Una madre peor 15
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Raquel Ordóñez llama un martes a las diez y cuarto de la mañana, se presenta con nombre, apellido y servicio, y pide una visita domiciliaria para el jueves de la semana siguiente a las cinco y media. Dice «visita domiciliaria» con la misma naturalidad con la que yo digo «revisión de campo».

—¿Puedo preguntarle a qué viene? —le digo por teléfono.

—A recabar información en el domicilio. Es un trámite dentro de un expediente de información previa. No hay ninguna medida adoptada ni en estudio.

—¿Y si le digo que no?

—Puede decirme que no. —Sin cambiar el tono—. Yo lo haría constar y seguiría el expediente con la información que tengo, que es la que me han dado otros. Usted verá.

Es el mejor argumento que he oído en mi vida y lo ha dicho en once segundos.

Tengo nueve días.

En nueve días una mujer como yo puede hacer muchas cosas y las hago todas.

Reviso el sistema de la nevera y lo dejo como está, porque quitarlo sería peor.

Compro fruta. Pido una copia de mi contrato y de mi horario.

Localizo el calendario de vacunas. Bajo del altillo el álbum de fotos de cuando Óscar estaba, lo miro entero una noche y lo vuelvo a subir al altillo, porque un álbum de fotos encima de la mesa de centro es lo que pone una persona que sabe que la van a mirar.

Ahí está el problema entero de esta profesión, y es un problema que yo explico en cursos: una casa preparada canta. Una casa preparada canta tanto como una casa sucia, y la única manera de que no cante es no prepararla, y eso, teniendo nueve días, no lo hace nadie.

Limpio los cristales. Pues claro que limpio los cristales.

Y el miércoles por la noche, en la mesa de la cocina, hago la única cosa verdaderamente honrada de esos nueve días: un folio con los tres puntos que a mí me llamarían la atención si yo fuera ella.

Uno: la autonomía de la niña. Dos: la ausencia de segundo adulto en el domicilio. Tres: el vídeo, si es que ha llegado.

Los escribo, los miro y los guardo. No tengo respuesta buena para ninguno de los tres.

Llega a las cinco y media clavadas. Cuarenta y cinco años, chaqueta de punto gruesa, deportivas, una carpeta de anillas y un bolso grande de tela.

Enseña una acreditación plastificada sin que se la pida y la sostiene el tiempo suficiente para que la lea de verdad, con su número y su fecha, no el tiempo de las películas.

—¿Puedo? —dice, señalando la mesa de la cocina en vez del salón.

—Claro.

Se sienta en la cocina. Elige la cocina, que es donde una casa no puede disimular: donde están los imanes, las listas, los horarios, la nevera. Yo entro en despachos ajenos desde los veintinueve años y sé perfectamente lo que significa elegir la cocina.

—Le explico cómo va esto —dice, abriendo la carpeta—.

Hay un expediente abierto de información previa a nombre de su hija.

Yo no vengo a evaluarla a usted esta tarde: vengo a recabar información.

Voy a apuntar cosas. Todo lo que apunte se lo voy a leer en voz alta antes de irme.

Si algo no le parece bien recogido, me lo dice y lo cambio. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Y lo hace. Durante una hora y cuarto lo hace exactamente así, y a la media hora yo ya sé dos cosas: que esta mujer es buena en su trabajo y que eso no me va a salvar necesariamente.

Pregunta por la rutina de un día entre semana, de principio a fin, y me deja contarla entera sin interrumpir ni una vez, que es la técnica más antigua que existe y la que mejor funciona.

Pregunta por quién recoge, quién lleva, quién se queda si hay una gripe.

Pregunta por la familia extensa: mi madre en Alicante, un hermano de Óscar en Girona con el que hablo dos veces al año.

Pregunta por la red de apoyo y yo digo el nombre de Sara y digo lo que hace Sara, que es mucho, y ella lo apunta y me pregunta desde cuándo y con qué frecuencia y si es una relación estable, y contesto a las tres.

—¿Duerme bien la niña?

—Sí.

—¿Cuántas horas?

—De nueve y media a siete y veinte. Diez menos diez.

Levanta un momento la vista, sin decir nada, y lo apunta. Es la primera vez en la tarde que apunta algo mirándome.

Pregunta por el trabajo: horario, viajes, guardias. Por la vivienda: propiedad, alquiler, cargas. Por el duelo, con una sola frase y sin adjetivos: cuándo fue, si hubo acompañamiento profesional para la niña, si lo hubo para mí.

—Para ella sí. Seis meses en un centro de la calle Cartagena. Para mí no.

Lo apunta.

—¿Toma usted alguna medicación en la actualidad?

—No.

—¿Ninguna?

—Ninguna.

Y es verdad. Es literalmente verdad y la digo con la cara más limpia de mi repertorio, y ni por un segundo se me ocurre que exista un sitio en el mundo donde conste que hace veintidós meses hubo una caja a mi nombre.

A la mitad le suena el móvil, mira la pantalla, lo silencia y se disculpa. Le vuelve a sonar cuatro minutos después. Esta vez sale al descansillo, contesta con dos frases, y vuelve.

—Perdone. Un caso de urgencias.

—¿Lleva muchos?

—Sesenta y uno —dice, sentándose otra vez—. Los de verdad se conocen porque llegan a las nueve de la noche.

Y continúa por donde iba, sin sacarle a la frase ni un gramo de lo que pesa.

Se levanta a mitad de la entrevista, con permiso, y da una vuelta por la casa.

No abre nada. Mira. Mira el cuarto de Emma, que está recogido porque lo recoge ella.

Mira el baño. Mira la cocina desde la puerta, con la lista del armario de los vasos a la vista y la columna nueva a lápiz, la que pone EMMA, con sus casillas y sus pegatinas.

Se queda ahí más tiempo del que se queda en las demás cosas.

—¿Esto es de la niña?

—Lo hizo ella. Se lo pidió ella.

—¿Cuándo?

—A finales de septiembre.

Lo apunta.

Y ve la mancha del mantel, la de la leche, la provincia pequeña que sigue en el mantel porque el cerco no se fue con dos lavados, y no dice absolutamente nada, y yo estoy a metro y medio pensando en un frutero.

Después me pide hablar con Emma diez minutos.

—Con la puerta abierta —dice—. Usted en el salón, si quiere.

Estoy en el salón. La puerta del cuarto está abierta. Y no oigo nada, porque hablan bajo, y porque la lavadora está en el centrifugado, y porque las casas de setenta metros son enormes cuando hace falta.

Salen a los quince minutos. Emma va a la cocina a por un vaso de agua con una tranquilidad de funcionaria.

Después, cuando la mujer ya se ha ido y estamos las dos recogiendo la mesa, se lo pregunto de la manera más suave que me sale.

—¿Qué te ha preguntado?

—Que qué hago los fines de semana. Que si tengo miedo de algo.

—¿Y qué has dicho?

—Que de los perros grandes.

—¿Y de nada más?

Emma coloca su vaso en el escurridor, boca abajo, en el hueco de su vaso.

—Me ha preguntado si estoy contenta —dice—. Y le he dicho que sí.

Lo dice sin ningún énfasis. Y yo, que llevé tres tardes de octubre enseñándole a decir exactamente eso, me quedo con el trapo en la mano sin saber si mi hija me acaba de contar la verdad o me acaba de decir la lección.

En la puerta, ya con el bolso al hombro, Raquel me lee lo que ha escrito. Lo lee entero, sin saltarse nada, incluidas dos frases que no me gustan y que le digo que no me gustan; una la reformula y la otra me explica por qué se queda, y me lo explica bien.

—Una última cosa —digo—. ¿De dónde sale esto? ¿Quién lo abre?

Raquel cierra la carpeta y se toma un segundo. No es un segundo de duda: es un segundo de decidir cuánto cabe.

—Un expediente de información previa se abre cuando llega una notificación. A veces llega del colegio, a veces de sanidad, a veces del entorno. Los nombres de los notificantes no se los puedo facilitar, y no es por fastidiar: es que si los damos, dejan de llegar.

—Ya. Pero yo quiero saber si es una persona o son varias.

Y ahí Raquel Ordóñez hace algo que a lo largo de este año voy a recordar bastante: en vez de repetirme la fórmula, baja tres centímetros la carpeta y me contesta la única cosa que puede contestarme.

—Constan tres notificantes distintos.

Y se cuelga bien el bolso, y baja las escaleras, y yo me quedo en el descansillo con la puerta abierta contando en voz baja hasta tres.