Una madre peor 19
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Los papeles de Sara los llevo yo desde hace tres años y los llevo gratis, y las dos hemos acordado que eso es normal.

Lo acordamos el primer año, cuando ella recibió una carta de Hacienda que empezaba con la palabra «requerimiento» y me llamó desde el rellano de su casa a las once de la noche convencida de que la iban a embargar.

Vengo el primer domingo de diciembre con el portátil, con la carpeta de plástico donde le guardo lo del año pasado y con dos cafés de la máquina del súper de abajo, uno solo y uno cortado con dos azucarillos, y Sara me abre la puerta con un lápiz metido en el moño, las gafas en la cabeza y una alegría de fin de trimestre.

—Te lo tengo todo preparado.

Lo que tiene preparado es una caja de zapatos.

—Sara.

—Está ordenado por dentro.

No está ordenado por dentro. Dentro hay noventa y tantos tiques de papel térmico ya medio borrados, dos facturas de la imprenta, un recibo de la mutua, un sobre del banco sin abrir, cuatro pósits con cantidades escritas y ninguna referencia, y una entrada de cine de febrero.

—¿Y esto?

—Eso lo he metido por si acaso.

—Es una entrada de cine.

—¿Y si es deducible?

—No es deducible.

—Tú dijiste que las cosas de documentación eran deducibles.

—Era Del revés 2 , Sara.

Nos ponemos en la mesa de la cocina, ella enfrente con el segundo café y yo con el portátil abierto, y hacemos lo que hacemos cada diciembre: yo pregunto y ella contesta.

Necesito el certificado de retenciones de la editorial.

Necesito los extractos del banco de todo el año, no los tres últimos meses.

Necesito las facturas emitidas por orden, con su numeración correlativa, y necesito saber cuáles están cobradas y cuáles no.

Necesito el modelo de la mutua. Necesito el recibo del alquiler para el porcentaje de la vivienda afecta.

Necesito el número de afiliación, que ella no se sabe y que está en la tarjeta sanitaria, que está en el bolso, que está en el perchero.

Voy yo al perchero. Es más rápido que explicárselo.

Sara va a buscar cada cosa a un sitio distinto de la casa.

El certificado está en el cajón de los cubiertos, que es donde ella pone lo importante para no perderlo, y es sistemáticamente donde no lo encuentra.

Los extractos del banco están sin abrir, en una pila, encima del microondas.

El recibo del alquiler lo tiene en el móvil, en una captura de pantalla, hecha en agosto, cortada por abajo.

—Entra en el correo y bájatelo tú —dice desde el pasillo.

—Dame tú la contraseña.

—Amparo1949.

Me lo dice desde la otra habitación, a voces, con el mismo tono con el que se dicen las cosas que no valen nada.

—¿Amparo1949?

—Mi madre y el año en que nació. —Aparece en la puerta—. ¿Qué pasa?

—Que esa contraseña es un desastre. ¿Es la misma en todo?

—En todo.

—¿En el banco también?

—En el banco lleva un signo de exclamación, que me obligaron.

Amparo Noguera. 1949. Once años muerta y treinta y siete llaves colgando de su nombre.

Me giro en la silla y le hago el discurso.

Se lo hago entero y se lo hago bien, porque es literalmente mi profesión: le explico lo que es una filtración de credenciales, le explico que basta con que una sola de las cuarenta páginas donde ha puesto ese correo tenga un fallo, le explico que se tarda catorce minutos en montar un gestor de contraseñas y que se lo monto yo ahora mismo, gratis, en este momento, aquí sentada.

Sara me escucha con los brazos cruzados y una sonrisa que le va creciendo.

—¿Has terminado?

—No.

—Es que te pones muy guapa cuando te pones así.

—Sara, cámbiala.

—La cambio.

No la va a cambiar. Las dos lo sabemos y por eso nos reímos, y yo vuelvo al portátil y entro en su correo con el nombre de su madre muerta y el año en que nació, y me bajo el certificado de retenciones, y de paso veo, porque están ahí y porque hay que abrirlos para trabajar, los tres correos de la editorial de esta primavera: el que pide el segundo anticipo, el que lo concede y el que fija la nueva fecha de entrega, que es el veintiocho de febrero.

Todo eso lo necesito. Todo eso me hace falta para hacerle la renta. Voy a repetir esto porque es verdad y porque es lo único que voy a poder decir después: cada cosa que abrí esa tarde en casa de Sara Noguera me hacía falta para hacerle a Sara Noguera la declaración de la renta.

Trabajamos tres horas seguidas en sillas de cocina, y a la tercera se me duerme el pie izquierdo y tengo que levantarme a dar dos vueltas al salón.

Los niños están en el cuarto con la ciudad, que ha crecido y ahora tiene aeropuerto y una discusión abierta sobre si el aeropuerto puede estar dentro del barrio residencial.

Abro los extractos del banco por meses y voy pasando.

Enero, mil doscientos. Febrero, novecientos.

Marzo, el anticipo. Abril, cuatrocientos veinte.

Mayo, el segundo anticipo. La cuenta se queda en números rojos tres veces a lo largo del año, siempre entre el veintiocho y el cuatro, y las tres veces la salva un ingreso de la editorial que llega tarde.

La comisión por descubierto son treinta y nueve euros cada vez.

Ciento diecisiete euros al año por el delito de cobrar por entregas.

—Esto de los descubiertos hay que arreglarlo —le digo.

—Ya.

—Sara, son ciento diecisiete euros.

—Ya lo sé. Es que cuando los veo ya han pasado.

Mientras clasifico, hablamos de la Navidad.

—Nochebuena la haces tú —dice Sara— y el veinticinco lo hago yo. No: al revés. Nochebuena la hago yo porque tú la haces triste.

—Yo no la hago triste.

—Tú la haces correcta, que es peor. —Se levanta a por más café—. Y el veinticinco por la tarde nos vamos a tu casa, que tenéis el sofá bueno, y nos ponemos la película de los abetos esa y nos comemos el turrón del duro que solo comemos tú y yo.

—Vale.

—¿Y Nochevieja?

—Nochevieja la paso con Bruno, que es la única noche del año que le dejo acostarse a las dos y me lo cobra en años de vida.

—¿Vale? ¿Así, vale? ¿Sin agenda?

—Vale, apunto: veinticinco, tarde, casa, turrón del duro.

—Eso ya me gusta más.

Y me lo apunto. Lo apunto en el móvil, en el calendario compartido de casa, en la casilla del veinticinco, y le pongo la alarma.

A las siete y media he terminado. Le sale a devolver ciento noventa y dos euros, que es la mejor noticia que le he dado en tres años y que celebra con un grito que se oye desde el cuarto de Bruno.

Y como he terminado, sigo. Le monto un archivador. Bajo a la papelería de la esquina, que cierra a las ocho, y compro un archivador de anillas, doce separadores de cartulina y una caja de fundas. Vuelvo y se lo monto.

Le pongo los separadores con rotulador, en mayúsculas, y le pongo también una hoja de índice delante, plastificada con una funda, para que no haya que abrir el archivador para saber qué hay dentro.

Primer separador: identificación y alta censal.

Segundo: contratos y encargos. Tercero: facturas emitidas, por número, con la fecha de cobro anotada a lápiz en la esquina.

Cuarto: gastos, por trimestres. Quinto: banco.

Sexto: seguros y mutua. Séptimo: vivienda.

Octavo: retenciones y modelos presentados.

Noveno: correspondencia con Hacienda. Décimo: sanitario y varios.

Sara me mira montarlo desde el otro lado de la mesa, con las piernas cruzadas encima de la silla, comiéndose una mandarina.

—Oye, ¿tú te acuerdas de cuando Óscar montó lo del karaoke en tu casa?

—Me acuerdo.

—Con el micrófono de plástico y la letra en la tele. —Se ríe sola, con un gajo en la mano—. Qué grande era. Era el divertido de los dos, el cabrón.

Escribo con rotulador, en mayúsculas, en la pestaña del separador octavo: RETENCIONES Y MODELOS PRESENTADOS.

—¿Te acuerdas de que se sabía entera la de Camilo Sesto? —dice.

—Me acuerdo.

Noveno: correspondencia con Hacienda. Décimo: sanitario y varios.

—Oye.

—Dime.

—Tú eres la única persona del mundo que sabe exactamente lo que gano.

—Ya.

—Y sigues aquí.

Lo dice sin ninguna intención. Lo dice como se dicen las cosas buenas: de pasada y masticando.

—¿Y tú qué tal? —añade—. Lo del colegio.

—En seguimiento.

—¿Eso qué quiere decir?

—Que está abierto y que no pasa nada.

—¿Y eso es bueno o es malo?

—Es lo normal.

Y con eso le vale, porque es diciembre, porque huele a mandarina, porque los niños se están gritando por un aeropuerto y porque yo tengo delante su declaración a medio hacer y la cara de quien lo tiene todo controlado.

Cuando me voy son las nueve y cuarto. En la puerta me pone en la mano una lámina enrollada con una goma.

—Toma. Y no la mires ahora, que me da vergüenza.

—Sara.

—Que no la mires.

La miro en el ascensor. Es la osa. La osa está sentada en la mesa de una cocina, con gafas, rodeada de papeles, y tiene delante a un osezno pequeño que le está dando una mandarina. Abajo, con la letra de Sara: Para Claudia, que me pone la vida en carpetas.

En la mesa de la cocina de esa casa, cuando cierro la puerta, queda el archivador abierto por el separador cuarto, con los doce meses de gastos de una mujer de cuarenta y dos años clasificados por trimestres, y al lado, en una pila, las diez fundas que sobran.

Nunca en su vida ha estado la vida de Sara Noguera tan bien ordenada como esta noche.