Una madre peor 21
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El veinticinco por la mañana somos dos.

Nos levantamos tarde, que en esta casa significa las nueve menos veinte, y lo primero que hace Emma al salir del cuarto es ir a la ventana a ver si ha nevado, que es una cosa que hace todos los veinticinco de diciembre de su vida y que no le ha salido bien ni una sola vez.

Desayunamos el roscón que sobró de Nochebuena y abrimos los regalos en el suelo del salón, con el árbol puesto desde el ocho de diciembre.

Emma abre los suyos en el orden en el que los ha colocado la noche anterior, del más pequeño al más grande, sin saltarse ninguno, y va apilando los papeles doblados a su derecha.

Le he regalado unos prismáticos pequeños, de los de pájaros, un libro que ya tenía apuntado desde octubre, un juego de mesa de los de deducir y unas zapatillas.

Los prismáticos se los pone en los ojos y se pasa cuatro minutos mirando el edificio de enfrente.

—Se ve la cocina del quinto.

—Eso no se hace.

—Lo sé. —Sigue mirando—. Están desayunando fatal.

A las once ponemos el villancico.

Es uno solo. Es un villancico portugués que le gustaba a Óscar, que lo descubrió en un disco de segunda mano y que se pasó cuatro navidades poniéndolo en el equipo del salón mientras ponía la mesa, cantando por encima y equivocándose en la letra a propósito para que Emma le corrigiera.

No le gusta a nadie más en el mundo. Es lento y es un poco triste hasta el final.

Lo ponemos entero, una vez, de pie, las dos en mitad del salón. Emma se sabe el estribillo en portugués sin entender ni una palabra.

Cuando termina, lo quito.

—¿Otra vez? —dice.

—El año que viene.

Es la norma. La norma la puso ella el primer año, sin decirlo: lo pusimos dos veces y la segunda vez fue peor. Y luego seguimos.

Estas dos horas están reguladas hasta el último minuto. Las diseñé el primer año, cuando el veinticinco de diciembre era una superficie de hielo, y las hemos repetido igual desde entonces, y funcionan. Un duelo aguanta cualquier cosa menos una mañana sin plan.

A la una viene mi madre por videollamada desde Alicante y hablamos veinte minutos, dieciocho de ellos con la cámara apuntando al techo. Pregunta por el colegio. Le digo que bien.

A las cinco llegan Sara y Bruno.

Llegan con dos bolsas, una fuente tapada con papel de aluminio y un ruido general que empieza en el ascensor. Sara ha hecho algo con langostinos y lo anuncia desde el rellano, antes de quitarse el abrigo, con el tono de quien va a servir una cosa histórica.

—¿Qué es?

—Un cóctel.

—¿Un cóctel de langostinos?

—Es de mi madre. Lleva kétchup y no admite discusión.

Lleva kétchup y está bueno. Nos lo comemos entero de pie en la cocina antes de sentarnos siquiera, con los palillos de las brochetas, y Bruno se come nueve langostinos y lo anuncia.

—Nueve.

—Nueve son muchos, cariño.

—Es Navidad.

—Eso no es un argumento.

—Es el mejor argumento del año —dice Sara, y le da el décimo.

Los regalos entre ellos son un asunto serio, se negocian en el patio y llevan preparándolos desde noviembre.

Bruno le da a Emma una caja de cromos de la temporada, sin abrir, precintada.

Es un regalo enorme. Es, en el sistema de valores de esa alfombra, prácticamente una herencia. Bruno lleva desde octubre sin gastarse la paga y Sara me lo cuenta por encima de la cabeza de los niños moviendo solo la boca.

—¿Entera? —dice Emma.

—Entera. Pero los porteros los abrimos juntos.

—Vale.

—Y si sale el del Betis otra vez, es tuyo, que ya te debía uno.

Emma le da a Bruno el ala este de la ciudad.

—¿Cómo que el ala este? —dice Sara.

—Se la he hecho yo —dice Emma—. Es la zona nueva. Con el puente.

Y saca de una bolsa, envuelta en un trapo de cocina para que no se desmonte, una plataforma de Lego montada, con su puente, sus tres edificios y un semáforo, hecha en su cuarto durante las vacaciones con piezas suyas, y se la pone a Bruno en las manos con las dos manos.

Bruno la mira. La gira. Comprueba el puente.

—Esto no cabe en mi cuarto.

—Ya lo sé.

—O sea que la ciudad se tiene que dividir.

—No. —Emma se sienta con las piernas cruzadas—. La ciudad es una. Lo que pasa es que está en dos sitios.

Y ahí, en el suelo del salón de mi casa, la tarde del veinticinco de diciembre, entre papeles de regalo y un cóctel de langostinos, esos dos niños redactan un tratado.

Tardan cuarenta minutos. Discuten tres cláusulas. Sara y yo asistimos desde el sofá como dos observadoras internacionales sin mandato.

Lo escribe Emma, en una hoja de su cuaderno de rayas, con la letra de las cosas oficiales.

Establece que la ciudad tiene dos sedes.

Que en cada sede se puede construir pero no destruir.

Que las piezas se pueden llevar de una sede a otra siempre que se avise.

Que los cromos son competencia de Bruno y el censo es competencia de Emma.

Y que, si un día una de las dos sedes se cierra, la ciudad entera pasa a la otra.

Esa última cláusula la propone Bruno.

—¿Por qué va a cerrar una sede? —pregunta Sara desde el sofá.

—Es por si acaso —dice Bruno—. Como en los sitios.

—¿Como en qué sitios?

—En los sitios —dice, con la paciencia del que ya lo ha explicado—. Cuando cierran una fábrica y lo llevan todo a la otra. Salió en un vídeo.

Sara me mira. Yo me encojo de hombros. Nos reímos las dos, y Emma añade la cláusula, y la añade sin discutirla, porque a Emma una cláusula que prevé un cierre le parece de sentido común.

Firman los dos abajo, con sus nombres completos, y Bruno pone además el número de su clase, que es una formalidad que se ha inventado él.

Emma pone la fecha.

—¿Y quién se lo queda? —pregunta Bruno.

—Hay dos copias. Yo lo copio.

Y lo copia. Se lo copia entero, palabra por palabra, en otra hoja, mientras nosotras recogemos los papeles del suelo, y le entrega una a Bruno doblada en cuatro.

Sara y yo nos ponemos con el turrón del duro, que efectivamente solo comemos nosotras, y con la película de los abetos, que no es de abetos, que se llama de otra manera que ninguna de las dos recuerda y que llevamos viendo desde antes de tener hijos.

Hay una escena en el minuto cuarenta en la que Sara llora todos los años, y todos los años dice que no ha llorado.

Los niños ni la miran: están en el suelo, delante del sofá, montando el enlace entre el ala este y el resto, discutiendo si el puente es de peatones o si pasan coches.

A las ocho hay una discusión de doce minutos sobre si se cena o no se cena, que gana Sara con el argumento de que quedan langostinos.

A las ocho y veinte, Sara coge mi móvil de la mesa baja.

—Foto.

—No.

—Foto, Claudia.

Nos hace ponernos a los cuatro en el sofá.

Nos coloca, y nos coloca mal, y nos vuelve a colocar: Emma y Bruno delante, sentados en la alfombra con la espalda contra el sofá; ella y yo detrás.

Bruno protesta porque le tapa el ala este.

Emma le dice que el ala este no sale en la foto.

Apoya el móvil en la estantería, encima de dos libros, le da al temporizador y viene corriendo, y sale medio movida y sale riéndose porque le ha dado tiempo justo.

Repite. Repite tres veces, porque la primera sale movida, la segunda sale sin Bruno y la tercera sale con Sara a medio sentarse.

La que vale es la cuarta. Sale mal encuadrada, con la lámpara cortando por arriba y con medio árbol de Navidad fuera.

Salgo yo con cara de que me hagan una foto. Sale Sara con el brazo estirado por detrás de mis hombros. Sale Bruno con la boca abierta enseñando el turrón. Y sale Emma mirando a la cámara con las manos en las rodillas y esa media sonrisa suya de quien colabora con los procedimientos.

Y en la esquina superior derecha, desenfocado, detrás del marco de la puerta, se ve un trozo del recibidor: el mueble, las llaves en el plato, y encima del mueble, mi bolso.

Es un bolso marrón, de asa corta, que me regaló mi madre hace tres años y que llevo todos los días.

Dentro hay una cartera, un paquete de clínex, dos bolígrafos, el cargador, un díptico de una gala de otoño con seis nombres impresos en la última página, un blíster que no es mío, una caja que sí lo es y un bolsillo interior con cremallera.

Esa foto es la última en la que salimos los cuatro.