14
Emma empieza a subir a las siete y media de la tarde de un miércoles, con esa mirada de cristal que les sale a los niños dos horas antes de que suba nada.
Lo primero es que no quiere merendar. Lo segundo es que se sienta a hacer los deberes y a los diez minutos está con la mejilla apoyada en el brazo, escribiendo de lado. Lo tercero es que dice que tiene frío en un salón que está a veintidós grados.
—Ven aquí.
Le pongo la mano en la frente y en la nuca, que es donde se nota, y ya está: esa piel seca y caliente de las fiebres que van a subir de golpe.
A las nueve y diez, 38,4. A las diez y cuarto, 38,8. A las once y media, 39,2.
Monto el sistema. Es un sistema bueno y lo tengo hecho desde que tenía dos años: una hoja cuadriculada en la mesilla, una columna para la hora, una para la temperatura, una para lo que se le da y a qué hora, y una última, estrecha, para lo demás.
Apirético a las tres de la madrugada significa que se puede dormir.
La franja de las cinco es la peor y hay que estar.
Óscar era mejor que yo en esto. Óscar se metía en la cama con ella, y le contaba cosas, y le inventaba enfermedades imposibles con nombres larguísimos hasta que la niña se reía con cuarenta de fiebre. Yo pongo paños.
Le pongo el paracetamol a las once y media y lo anoto.
Mojo un paño en el lavabo, lo escurro, se lo pongo en la frente, lo cambio cada diez minutos.
Cambio la funda de la almohada dos veces porque la suda.
Le cambio la camiseta, y la de repuesto se la pongo del revés sin querer y no me deja arreglarlo, porque dice que así está bien.
Le doy agua a sorbos con la cuchara pequeña, que es la única manera de que un niño con fiebre beba: con cuchara, como una tontería, como un juego.
—Mamá.
—Estoy aquí.
—Está muy caliente la almohada.
—Le doy la vuelta.
Le doy la vuelta a la almohada y le paso el paño por el cuello, por detrás de las orejas, por dentro de los codos.
—¿Estoy mala?
—Estás mala. Es una fiebre de las normales.
—¿De las de tres días?
—De las de tres días.
Asiente con los ojos cerrados y se queda tranquila, porque le he dado un número. A esta niña se la calma con números.
En esta casa se sabe hacer esto. En esta casa lo que no se sabe hacer es lo otro.
A las doce y veinte habla. Habla con los ojos cerrados, en ese registro de la fiebre en el que las frases salen enteras y de sitios raros.
—El jueves hay que devolver el libro.
—Ya lo devolveré yo.
—Es que si no lo devuelvo el jueves lo tiene que devolver otro.
—Pues lo devuelve otro.
—No —dice—. Lo tengo que dejar hecho.
Y se da la vuelta hacia la pared.
A la una menos cuarto, 38,9. Lo anoto. Estoy sentada en el suelo con la espalda contra el somier y el suelo de este cuarto es de linóleo y está frío en junio y en noviembre. A las dos y veinte, 38,1, y me permito sentarme en el suelo con la espalda contra el somier y el móvil apagado.
Y lo pienso ahí, con el paño en la mano y el barreño de agua entre las rodillas, así que lo escribo tal cual: se me está pasando la noche bien.
Se me está pasando la mejor noche que he tenido en tres meses.
Mi hija tiene treinta y nueve de fiebre y yo estoy tranquila, y estoy tranquila porque una niña con fiebre viene con instrucciones, y porque una niña con fiebre no me mira, y porque durante siete horas esta niña me necesita para algo concreto que se hace con las manos y con un reloj y que sale bien o sale mal según lo que yo haga.
Que se quede así un día más. Eso pienso, a las dos y veinte de la madrugada, con el paño escurriéndose encima del linóleo: que se quede así mañana también.
Después le pongo la mano en la nuca para incorporarla y darle agua, y le sujeto la cabeza como se sujeta un huevo, y a las dos y veinticinco anoto la temperatura en la casilla que le toca.
A las tres y diez, 37,8. Apirética. Le cambio la camiseta por tercera vez y le pongo una toalla doblada debajo de la sábana, que es un truco de mi madre y es el único truco de mi madre que uso.
A las cuatro y diez se despierta del todo, sudada y de golpe, y me busca la mano y me coge el dedo índice con toda la mano, como cuando tenía año y medio, y se vuelve a dormir así, con el pulgar por debajo del nudillo y los otros cuatro dedos alrededor.
No me suelta. Estoy sentada en el suelo con el brazo estirado hacia arriba y la muñeca en una postura imposible y no me muevo durante cuarenta minutos.
A las cinco menos cuarto le suelto el dedo, dedo a dedo, y voy a por el termómetro, que se me ha quedado en el baño con la última medición.
Y al pasar, con la luz del pasillo, veo la mochila.
Está en el suelo del cuarto, entre la mesa y el armario, medio metida en el hueco. Es la mochila de las excursiones, la roja, la que usamos para la granja escuela y para casa de mi madre en agosto. Está hecha.
Me agacho y la abro.
Dos mudas dobladas —camiseta, braguitas, calcetines— dobladas de esa manera suya de doblar, con las mangas hacia dentro y los cantos casados.
El pijama de invierno, el de los astronautas.
Un jersey. El neceser pequeño de las excursiones.
Un paquete de clínex sin abrir. Los cascos.
El libro de la biblioteca del colegio, el de los animales del ártico, con su tejuelo amarillo.
La linterna de la mesilla, con las pilas puestas.
Y el cocodrilo Ramón, encajado abajo del todo, de lado, con la tripa sin verde hacia arriba.
Me siento en el suelo del cuarto de mi hija a las cinco menos diez de la mañana con la mochila abierta entre las piernas.
La toco toda por fuera antes de mirar más, con la palma, buscando bultos, que es un gesto de aeropuerto y me sale solo.
En el bolsillo pequeño de delante, el de la cremallera lateral, hay dos cosas: un paquete de gomas del pelo y un papel doblado en cuatro. El papel es la ficha de la biblioteca del colegio, con el número de socia y la fecha de devolución.
Nada más. No hay teléfonos apuntados, no hay direcciones, no hay una lista.
No hay nada aquí que no sea correcto. Está todo bien elegido.
Está mejor hecha que las mochilas que hago yo: ella ha puesto la linterna y yo nunca pongo la linterna.
Y no hay ninguna de las cosas que se ponen cuando una niña juega a irse de casa —ni caramelos, ni juguetes, ni el dinero de la hucha, ni la nota—: hay dos mudas contadas y un libro que hay que devolver.
Miro debajo de la cama, como se hace. Miro el cajón de arriba. Está todo en su sitio, la ropa entera en el armario, los peluches en su fila por tamaños con un hueco donde va Ramón.
Desde la cama, Emma respira con la boca abierta y hace ese ruido de garganta de los niños con mocos.
Cierro la mochila. La cierro entera, con la hebilla, tal y como estaba, y con la cinta lateral en el mismo agujero.
Hay una explicación buena y me la doy: la excursión al museo es el veintiocho. Faltan doce días. Mi hija prepara las cosas con doce días de antelación porque es mi hija y porque en esta casa las mochilas se dejan hechas en el recibidor para salir antes.
La explicación es buena. Lo sé porque he oído explicaciones buenas toda mi vida profesional y las buenas se reconocen enseguida: son las que uno se da a sí mismo en voz alta, de madrugada, sentado en el suelo.
Podría despertarla. No se despierta a una niña con treinta y nueve de fiebre a las cinco de la mañana para hacerle una pregunta que no se sabe formular.
Podría preguntárselo mañana, en el desayuno.
Podría preguntárselo el sábado. Hay una lista, en algún sitio de mi cabeza, donde estas cosas se ponen en una fecha.
Le tomo la temperatura otra vez. 37,4. Lo anoto en la casilla de las cinco: 37,4, sin medicación, remite. En la columna estrecha, la de lo demás, no escribo nada. Es la primera noche en nueve años que dejo esa columna en blanco teniendo algo que poner.
Y dejo la mochila a los pies de la cama, encima de la manta, donde a las ocho la va a ver ella y me va a ver a mí haberla visto.