Una madre peor 27
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La excursión de la sierra es el jueves veintisiete de febrero y sale del colegio a las siete y cuarto de la mañana.

Es la salida grande del curso, la que se paga aparte y se firma en septiembre: centro de educación ambiental, senda señalizada, taller de rapaces, comida de campo y mirador del embalse.

Ocho horas fuera. Cuarenta y siete niños de cuarto, dos autobuses, tres profesoras y cuatro madres acompañantes, dos por grupo.

Sara se apuntó de acompañante en octubre, sin pensarlo, como se apunta a todo: la circular llegó un martes y ella contestó el martes.

Yo me apunté en enero, cuando salió la segunda lista porque faltaba una para el grupo B. Lo hice por Ágora, en el formulario, un miércoles a las once y cuarto de la noche, y en el campo de observaciones escribí «disponible todo el día».

La víspera cenan en mi casa.

Suben a las ocho y media con las dos mochilas vacías colgando de una mano, y las llenamos en el suelo del salón como si preparásemos una expedición polar.

Está la lista del colegio, que es de trece puntos y viene en la circular, y está la lista mía, que es de diecinueve y que hice hace tres años para la granja escuela y que actualizo cada vez.

Mis seis puntos de más son: bolsa de plástico para la ropa mojada, papel higiénico en una bolsa de congelados, un juego de calcetines de repuesto, tiritas, una foto de la niña impresa en papel con su nombre y mi teléfono detrás, y una barrita de cereales que no aparece en ninguna lista de ningún colegio de este país y que a las once de la mañana salva una excursión.

—¿Diecinueve? —dice Sara.

—Las tuyas son mejores —dice Emma, desde el suelo.

—Emma, hija, ¿de qué lado estás?

—Del de la lista.

Bruno mete su cortavientos hecho una bola. Emma se lo saca, lo dobla en cuatro y se lo devuelve. Bruno lo mete otra vez hecho una bola. Emma lo mira, calcula, y decide dejarlo.

—¿No le dices nada? —le pregunta Sara.

—No merece la pena —dice Emma—. Es su mochila.

Cenamos pizza en la mesa baja, que es una transgresión que se permite dos veces al año y que Emma acepta con la cara de quien tolera el desorden ajeno. Sara le hace a Bruno un repaso de las cosas que le tiene prohibidas en una excursión y que Bruno ha hecho en todas las excursiones anteriores.

—No te separas.

—Vale.

—Del grupo.

—Que vale.

—Bruno. Del grupo. Que el año pasado te fuiste a ver unos caballos.

—Estaban al lado.

—Estaban a doscientos metros y hubo que ir a buscarte.

Emma escucha eso desde su sitio, con el plato en las rodillas, sin decir nada.

—¿Y tú? —le digo—. Tú no te separas tampoco.

—Yo nunca me separo.

Y es verdad. Emma no se ha separado de un grupo en su vida. Emma es la que en el museo va detrás de la profesora y en el zoo cuenta a los de su fila.

A las diez menos cuarto, con los niños ya discutiendo en el cuarto de Emma sobre si el ala este necesita hospital, Sara empieza con lo suyo.

—Las seis y media. Yo mañana a las seis y media no soy persona, Claudia. Yo a las seis y media soy un delito.

—Te acuestas ahora y duermes siete horas.

—Yo no duermo siete horas ni muerta. Yo mañana llego al autobús con dos ojos de distinto tamaño y me duermo delante de doce niños y salgo en un vídeo.

—No vas a salir en ningún vídeo.

—Tú no sabes lo que graban esos niños.

—Llévate el termo.

Se le pone la cara buena.

—El termo.

El termo de Sara es un objeto histórico.

Es de acero, verde oscuro, con la pintura saltada en todo el cuerpo y una abolladura en la base de un viaje a Galicia en el noventa y ocho.

Lo compró en la facultad. Ha ido a exámenes, a manifestaciones, a dos partos ajenos, a la nevada grande y a todas las excursiones de Bruno desde primero.

Lo llama el termo de la suerte y de él no bebe nadie más, porque el café que se hace Sara lo hace a su manera y esa manera no le gusta a ningún ser humano que no sea Sara Noguera.

—El termo está en mi casa.

—Está ahí. —Señalo la encimera—. Lo trajiste el domingo con el cocido y no te lo llevaste.

—Anda, es verdad. Y yo buscándolo el domingo por toda la casa.

—Te lo preparo yo por la mañana.

—¿Tú?

—Yo me levanto a las cinco y cuarenta de todos modos. Te lo hago, te lo subo al coche y te lo bebes por el camino.

Y ahí Sara Noguera deja el trozo de pizza en el plato, se lleva las dos manos al pecho y me dice, delante de nuestros hijos, la frase que va a estar en esta cocina para siempre:

—Menos mal que vienes tú mañana. Que yo, sola, no me fío ni de mí.

—No digas eso —le digo.

—¿El qué?

—Lo de que no te fías de ti.

—Si es una broma, mujer.

—Ya. Pero no lo digas.

Sara me mira con la cabeza un poco de lado, sin entender de dónde sale eso, y luego se ríe y dice que vale, que no lo dice más, y le da un mordisco a la pizza y se pone a discutir con Bruno sobre si un cormorán es un pájaro de mar o de río.

Se van a las diez y veinte. Bruno baja las escaleras contando los escalones en voz alta.

Acuesto a Emma a las diez y media, media hora tarde, que es lo que se permite la víspera de una excursión. Deja la ropa preparada en la silla, por orden de puesta, y las botas al lado de la puerta del cuarto, con los calcetines dentro.

—¿A qué hora nos levantamos?

—A las seis menos cuarto.

—Vale.

—¿Va a hacer frío?

—Dos grados a la salida y once a mediodía.

—Vale.

Y se duerme en cuatro minutos, que es lo que tarda siempre la víspera de las cosas que le gustan.

Recojo la cocina. Meto los platos en el lavavajillas por tamaños, paso la bayeta, saco la basura al descansillo y bajo la del vidrio, que llevaba tres semanas.

Preparo lo mío para mañana: el forro polar en el respaldo de la silla, las botas junto a la puerta, la mochila con la lista de diecinueve puntos hecha y revisada.

Dejo el bolso en la silla de la cocina, como todas las noches.

Y hago el café.

Son las once y cuarenta de la noche de un miércoles de febrero.

Mañana hay que levantarse a las cinco y cuarenta, y hacerlo ahora es una cosa razonable: el café se templa durante la noche, se cierra el termo antes de acostarse y por la mañana solo hay que cogerlo.

Cualquiera lo haría así. Cualquier persona previsora lo haría exactamente así.

El café de Sara se hace así: cuatro cucharadas de la de la lata roja en la italiana de seis, prensado flojo, que si lo aprietas amarga; el agua justo por debajo de la válvula; fuego medio y se retira antes de que empiece a escupir.

Después, dos azucarillos de los de sobre, no de los del azucarero, porque ella dice que saben distinto.

Y al final, encima, sin remover, una nube de leche fría, que hay que echar desde alto y en el centro, porque así el primer sorbo sale con leche y el resto sale negro, y eso, según Sara Noguera, es la única forma civilizada de tomar café en un autobús.

Lo hago exactamente así. Lo hago mejor que ella.

Lo vierto en el termo con el embudo pequeño, hasta el cuello, y lo dejo abierto encima de la encimera para que se temple, porque si lo cierro hirviendo mañana a las siete quema y no se puede beber hasta las nueve.

Entro a ver a Emma.

Está de lado, con las dos manos juntas debajo de la mejilla y el edredón hasta la oreja.

En la silla, la ropa por orden de puesta: bragas y camiseta interior arriba, después el jersey, después los pantalones.

Encima de todo, doblado en cuatro, el gorro.

Le retiro el pelo de la cara y ella hace ese movimiento de los niños dormidos que consiste en enfadarse medio segundo y volver a lo suyo.

Le pongo el despertador de la mesilla a las seis menos cuarto, aunque va a despertarse antes. En la mesilla, al lado del despertador, está el móvil de su padre, boca abajo, cargando.

Me quedo en la puerta el tiempo que se queda una. Vuelvo a la cocina.

Son las doce y veinte. Se oye la nevera y se oye el ascensor de alguien que llega tarde a su casa.

El termo está cerrado encima de la encimera. Apago la luz de la campana y me voy a la cama.