Una madre peor 17
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La gala de otoño del AMPA del Anglada se celebra el último viernes de noviembre en el salón de banquetes de un club de campo de la carretera de La Coruña, y cuesta ochenta euros el cubierto.

Los ochenta euros van íntegros a la causa, dice el cartel.

No van íntegros a la causa: van al catering, al club y a la orquesta, y lo que queda va a la causa.

Nadie ha auditado esto en su vida y nadie lo va a auditar, porque en el momento en que alguien lo auditara, la gala dejaría de ser lo que es, que es la noche en que ochenta y cuatro familias de un colegio privado de Madrid se ponen guapas y se quieren.

Voy sola. Sara no viene a estas cosas.

Me pongo unos zapatos que compré para un bautizo hace cinco años y que a las once y media de la noche me van a haber hecho una ampolla en el talón derecho. Lo sé desde que me los pongo. Me los pongo igual.

—Ochenta euros —me dijo el martes por teléfono—. Ochenta. Yo por ochenta euros hago la cena en mi casa y os toco la flauta.

Voy porque llevo cuatro semanas mirando papeles y los papeles se me han acabado. Cuando se acaban los papeles, se va uno a mirar a la gente.

Me pongo el vestido de las bodas, que es el vestido que tenemos todas y que en mi caso es negro y tiene cuatro años. Emma me mira vestirme desde la puerta del cuarto y dictamina que estoy guapa y que el pelo me lo tengo que soltar. Se lo suelto. Se queda satisfecha.

La deja Sara. La deja y la recoge y la acuesta, y cuando le digo que a qué hora paso a por ella, me dice que a ninguna, que duerme allí, y que si aparezco antes de las diez de la mañana me tira una croqueta.

El salón es alargado, con lámparas de araña de las de imitación y catorce mesas redondas de diez. En la entrada hay un photocall con el logo del colegio y el de una inmobiliaria, y una mesa larga con los lotes de la subasta solidaria.

Los lotes, que copio de memoria porque los estuve leyendo diez minutos: una cesta gourmet de la charcutería de la avenida.

Un fin de semana en un apartamento de Peñíscola, cedido por una familia de tercero.

Una clase de pádel con un profesor que fue número no sé cuántos de España.

Un lote de productos capilares. Una tarta personalizada de la madre de un niño de primero que hace tartas.

Y el lote estrella, el que se subasta al final y por el que se pelean todos los años: una cena para ocho en casa de Bego Arístegui, cocinada por Bego Arístegui.

La puja empieza en ochenta euros y la sube todo el mundo, y llega un punto en que ya no la sube nadie que quiera la cena: la suben los que quieren que se vea que la han subido.

Se lleva la cena por seiscientos veinte euros un padre de sexto que grita la cifra con las dos manos en alto. Aplaude el salón entero. Bego se lleva la mano al pecho y dice que qué vergüenza, que ella no vale eso ni cocinando.

Bego está espléndida. No lo digo con retintín.

Lleva un vestido azul marino de los que no se ven, de esos que valen lo que cuesta el mío por cuatro, y va de mesa en mesa a lo largo de dos horas sin sentarse a cenar prácticamente en ningún momento, y en cada mesa se agacha, apoya la mano en un hombro y habla veinte segundos.

He contado catorce mesas y he contado catorce agachadas. Ninguna mesa se queda sin.

Cuando llega a la mía, la mano me la pone a mí.

—Mira quién ha venido.

—Aquí estoy.

—Que ya me habían dicho que este año no te veíamos.

En mi mesa hay dos matrimonios de quinto, una madre de segundo que no para de mirar el móvil y Chelo, que ha aplaudido diecinueve veces contadas.

Cuando Bego pone la mano en mi hombro, en mi mesa pasan dos cosas: la madre de segundo levanta la vista del móvil, y a Chelo se le queda la sonrisa medio segundo de más.

Han visto el vídeo. Lo han visto todos. En un salón de ochenta y cuatro familias, lo que hay esta noche no es hostilidad, que sería mucho más fácil de gestionar: lo que hay es una amabilidad de dos grados de más, y una manera de ofrecerme el pan que no le ofrecen a Chelo.

A los postres, Bego coge el micrófono para lo de siempre.

—Antes de que os pongáis a bailar, que sé que estáis deseando y que este año hemos contratado un dj que me han dicho que es buenísimo y que yo no lo conozco, dos cositas.

La primera cosita es la recaudación: cuatro mil ochocientos veinte euros, entre subasta y sobres. Aplausos.

La segunda cosita soy yo.

—Y quería deciros que este curso, para las cuentas del mercadillo y de la gala, nos va a echar una mano Claudia Bastida, que es la madre de Emma, de cuarto B, y que se dedica profesionalmente a esto.

—Me busca con la mano libre, me señala, todo el salón se gira—.

Que ya era hora de que en este AMPA alguien mirara los números con una lupa de verdad, hijas.

Risas. Aplausos. Chelo, veinte.

Yo levanto la copa cuatro centímetros, como se hace, y sonrío, y me sale bien.

A nadie de esta sala le ha parecido raro.

Es la cosa más razonable del mundo: hay una madre que se dedica al cumplimiento normativo y hay unas cuentas de un mercadillo.

Y yo estoy sentada en la mesa siete de un club de campo, con el postre delante, viendo cómo la mujer que este año me ha puesto en una casilla me acaba de dar, delante de ochenta y cuatro familias, una llave.

La encuentro sola a las doce y veinte, en el pasillo de los aseos, retocándose delante de un espejo con marco dorado.

—Bego.

—Dime, cielo.

—¿Tú sabes que hay un expediente abierto a nombre de mi hija?

No se le mueve nada. Cierra la polvera, se gira y me mira con una atención completa, de esas que en cualquier otro contexto agradecería.

—Lo sé —dice—. Y quiero que sepas que lo sabemos y que aquí no hay una sola de nosotras que no esté contigo.

—¿Y quién lo ha abierto?

—Ay, Claudia. —Se apoya en el lavabo—. Los expedientes no los abre nadie. Los expedientes se abren.

—Alguien tiene que notificar.

—Alguien notifica, claro. Y menos mal, mujer, menos mal que en este país hay gente que notifica, que si no ya sabemos lo que pasa. —Se le pone un tono más bajo, más de las dos—. Nosotras no abrimos nada, cariño. Nosotras acompañamos. Que es una cosa que la gente confunde muchísimo.

—Yo lo que quiero es que se cierre.

—Ya.

—Tengo el calendario de trabajo, tengo el registro de llamadas, tengo lo de la niña por escrito desde septiembre. Puedo demostrar que todas y cada una de las anotaciones de ese expediente están mal contadas.

Bego me escucha entera. Me deja llegar hasta el final, y cuando termino me pone la mano en el brazo, en el antebrazo, en el mismo sitio de junio, y me dice lo siguiente con una pena de verdad en la cara, con la pena sincera de quien te ve a punto de gastarte el dinero en una cosa que no funciona:

—Cielo. Estas cosas no se cierran porque tú demuestres nada.

—¿Ah, no?

—No. —Y se encoge un poco de hombros—. Yo llevo trece años en esto. Los casos se cierran cuando aparece uno más urgente.

Se retoca el pelo por última vez en el espejo.

—Anda, sal, que van a poner el pasodoble y las de la Comisión bailamos siempre el pasodoble. Y tú ven, que se te ve capaz para todo menos para bailar.

Y sale del pasillo con el paso de quien no ha dicho nada.

Bailan el pasodoble. Bailan las siete, cogidas por los hombros, riéndose muchísimo, y las fotografían con el móvil catorce personas y una de esas fotos estará mañana en el grupo de la clase con cuatro corazones.

Yo me voy a las doce y media larga. En el guardarropa, mientras espero mi abrigo, me pongo a mirar el programa de la gala, que es un díptico en papel bueno con el orden de la noche y los agradecimientos.

En la última página, debajo de los patrocinadores, hay un cuadro pequeño con un título en cursiva: Nuestro agradecimiento a las familias colaboradoras del programa de acogimiento familiar de la Fundación Amanecer, que cada año nos recuerdan lo que significa esta comunidad.

Y debajo, seis nombres de matrimonios. Seis.

Me llevo el díptico en el bolso. En el coche, con el motor parado y la luz del techo encendida, lo saco y los cuento otra vez, por si acaso, porque a estas alturas ya no me fío ni de mí.

Seis familias acreditadas, con la idoneidad firmada, con la habitación libre y con el papel en regla, esperando en una lista.

Y un caso por curso.