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Yolanda Cebrián trabaja en una gestoría de Alcalá de Henares.
Lo sé porque hay tres Yolanda Cebrián en Madrid y porque una de ellas tiene un perfil profesional con foto, y la foto coincide con la mujer que aparece, de espaldas y a medio girar, en una foto de grupo del Anglada de hace tres cursos que sigue colgada en la web del colegio.
La llamo un martes a las cinco de la tarde. Contesta ella.
—¿Yolanda Cebrián?
—Sí.
—Me llamo Claudia Bastida. Soy madre de un niña de cuarto del colegio Anglada.
Se hace un silencio de dos segundos y medio, y en ese silencio hay más información que en todo lo que he leído este otoño.
—No.
—Yolanda, solo quiero...
—No.
Y cuelga.
La llamo otra vez el jueves. Salta el buzón. La llamo el viernes desde otro número, que es una cosa que no está bien y que hago igual, y salta el buzón otra vez. No vuelvo a llamar. Uno aprende a distinguir un «no» de un «ahora no», y ese era de los primeros.
De Marta no encuentro nada. Ni el apellido. Marta de infantil, hace cuatro cursos, y en este colegio no queda ni una madre que se acuerde de su apellido; lo pregunté de refilón en dos conversaciones de puerta y las dos me dijeron ah, sí, una que se fue.
Total: una mujer que me cuelga y una mujer que no existe.
De todo lo que hice aquellas dos semanas, esa llamada es lo único de lo que me sigo avergonzando de una manera limpia.
Marqué un número de una mujer a la que le habían quitado un hijo para pedirle que me lo contara, y lo hice desde mi mesa de la oficina, entre dos reuniones, con el manos libres puesto.
Con eso, en mi trabajo, no se hace nada. Con eso no se abre ni un preliminar.
El martes siguiente llega el oficio.
Viene en un sobre normal, con el membrete de la Comunidad de Madrid, y lo leo de pie en el rellano con el correo del buzón todavía en la mano. Me citan el catorce de diciembre a las nueve y media, en unas oficinas de la calle Manuel Uribe, a una entrevista de valoración de la situación familiar.
En el segundo párrafo, en mitad de una frase larga y correcta, con el nombre y los dos apellidos de mi hija a doce palabras de distancia, está la palabra desamparo.
Es la primera vez que la veo escrita en un papel que va dirigido a mí.
Lo leo tres veces más en el ascensor. La frase es correcta y es la fórmula de siempre, la que dice que la entrevista se realiza a los efectos de determinar la existencia de una posible situación de riesgo o desamparo, y no significa que nadie haya decidido nada.
Eso lo sé. Llevo doce años escribiendo frases exactamente iguales que esa para decirle a una empresa que no la estamos acusando de nada.
Y sé también lo que significa que una frase así aparezca en la fase en la que aparece: significa que el expediente ha cambiado de carril.
Esa noche cenamos macarrones. Emma me cuenta que en biblioteca han decidido que los libros de miedo van con tejuelo negro y que a ella le parece un error, porque el negro no se ve en la estantería del fondo y esos libros son los que más se piden.
Le digo que tiene razón. Fregamos, se ducha, le firmo la agenda con la fecha.
—Mamá.
—Dime.
—¿El viernes vamos a casa de la tía Sara?
—El viernes vamos a casa de la tía Sara.
—Vale.
Y se va a la cama tan contenta.
A las once y media estoy sentada en la mesa de la cocina con el oficio delante, el díptico de la gala, el extracto de incidencias, mi folio de las tres columnas y el bloc con los cuatro renglones.
Y hago lo que hago cuando un asunto no sale por donde tiene que salir, que es cambiar la pregunta.
La pregunta llevaba cuatro semanas siendo: ¿cómo demuestro que esto está construido? Esa pregunta tiene respuesta y la respuesta no sirve, porque Olga Sanz la contestó entera, con cuatro mil euros de abogada, y perdió igual, y su hijo está en Pozuelo aprendiendo inglés.
La pregunta nueva es la que me dieron el viernes en un pasillo de aseos con marco dorado, y no la formulo entera ni siquiera para mí. La formulo así: qué condiciones tiene que reunir un caso para que sea más urgente que otro.
Y eso sí sé hacerlo. Eso es exactamente mi oficio: dado un procedimiento, determinar qué expedientes prosperan y por qué.
Cojo lo primero que tengo a mano para escribir, que es el tique de la compra del sábado, y lo pongo por el reverso, que está en blanco.
Escribo los criterios en columna, a la izquierda, con la letra pequeña.
Salen siete y me salen en cuatro minutos, porque llevan cuatro semanas escribiéndose solos: hogar monoparental o con un solo adulto de referencia.
Sin familia extensa en el municipio. Sin capacidad económica para asistencia letrada sostenida.
Con un antecedente real, aunque sea antiguo, que dé verosimilitud a la notificación.
Con un menor escolarizado en el mismo grupo, que es donde la Comisión tiene ojos.
Con una familia colaboradora disponible.
Y el séptimo, el que no se puede escribir de otra manera: que exista alguien capaz de aportar el antecedente.
Después, a la derecha, escribo nombres.
Escribo siete nombres de mujeres de esta clase y de la de al lado, con el bolígrafo del banco, en el reverso de un tique donde por delante pone leche, mandarinas, papel de cocina y detergente.
No los elijo: los tengo. Llevo cuatro años en la puerta de este colegio y sé quién está sola, quién tiene a la abuela a dos calles, quién se fue de vacaciones a Menorca en agosto y quién no se fue a ningún sitio.
Y voy tachando.
La primera, porque el padre está en casa y trabaja desde casa; el criterio uno no se cumple y sin el uno no hay nada.
La segunda, porque tiene a su madre y a su hermana en el barrio y las tres se turnan; el dos.
La tercera, porque su marido es abogado; el tres, y con el tres se acaba la conversación.
La cuarta, porque está en la Comisión.
La quinta, porque su hijo va a quinto y no coincide en el grupo.
La sexta, porque no le conozco nada. Nada de nada: ni una tarde de casa, ni una confidencia de puerta de colegio, ni un mal día contado en un cumpleaños.
Y sin el cuatro no hay notificación que se sostenga, porque una notificación sin un antecedente real detrás se cae en la primera entrevista, y lo que se cae en la primera entrevista no cierra ningún expediente: lo agrava.
Quedan siete criterios y queda un nombre sin tachar.
Cumple el uno: madre soltera por elección, un solo adulto de referencia.
Cumple el dos: su madre murió hace once años y su padre no existe en ninguna conversación desde que la conozco.
Cumple el tres: cobra por entregas, pidió dos anticipos esta primavera y lo sé porque le llevo yo los papeles.
Cumple el cinco: su hijo se sienta a metro y medio de mi hija desde los tres años.
Cumple el seis, porque hay seis familias esperando en una lista con la idoneidad firmada.
Cumple el cuatro.
Y cumple el siete, y el siete lo cumple una sola persona en el mundo, y esa persona está sentada esta noche a las doce menos veinte en la mesa de su cocina con un tique de la compra por el reverso.
Miro el tique un rato. Está la columna de la izquierda con siete criterios y la columna de la derecha con siete nombres, seis de ellos tachados con una raya y el séptimo entero, con su letra redonda de mayúscula y minúscula, escrito por mi mano hace once minutos.
No escribo nada más. No hay nada más que escribir: un análisis de viabilidad termina cuando queda un solo supuesto en pie.
Doblo el tique en cuatro. Lo meto en el bolsillo interior del bolso, en el que tiene cremallera.
Después voy al baño.
Abro el armario de encima del lavabo, el de la puerta con espejo, y saco la caja de arriba a la derecha, la de la balda alta, la que está detrás de la de las tiritas y del jarabe de la tos que caducó en marzo.
Lorazepam 1 mg. Veinticinco comprimidos. Quedan diecisiete. Mi nombre en la etiqueta de la farmacia, con la fecha de dispensación de hace veintidós meses, cuando una médica de un centro de salud de esta ciudad se sentó enfrente de mí, me dio siete minutos y me dijo que era normal.
La caja lleva dieciocho meses en esa balda. La dejé ahí el día que decidí que no la iba a necesitar más, y no la he tocado desde entonces, y sin embargo he sabido en todo momento, cada día de estos dieciocho meses, que estaba exactamente ahí.
La cierro. Apago la luz del baño.
Y la meto en el bolso, en el bolsillo grande, junto al tique.