16
Cenamos en casa de Sara el viernes siguiente, porque Sara ha decidido que este viernes cenamos en su casa y a Sara estas cosas no se le discuten, se le acepta el horario.
En la puerta huele a fritanga desde el rellano, y desde el rellano se oye a Bruno decir que eso no es una calle, que eso es una avenida.
Le he dicho a Emma que nos vamos a las once y a Emma le he dado la hora exacta porque a Emma hay que darle la hora exacta.
Ha hecho croquetas. Croquetas de verdad, de las que se hacen el día antes, y están buenas, y lo dice ella cuatro veces antes de que las probemos.
—Están buenas.
—Están buenas —dice—. Esto lo pone en mi lápida. Aquí yace una mujer que una vez hizo unas croquetas.
—¿La bechamel te ha salido a la primera?
—La bechamel me ha salido a la tercera y las dos primeras están en el cubo, y si vuelves a preguntar te vas a tu casa sin postre.
El ruido de doce niños en setenta metros cuadrados es una cosa física que se instala detrás de los ojos y sigue ahí a las once de la noche.
Los niños se comen once entre los dos, contadas por Bruno, y luego se van al cuarto de Bruno a una cosa de construir una ciudad que llevan tres semanas construyendo y que ocupa media habitación y tiene, según Bruno, «zona industrial».
Antes de irse nos obligan a ir a verla. Hay que ir.
Hay una avenida principal hecha con dos cajas de zapatos, hay un río de papel de plata, hay un barrio de casas de Lego con los tejados de colores distintos según el año en que se compraron, y hay un cartel en la pared, escrito con la letra de Emma, con el nombre de la ciudad y las normas.
—¿Esto qué es? —pregunta Sara.
—El censo —dice Bruno—. Lo lleva ella.
—¿Tenéis censo?
—Es que si no, no sabes cuánta gente vive.
Le cuento lo de la trabajadora social.
Se lo cuento a la mitad, como todo, pero esta vez la mitad es grande: le digo que hay un expediente de información previa, que ha venido una mujer a casa, que ha estado hora y cuarto y que ha hablado con Emma.
Sara suelta el tenedor.
—¿A tu casa? ¿A tu casa ha ido una tía a mirarte la casa?
—A recabar información.
—Claudia.
—Es un procedimiento normal. Se abre y se archiva.
—¿Y a ti eso te parece normal? —Se ha puesto colorada, que es lo que le pasa cuando algo le importa de verdad—. ¿Tú sabes lo que es esto? Esto es que alguien ha llamado. Esto no cae del cielo, esto lo llama alguien.
—Ya lo sé.
—¿Y tú qué has hecho?
—Contestar a todo y enseñarle la casa.
—Claro. —Sara se pasa la mano por la cara—. Claro, tú les has enseñado la casa. Tú les habrás hecho hasta un dosier.
—No le he hecho un dosier.
Le he hecho un dosier. Está en el mueble del recibidor, con separadores.
—Constan tres notificantes distintos.
—¿Tres? —Se echa hacia atrás en la silla—. ¿Tres personas han llamado por ti? ¿Por ti, que llevas la agenda de esa niña como si fuera la Champions?
Y entonces hace lo que hace Sara, que es dejar de indignarse a los cuarenta segundos y ponerse a resolver.
—Vale. ¿Qué necesitas?
—Nada.
—Yo declaro.
—No hay nada que declarar, Sara.
—Yo declaro lo que haga falta, donde haga falta y a quien haga falta —dice, y se golpea la mesa con la palma abierta una vez, sin fuerza, que en Sara es un puñetazo—.
Yo llevo dos años recogiendo a tu hija tres tardes por semana.
Yo la he tenido con gastroenteritis y con piojos.
Yo digo que eres la mejor madre que conozco, y lo digo delante de un juez, y lo digo delante de tu Bego esa, y lo digo con la mano encima de lo que me pongan.
—Vale.
—Y lo digo en serio.
—Ya sé que lo dices en serio.
Se sirve vino, me sirve vino, y por la puerta del pasillo se oye a Bruno explicando que la zona industrial no puede estar al lado del río.
Y entonces cambia de asunto, que es lo que hace ella cuando una conversación se pone dura.
—Ah, oye. El sábado veinte hay un mercadillo de ilustración en Buenavista. Va una amiga mía con su puesto. Nos apunto a las dos.
—El sábado veinte tengo cierre de trimestre.
—Pues lo mueves.
—No se mueve un cierre de trimestre, Sara.
—Tú lo mueves todo. —Se ríe, encantada—. Ya le he dicho que íbamos cuatro.
Le digo que a ver si puedo. Ella lo da por hecho. Emma entra a por agua y se queda en la puerta.
—No, si a ti te viene bien salir —dice Sara, con la boca llena y con toda la ternura del mundo—. Que yo te veo bien, ¿eh? Te lo digo en serio. Yo te veo mejor que cuando estaba Óscar.
Emma levanta la cabeza.
—Más tú —dice Sara—. Como más entera.
Y se come el último trozo de croqueta y se limpia con el dorso de la mano y sigue con lo del mercadillo y con la amiga.
Yo me levanto y llevo dos platos al fregadero.
—Están buenísimas —le digo.
Emma bebe su agua y se vuelve al cuarto.
Y eso es todo lo que pasa en esta cocina un viernes de noviembre: nada. Una mujer que me quiere ha dicho, delante de mi hija, que estoy mejor desde que mi marido se murió, y lo ha dicho para hacerme un cumplido, y a las diez y veinte ya no se acuerda.
Yo tampoco se lo voy a recordar nunca.
—Oye —dice Sara, ya más baja—. ¿Y tú cómo estás?
—Bien.
—Claudia.
—Estoy bien. Estoy ocupada, que es distinto de estar mal.
Y se queda mirándome con la copa en la mano, y yo, que llevo dos semanas con el nombre de Olga Sanz y con cuatro renglones en un bloc y con una mochila hecha a los pies de una cama, le cuento una cosa de la oficina, una de las de Marcos, que tiene gracia y que además es verdad, y Sara se ríe, y me río yo, y con eso pasamos al segundo plato.
Hay una manera de mentirle a la gente que te quiere que no consiste en decir nada falso. Consiste en darles un tema.
Recogemos entre las dos. Sara friega y yo seco, que es el reparto desde hace veinte años y no lo ha negociado nadie.
A las once y veinte digo que hay que ir yendo.
—Ojalá viviéramos aquí —dice Emma.
Lo dice desde el suelo del pasillo, sentada, poniéndose las zapatillas. No lo dice para ganar diez minutos, porque los diez minutos ya se los he dado. Lo dice con la voz de las cosas que se dicen andando, sin mirar a nadie, mientras se ata.
En el pasillo nos quedamos las tres quietas medio segundo. Bruno, que viene detrás con un edificio en la mano, se para también, porque los niños detectan estas cosas antes que los sismógrafos.
Sara la mira. Es un cuarto de segundo, pero yo estoy justo enfrente y veo a Sara Noguera hacer la única cuenta que le he visto hacer en veinte años: mira a Emma, me mira a mí y decide cómo contestar.
—Aquí tienes casa siempre —dice—. Ya lo sabes.
—Ya lo sé.
Y se ata la otra zapatilla.
Eso es todo lo que pasa. Dura seis segundos.
Una niña de nueve años dice una cosa en un pasillo y una mujer de cuarenta y dos le contesta lo que le contestaría cualquiera que la quiera, y las dos siguen con lo suyo, y yo cojo mi abrigo del perchero y digo que qué tarde es y que mañana hay que madrugar.
Antes de irnos voy al baño.
Es un baño pequeño y azul, con la cortina de la ducha con peces, un patito de goma que ya no es de nadie y una repisa donde no cabe nada más: una crema, dos botes de champú de los que se compran en oferta, unas gafas de bucear.
En el vaso hay tres cepillos de dientes.
El grande, verde, de Sara. El azul de Bruno, con el mango mordido por arriba, que es el que se compró él en el chino de abajo con su dinero.
Y uno pequeño, rosa, con el cabezal de cerdas duras y la banda de goma antideslizante en el mango, de esos que traen dibujada una franja azul que se destiñe cuando toca cambiarlo.
Es el de Emma. No es uno parecido al de Emma, ni uno de repuesto para cuando se queda: es el de Emma.
Es el mismo modelo, la misma marca y el mismo color que el que hay en el vaso de mi baño, en mi casa, a once minutos andando de aquí, porque los compro yo en paquetes de dos en la farmacia de la esquina de mi trabajo y llevo comprando ese exactamente desde que la niña tenía seis años y se quejó de que los blandos no raspaban.
Un paquete de dos. Nunca he comprado tres. Nunca he comprado uno suelto.
Uno se queda en el vaso de mi baño. El otro, cuando se acaba el primero, sale del cajón de debajo del lavabo, del neceser de repuestos, donde llevo tres años poniendo el de recambio.
Hace por lo menos un mes que no abro ese neceser.
Lo cojo. Está seco por arriba y las cerdas están un poco abiertas hacia fuera, que es como se abren después de tres o cuatro semanas de uso.
Podría salir al pasillo ahora mismo y preguntarlo. Es una pregunta de nada. Es: oye, ¿desde cuándo tiene Emma cepillo aquí? Y Sara diría lo que dice Sara, que es algo con gracia, y sería verdad, y en cuarenta segundos estaríamos hablando de otra cosa y yo tendría una fecha.
Una fecha es lo único que quiero. Y no la voy a pedir, porque para pedirla hay que preguntar, y preguntar es decir en voz alta que hay algo que no sé de mi propia hija.
Me lavo las manos, con jabón, dos veces.
Me las seco en la toalla de los peces. Y antes de salir hago lo único que soy capaz de hacer en este baño esta noche: cojo los tres cepillos, los saco del vaso, los pongo con los mangos hacia el mismo lado y los devuelvo alineados, el grande, el azul y el rosa, por tamaños.