscientos metros. Hay una mujer sentada.
Cuento veintitrés. Los cuento dos veces, una por la izquierda y otra por la derecha, que es como se cuenta.
A las once y veinte, de vuelta al centro, Sara pierde el hilo de una frase.
Es una frase suya, no una de otro. Eso importa.
Estamos hablando de una tontería, de la reforma que quieren hacer en su portal y de si el ascensor va a llegar al bajo o no, y se para en mitad de una subordinada.
Se queda mirando el suelo dos segundos, con la boca todavía abierta en la palabra que iba a decir, y luego dice «bueno, da igual», y sigue andando.
Sara Noguera no ha dejado una frase a medias en veinte años. Sara Noguera termina las frases de otros.
Y a partir de ahí lo miro de otra manera.
Lo miro como se mira una evolución: por tramos, con la hora delante y sin adjetivos.
Presenta somnolencia diurna. Refiere haber dormido poco.
Verbaliza cansancio en dos ocasiones. Se observa enlentecimiento en la marcha en el tramo de subida y una pérdida del hilo del discurso a las 11:20.
No se aprecia desorientación temporoespacial.
Colabora. Mantiene la conducción de un grupo de seis menores durante el trayecto de vuelta sin incidencias.
Así es como lo pienso. Con esas palabras, en ese orden, mientras subo una cuesta detrás de mi mejor amiga.
A las once y media llegamos abajo. Los niños entran a los aseos por turnos, de seis en seis, y salen mojados hasta los codos y muy satisfechos de sí mismos.
A las doce menos cuarto, en el porche, Nieves le pregunta si está bien.
—Que no he dormido, hija. Que me he acostado a las dos y me he levantado a las seis.
—¿Seguro?
—Seguro. Que esto lo arreglo yo con una siesta de doce minutos en el autobús de la vuelta.
—¿Quieres un café?
—Tengo café —dice Sara, y levanta el termo.
Y se lo bebe. Se bebe lo que queda, que es la mitad larga, de pie, en el porche del centro de educación ambiental, delante de la tutora de cuarto B.
A las doce y cinco, el monitor del centro —un chico de veintitantos, con polar del centro, con una serpiente de goma en el bolsillo y con una manera de hablar a los niños que hace que le hagan caso a la primera— le acerca una silla de plástico.
—Siéntate un poco, que aquí a media mañana da la bajada.
—Estoy bien.
—Ya. Siéntate igual.
Y Sara se sienta, porque está cansada y porque el chico es majo, y se queda sentada en una silla de plástico blanca en el porche de un centro de educación ambiental, a las doce y cinco de la mañana, con el termo entre las rodillas y la cara al sol.
A las doce y ocho, Bruno pasa por delante del porche con dos amigos.
Se para. Se para dos segundos, con los otros dos ya cuatro metros por delante llamándolo. Mira a su madre sentada en la silla de plástico con la cara al sol. Mira el termo que ella tiene entre las manos.
Y sigue andando.
Para entonces la han visto así, por separado, cuatro personas: Nieves, el monitor, una madre acompañante del otro grupo que se llama Eva y que se lo comenta a otra, y yo.
Sara se pasa la mano por la cara, de arriba abajo, y se ríe. Se ríe con esa risa suya que le va por delante de todo lo que le pasa.
—Qué rara estoy hoy.