26
El aniversario cae este año en jueves.
El año pasado pedí el día libre. Fue un error de manual: doce horas en una casa vacía con una niña de ocho años y ninguna estructura, y a las siete de la tarde estábamos las dos viendo dibujos sin verlos.
Este año no lo pido. Este año hay colegio, hay comité de riesgos a las diez y hay natación a las seis y cuarto, y esa es toda mi estrategia, y me parece buena, y sigo pensando que lo era.
El primer aniversario lo pasamos en Alicante, en casa de mi madre, porque me pareció que era mejor estar en un sitio donde él no hubiera puesto nunca la mesa. Fue peor. Un sitio donde no ha estado nunca es un sitio donde no está de otra manera.
El miércoles por la noche dejo el uniforme preparado y la mochila revisada y pongo el despertador a las siete y cuarto, como todos los jueves.
Me despierta un olor a mantequilla.
Son las siete y cuarto y en mi casa a las siete y cuarto no huele a mantequilla. A las siete y cuarto en mi casa no huele a nada, porque a las siete y cuarto en mi casa no hay nadie levantado, y esa es una regla que se cumple desde hace dos años con la fiabilidad de un mecanismo.
Ese desajuste me pone de pie antes de estar despierta.
Emma está en la cocina, subida al taburete, con el delantal de rayas de su padre, que le queda por las espinillas y que ha dado tres vueltas a las tiras para atárselo, dándole la vuelta a una tortita con la espumadera.
—No entres —dice, sin girarse—. Falta una.
En la encimera hay un plato con cuatro tortitas hechas, el bol con la masa, un vaso medidor, la harina cerrada y la mantequilla derretida en un cazo. Ha usado la báscula. Ha limpiado dos veces. Y en la placa, un fuego al dos.
—Emma, la placa.
—Ya lo sé. Al dos y no me acerco con las mangas. Y el mango de la sartén hacia dentro.
Es una frase mía. Se la he dicho cuarenta veces y me la devuelve entera, con la coma en su sitio.
—¿Cuánto llevas levantada?
—Desde las siete menos veinte.
—¿Y el despertador?
—Me lo puse en el móvil de papá. Vibra.
Me apoyo en el marco de la puerta. El reloj del microondas marca las 7:12.
—¿Y esto?
—Es jueves.
—Ya sé que es jueves.
Se gira con la espumadera en la mano, esperando.
—Es el día de papá —dice—. Y papá hacía tortitas.
Lo dice sin bajar la voz, sin ponerle nada encima, con la espumadera en la mano. En esta casa esa frase no se había dicho nunca en voz alta a las siete y doce de la mañana.
Se me queda mirando desde el taburete, con el delantal de rayas por las espinillas, esperando a que yo diga algo, y lo que hace mientras espera es darle la vuelta a la última tortita, en su punto, sin quemarla.
Papá hacía tortitas. Los domingos por la mañana, no los jueves.
Las hacía mal, con grumos, y las hacía con un despliegue que ensuciaba la cocina entera, y tenía una broma que repetía cada domingo desde que Emma tuvo tres años: que las tortitas hay que servirlas a las siete y doce en punto, ni un minuto antes ni un minuto después, porque a las siete y once están crudas y a las siete y trece se ponen tristes.
Emma tenía siete años cuando su padre dejó de decir esa frase.
—Siete y doce —digo.
—Siete y doce —dice ella, y me pone el plato en la mano.
Nos sentamos. Ha puesto la mesa: dos platos, dos vasos, el azucarero, el zumo servido ya en los vasos y dos servilletas de tela de las que sacamos por Navidad, dobladas en triángulo, cada una debajo de su tenedor.
Están buenas. Están de verdad buenas: un poco gordas, un poco pálidas, con azúcar por encima porque no hay sirope y con los bordes desiguales.
—¿Puedo poner una cosa?
—¿Qué cosa?
—Una cosa que tengo.
—Pon.
Y saca el móvil de papá del bolsillo del delantal, donde lo llevaba desde el principio.
Lo saca con las dos manos, lo desbloquea con un patrón que yo no conozco, entra en una carpeta y le da a un archivo, y pone el móvil en la mesa, entre las dos, boca arriba, apoyado en el salero.
Y suena Óscar.
No he oído esa voz en veintitrés meses. Eso lo sé con exactitud porque el mes siguiente al entierro llegué a mirar cuántos mensajes de voz me había dejado en el móvil —cuatro— y no abrí ninguno, y después cambié de teléfono, y en el cambio no pasaron.
Suena a cocina y a domingo. Se oye el grifo, se oye un plato, se oye a alguien mover una silla, y por encima de todo eso se oye a mi marido cantando lo del villancico portugués con la letra mal, en febrero, porque a Óscar el mes le daba igual.
Y a la mitad se oye una voz pequeña que le corrige, y él dice «eso es lo que he dicho», y la voz pequeña dice que no, y él lo canta otra vez peor a propósito.
Cuarenta y ocho segundos. Los cuento. Los cuento mientras suenan, porque contar es lo que hago yo cuando no puedo hacer otra cosa, y porque si cuento no hago lo otro.
Cuando termina, Emma le da al botón y el móvil vuelve a la mesa, boca arriba, apoyado en el salero, como estaba.
Está tranquila. Ha puesto la grabación como se pone una canción que le gusta: sin ceremonia, sin mirarme a ver qué cara pongo, sin pedir permiso más que para el aparato.
—Hay más —dice.
—¿Más?
—Sí. Hay una de la lavadora y hay una del coche.
—¿Del coche?
—De cuando papá cantaba en el coche. Esa es larga, dura como dos minutos. Se oye el intermitente.
Y se come media tortita mientras yo hago la cuenta.
Yo tengo delante a mi hija de nueve años a las siete y veinticinco de la mañana de un jueves de febrero, con un delantal de rayas, con el móvil de su padre muerto encima de la mesa, y lo que pienso, con estas palabras, es: ese teléfono tiene grabaciones dentro.
Lo pienso una vez, entero, y lo dejo. Son las siete y veinticinco. Hay que salir a y cuarto.
—Cántala tú —dice.
—No.
—Que la cantes.
—Emma, yo canto fatal.
—Ya lo sé. Por eso.
Y la canto.
La canto entera, con la letra mal, en portugués de mentira, con la voz que tengo, que es una voz que no sirve para esto ni para nada parecido, y la canto en la cocina de mi casa a las siete y veintiséis de la mañana con el delantal de mi marido colgado todavía detrás de la puerta.
Y mi hija se ríe.
Se ríe de verdad. Se ríe con la boca llena y con los ojos cerrados y echando la cabeza hacia atrás, exactamente como se reía él, con la misma cabeza y el mismo cuello, y se atraganta un poco, y tose, y se sigue riendo, y dice «para» y no quiere que pare, y le doy en la espalda y me sale la risa a mí también, y durante quince segundos, en esta cocina, no hay ningún expediente abierto en ningún sitio.
—Otra vez —dice.
—Ni de broma.
—Otra vez y ya está.
La canto otra vez. La canto peor, a propósito, que es lo que hacía él, y Emma me corrige la letra, que es lo que hacía ella, y por un momento en esta cocina hay tres personas.
A las siete y cuarenta hay que ponerse el uniforme y no nos hemos terminado las tortitas.
Las dejo en el plato, en la encimera, y las tapo con otro plato encima, como hago yo con las cosas.
El día pasa. El comité de riesgos dura cincuenta minutos y en el minuto treinta alguien menciona una fecha de febrero y no me pasa nada.
A la una como un sándwich delante de la pantalla.
A las cinco y veinte recojo a Emma y la llevo a natación y me siento en la grada con otras seis madres, con el bolso en las rodillas, viendo a mi hija hacer largos de espalda con una técnica que va a mejor y una velocidad que no.
Volvemos a las siete y media de la tarde, después de natación, con el pelo mojado y con hambre.
Emma abre la nevera, la cierra y se queda mirando la encimera.
—Están ahí —le digo.
Levanta el plato de arriba y las mira.
Y nos las comemos así, frías, de pie, en la cocina, sin sentarnos y sin calentarlas, partiéndolas con la mano y con el azúcar ya deshecho por encima, con los abrigos todavía puestos y la bolsa de la piscina en el suelo del recibidor.