Una madre peor 22
39%

22

En enero empiezo a llevar a Jimena Arístegui al colegio los martes y los jueves.

Esto hay que decirlo tal cual, porque visto desde aquí no se sostiene: la hija de la presidenta de la Comisión de Bienestar y Convivencia del AMPA del colegio Anglada se sube a mi coche dos mañanas por semana desde el ocho de enero, y lo hace con el permiso de su madre, y su madre lo pidió.

Lo pidió Bego el veintiuno de diciembre por WhatsApp, en privado, a las once y cuarto de la noche, con la fórmula perfecta.

Que a partir de enero le han cambiado una cosa del trabajo.

Que Bea no puede antes de las nueve. Que solo son dos días.

Que se lo diga sin ningún problema si me viene fatal, que faltaría más, que ella lo entiende perfectamente.

Y que ni se le ocurriría pedírmelo si no fuera porque nos pilla de camino.

Cuatro mensajes, ochenta y una palabras, dos emoticonos y una salida airosa incorporada de fábrica para que yo no la use.

Nos pilla de camino. Vive a cuatrocientos metros de mi portal y el colegio está a tres kilómetros y medio de los dos.

Le digo que sí en cuatro minutos.

Le digo que sí por el motivo más viejo del mundo, que es que a la gente que te tiene cogida se le dice que sí.

Y le digo que sí por otro motivo que tardo dos semanas en confesarme: porque una niña de nueve años en el asiento de atrás de mi coche, dos mañanas por semana, treinta y cinco minutos entre la ida y la vuelta, es la única fuente que tengo.

Cuento las horas antes de contestar. Ochenta minutos semanales. Treinta y dos semanas de curso hasta junio. Cuarenta y dos horas y media de una niña hablando en mi coche.

Eso es lo que hago un veintiuno de diciembre a las once y veinte de la noche, sentada en mi cama, con el árbol puesto en el salón: una estimación de horas.

Jimena sale de su portal a las ocho y cinco, sola, con la mochila puesta y las dos correas, y Bea la ve bajar desde la puerta. Nunca la acompaña Bego. En nueve semanas veré a Bego Arístegui en ese portal exactamente cero veces.

Se sienta detrás, a la derecha, se pone el cinturón antes de que yo arranque y saluda por su nombre a las dos.

—Buenos días, Claudia. Buenos días, Emma.

—Buenos días, hija.

—Buenos días —dice Emma, sin girarse, porque Emma a las ocho y cinco de la mañana funciona a medio gas hasta la altura del segundo semáforo.

Y a las ocho y veinte, cuando la dejo en la puerta con Emma, me da las gracias por el viaje. Todos los días. Los dieciocho viajes que hicimos.

Los martes y los jueves de enero son, contra todo pronóstico, lo mejor de mi semana.

Hay una parte de esto que no sé dónde archivar y que voy a poner aquí, en su sitio, aunque no me convenga, porque si no lo pongo esto que estoy contando se convierte en otra cosa y en otra cosa más fácil: la hija de Begoña Arístegui es una niña estupenda.

Es educada sin ser sosa. Se preocupa de que las demás lleguen bien.

Un martes de enero, en el atasco, se pasa veinte minutos explicándole a Emma un problema de matemáticas que Emma no ha entendido en clase, y se lo explica mejor que yo, con paciencia y sin quitarle el lápiz de la mano.

Y cuando Emma lo saca bien, Jimena no dice nada: se recuesta en el asiento y mira por la ventanilla con una satisfacción de mostrador.

Porque en ese coche pasa una cosa: se juega. El juego lo inventó Emma hace dos años, en un atasco de la A-3 volviendo de Alicante, y se llama Ponme a Prueba. Consiste en que una dice un dato y las demás tienen que decir el que va con él.

Capitales. Ríos. Cumpleaños. El número del portal de la casa de mi madre en Alicante. Los apellidos de las profesoras por orden de curso. Las paradas de la línea 4 desde Argüelles. Cuántos escalones tiene el portal de Sara, que son once y luego cuatro.

No hay puntos. No hay ganador. Eso lo estableció ella el primer día y no ha habido manera de moverlo.

Emma es imbatible y lo sabe, y lo lleva con una humildad insoportable: cuando acierta doce seguidas dice «bueno» y mira por la ventanilla.

Jimena entra al juego con una seriedad de tribunal.

—Yo me sé los seis primeros presidentes de la democracia —dice Jimena el primer martes, antes incluso de que le expliquemos las reglas.

—Eso no vale, que eso es de estudiarlo.

—Todo es de estudiarlo —dice Jimena—. Lo que pasa es que unas cosas las estudias sin darte cuenta.

—No —dice Emma—. Lo bueno es lo que te sabes sin haberlo estudiado.

—Eso no existe —dice Jimena.

—Sí existe. Existe lo que te sabes de tanto oírlo.

Un jueves de mediados de enero, con la M-30 parada a la altura del puente de Ventas y la radio dando el estado del tráfico como si nos fuera a servir de algo, Jimena informa desde atrás:

—Claudia.

—Dime.

—En mi casa estamos arreglando el cuarto de arriba.

—¿Tenéis cuarto de arriba?

—Es el de la buhardilla. Estaba lleno de cosas y lo estamos vaciando. Lo van a pintar en febrero.

Cambio de carril. Pongo el intermitente y todo, y me sale un cambio de carril perfecto, de autoescuela.

—Qué bien. ¿Y eso?

—Porque viene mi abuela en Semana Santa y se queda mucho tiempo.

—Ah.

—Y porque mi madre dice que, si hace falta, el de arriba también sirve.

Y se pone a mirar por la ventanilla, y a los treinta segundos pregunta si podemos poner la emisora de las canciones.

—¿Sirve para qué? —pregunto, con la vista en el retrovisor exterior.

—Para lo que haga falta —dice Jimena—. Es una habitación.

Y es que es verdad. Es una habitación.

Me paso el resto del día con esa frase. Me la llevo al comité de las once, me la llevo a la comida y me la llevo al aparcamiento.

La descompongo, la vuelvo a montar, le pruebo tres sentidos posibles y encuentro tres, y los tres son razonables, y dos de ellos son completamente inocentes.

Una mujer con una buhardilla que se vacía, una abuela que viene en Semana Santa, y una frase de nada dicha por una niña en un atasco.

Así es como se vive cuando uno lleva cuatro meses dentro de esto: hay que auditar hasta las buhardillas.

Y hay una cosa más, que es la que de verdad me estropea el jueves.

La frase de Jimena no me da miedo. Me da otra cosa.

Si en esa casa están vaciando un cuarto de arriba y pintándolo en febrero, entonces la casa de los Arístegui también está en esa lista, o quiere estarlo, y eso significa que el sitio donde puede acabar mi hija no es una abstracción con seis nombres impresos en un díptico: es una buhardilla de cuatro por tres a cuatrocientos metros de mi portal, con las paredes recién pintadas y una niña estupenda en el piso de abajo que le explica los problemas de matemáticas.

A la vuelta, ese mismo jueves, ya sin Jimena, Emma sube la apuesta del juego.

—Ponme a prueba tú a mí.

—A ver. El cumpleaños de la abuela.

—Doce de agosto.

—El teléfono de casa de la abuela.

Lo dice. Nueve dígitos, sin pararse.

—El teléfono del trabajo de mamá.

Lo dice, con la extensión incluida.

—Muy bien.

—Otro.

—El teléfono de la tía Sara.

Y lo dice. Lo dice igual de rápido que los otros dos, seguido, sin la pausa que hacen los niños cuando reconstruyen un número por partes, con el ritmo de quien lo tiene entero y de una pieza.

Voy conduciendo. Estamos en la glorieta de López de Hoyos, en el segundo carril, con el intermitente puesto.

Miro por el retrovisor interior, que es una cosa que las madres hacemos para mirar a nuestros hijos y no para ver el tráfico.

—¿Y ese desde cuándo te lo sabes?

—Desde el verano.

—¿Desde el verano de este año?

—Desde el de antes de este curso.

Julio. Agosto.

Antes del colegio. Antes del papel verde. Antes de las 16:40 y del asiento de apertura del veintisiete de junio a las 18:52. Antes del blíster, antes del vídeo, antes de Raquel Ordóñez, antes de la palabra desamparo en un sobre con membrete.

Antes de que existiera absolutamente nada de todo esto, mi hija, recién cumplidos los nueve, se aprendió de memoria el teléfono de Sara Noguera.

El semáforo se pone verde. Detrás no pita nadie.

—¿Te lo enseñó ella?

—No.

—¿Y por qué te lo aprendiste?

Emma se encoge de hombros contra el cinturón y sigue mirando la calle.

—Por si acaso.