20
La entrevista de valoración del catorce de diciembre dura cincuenta minutos y la hago bien.
La hago tan bien que resulta obsceno. Llevo la documentación en una carpeta con separadores.
Contesto lo que me preguntan y me callo lo que no.
No lloro, que era un riesgo, y no me pongo defensiva, que era el otro.
Explico la autonomía de Emma con la palabra «autonomía» solo una vez, y la explico como lo que es: una niña lista con una madre que trabaja.
La técnica que me atiende no es Raquel Ordóñez. Es una mujer más joven, con dos pantallas, que teclea mientras habla y que a mitad de la entrevista me pregunta si tengo pareja.
—No.
—¿Y contactos afectivos estables?
—Tengo una amiga que recoge a mi hija tres tardes por semana desde hace dos años.
Lo teclea. Le pregunto si va a constar el nombre y me dice que sí, que la red de apoyo consta siempre.
Y yo digo el nombre de Sara Noguera en una oficina de la calle Manuel Uribe un catorce de diciembre a las diez menos veinte de la mañana, porque es la verdad y porque me favorece.
Salgo a las diez y veinte a la calle Manuel Uribe con la sensación exacta de haber ganado una reunión.
Me compro un café en un bar y me lo tomo de pie en la barra, con el abrigo puesto, mirando la tele sin sonido. Es un momento bueno. Duró, si lo pienso ahora, unos catorce minutos.
El resultado llega diez días después, en dos líneas, en un sobre igual que el otro: se mantiene el expediente en fase de seguimiento y se fija una revisión de la situación en el plazo de tres meses. Ni una palabra sobre nada de lo que llevé. Ni una mención a la carpeta con separadores.
Tres meses. Marzo.
Ese mismo día, en el trabajo, cierro un asunto de dieciocho meses con un informe de cuarenta páginas y me felicitan por correo dos directores.
En mi oficio, cuando un expediente que va a ninguna parte se mantiene abierto en vez de archivarse, no significa que estén dudando. Significa que están esperando a que llegue algo.
El mercadillo de Navidad del Anglada es el sábado veinte, de once a dos, en el patio cubierto, y tiene siete puestos, un chocolate solidario, una rifa y un hilo musical con villancicos que a la hora y media ya ha destruido a tres madres.
El patio cubierto del Anglada en diciembre está a nueve grados y no hay manera de estar ahí tres horas sin que se te queden las manos moradas.
Yo estoy en la mesa de tesorería. Es mi debut oficial: mesa plegable, caja metálica de las de toda la vida con su llave, un cuaderno de la recaudación por puestos, un datáfono prestado que falla dos veces y una silla mala.
Emma pasa por delante cuatro veces en tres horas con distintas compañías y con distintos alimentos.
Al puesto de al lado le han puesto el cartel del revés y nadie se ha dado cuenta hasta las doce y media. En el de la rifa hay una mujer que apunta los números en un cuaderno mientras habla por teléfono. El chocolate lo hacen dos padres que llevan delantal de verdad, traído de casa.
Bego pasa por delante seis veces en tres horas y las seis dice algo distinto y todas son la misma cosa.
—Qué tranquilidad, hija, este año con las cuentas en manos serias.
A las doce y cuarto se me sienta al lado una mujer que no había visto nunca.
—Perdona que te robe la silla dos minutos, que llevo desde las nueve de pie.
Cincuenta y tantos. Chaqueta de lana buena. Se sienta con la naturalidad de quien ha estado en cuarenta mercadillos.
—Patricia —dice—. Del puesto de repostería. Tú eres Claudia, ¿verdad?
—Sí.
—La madre de Emma.
—La madre de Emma.
—Qué niña más educada. —Se ríe—. Perdona, esto es lo que decimos las señoras, ya lo sé. Pero es que vino a comprar y me contó el orden en el que se iba a comer las cosas.
Y me cuenta el orden. Se lo sabe. Se sabe el orden en el que mi hija se iba a comer un bizcocho de limón, una galleta de jengibre y un polvorón, y me lo recita divertida y con cariño de verdad, sin ninguna clase de segunda intención visible, y yo me río, porque tiene gracia y porque es exactamente lo que hace Emma.
Patricia Falcón lleva su puesto con un inventario impreso. Lo tiene en un portapapeles: producto, unidades entregadas, unidades vendidas, precio, importe. Al final de la mañana me entrega la recaudación con el papel encima, cuadrado al céntimo, y es la única de los siete puestos que lo hace.
—Es que si no, luego no cuadra —dice—. Y luego se pierde media hora buscando doce euros.
—Es que si no, luego no cuadra —le digo yo.
Y las dos nos reímos, dos mujeres que cuadran cosas, y me cae bien. Me cae bien durante siete minutos y luego dejo de pensar en ella, porque hay que contar la caja.
Esa noche, buscando otra cosa, saco el díptico de la gala del bolsillo lateral del bolso, donde lleva tres semanas.
Última página. El cuadro pequeño en cursiva. Seis nombres de matrimonios.
El cuarto es Falcón Iturbe.
A las dos y media, con el patio ya vacío y las mesas plegadas, me quedo cuadrando.
Faltan doscientos treinta y ocho euros con cincuenta.
En un mercadillo de colegio, doscientos treinta y ocho euros con cincuenta no significan nada. Significan que alguien vendió sin apuntar, o apuntó sin vender, o dio mal un cambio a las doce y media con cuarenta personas delante.
Los busco. Los busco como se busca un descuadre: contando dos veces la caja, sumando los siete cuadernos, revisando los cambios.
Y aparecen: no faltan. El puesto de manualidades ha vendido treinta y un artículos y ha anotado veinticuatro, porque la madre que llevaba el cuaderno se fue a las doce a llevar a su hijo a un cumpleaños y la que la sustituyó anotó por su cuenta en el reverso de una servilleta que estaba debajo de la caja.
Doce minutos: eso es lo que tardo. La servilleta estaba debajo de la caja del puesto de manualidades, escrita por los dos lados, con siete artículos apuntados en una columna y ninguna suma. La suma la hago yo.
Es una tontería. Se lo digo a Bego mientras recogemos, más que nada porque el descuadre hay que dejarlo explicado por escrito y quiero que sepa que está explicado.
—A ver —dice.
Se lo enseño: la servilleta, el cuaderno, la suma.
Y Bego Arístegui se queda mirando el papel más tiempo del que hace falta para mirar un papel. Después levanta la cabeza y me mira a mí de una manera que no me ha mirado nunca, que no es la de la mano en el antebrazo.
—Doce minutos —dice.
—Estaba ahí.
—Estaba ahí, claro que estaba ahí. —Se cuelga el bolso—. Pero es que tú ves cosas que otras no ven, Claudia.
No añade nada. No hay guiño, no hay pausa cargada de nada. Coge dos bolsas de plástico con el sobrante de la rifa y se va hacia la puerta del patio hablando con Marisa de la cabalgata.
Del cierre de tesorería me llevo a casa, porque me lo dan para que empiece con los saldos de apertura, el libro del curso pasado.
Es una libreta grande de tapas duras, de las de contabilidad de toda la vida, llevada a mano con una letra que no es la de Bego. Ingresos a la izquierda, gastos a la derecha, cerrada por trimestres.
Esa noche, en la mesa de la cocina, la reviso por encima para localizar los saldos.
El fondo de la Comisión tiene su propia columna. Entra dinero de la gala, del desayuno benéfico, de los dos mercadillos, de los sobres. Sale dinero en partidas pequeñas y bien puestas: material escolar de dos familias, comedor de una, gafas graduadas de un niño, un campamento de verano.
Y en el tercer trimestre del curso pasado, con fecha del once de mayo, hay una salida de mil cuatrocientos euros.
En el concepto, escrito a mano, con la misma letra que todo lo demás, pone: Acompañamiento situación T. Gastos de adaptación.
El once de mayo. Teo Sanz se fue del Anglada en junio, tres semanas después de esa fecha, con una mochila nueva de una marca cara.
No es una prueba de nada. Lo escribo tal cual porque es lo que soy y lo que sigo siendo a las once y media de la noche del veinte de diciembre: no es una prueba de nada.
Es una asociación sin ánimo de lucro que le da mil cuatrocientos euros a una familia que va a acoger a un niño, para gastos de adaptación, y lo anota en su libro, con su fecha y su concepto, para que lo pueda leer cualquiera.
Lo anotan porque no tienen absolutamente nada que esconder. Y ese es el motivo por el que lo anotan.