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El número de Olga Sanz está en un cartel del tablón de anuncios del colegio, plastificado, con flecos recortados abajo: CLASES DE MÚSICA · LENGUAJE MUSICAL Y PIANO · TODAS LAS EDADES.
Lleva ahí desde antes del verano. Nadie lo ha quitado, que es la manera más limpia que tiene una institución de no haber hecho nada.
Le escribo un martes por la tarde. Le digo que soy Claudia Bastida, madre de cuarto, y que me gustaría información sobre clases para mi hija.
Villablanca está en Vicálvaro. Del Anglada al portal de Olga hay treinta y cinco minutos en coche y toda la ciudad de por medio.
El piso de antes lo tenían en Aravaca, a cuatro calles del colegio, y eso también lo sé por el tablón: en el cartel viejo, el que estuvo colgado hasta marzo, la dirección era otra.
Es un bloque de los sesenta con la fachada recién pintada y el portal en obras, con un plástico grapado en el hueco del ascensor y un cartel a mano pidiendo disculpas.
Subo andando. Son dos pisos y llego arriba con el pulso en las orejas, que es lo que pasa cuando una lleva catorce meses sin subir una escalera sin prisa.
Abre con la cadena puesta, mira, quita la cadena.
—Tú no vienes por clases —dice.
—No.
—Ya.
Se aparta de la puerta y me deja entrar, y ese gesto —apartarse, sin preguntar nada más— es lo que más miedo me da de toda la tarde. Lleva un año esperando a que alguien suba esas escaleras.
El piso es pequeño, limpio y está a media luz, con las persianas subidas hasta la mitad. Hay un piano vertical contra la pared del salón, con la tapa cerrada y una funda de fieltro encima. Y hay cajas.
Cajas de cartón de las de mudanza, apiladas de tres en tres contra la pared larga del salón, once o doce, con el borde rotulado en mayúsculas: COLEGIO. SERVICIOS SOCIALES. ABOGADA. INFORMES MÉDICOS. AMPA. VARIOS. Y una última, sola, encima del piano, más pequeña, con una palabra: TEO.
—Siéntate donde puedas —dice—. Perdona el desorden. Bueno, no hay desorden. Perdona lo otro.
Se sienta en el sofá con las manos en el regazo. Está más delgada que en junio y habla despacio, buscando el sitio de cada palabra antes de ponerla. No es la voz de quien no se entera. Es la de quien se entera con retraso y va a llegar igual.
—¿Quieres agua?
—No, gracias.
—Pues cuéntame.
Se lo cuento. Se lo cuento todo, ordenado, porque es lo único que sé hacer con las cosas: el papel del catorce de octubre, el extracto de incidencias, las tres entradas registradas a las 16:40, el asiento de apertura del veintisiete de junio a las 18:52, el blíster, el vídeo, la niña de nueve años que me dice en un parque que en mi casa estamos pasando por una situación.
Olga escucha sin moverse. Cuando termino, asiente una vez.
—El mío se abrió el diez de octubre del año anterior —dice—. A las seis y cuarto de la tarde. Estaba en el cumpleaños de una compañera de Teo, en el Burger King de la calle Alcalá.
Se levanta. Va a la caja que pone COLEGIO, la abre y saca una carpeta azul de la primera fila, sin buscar, como quien saca un tenedor de un cajón.
—Yo hice lo mismo que tú —dice—. Tres columnas.
Y me pone delante un folio con tres columnas.
Es su letra, no la mía; es más redonda que la mía. Pero es exactamente el mismo folio. Qué dice, quién lo dice, cuándo se registra. Y en la tercera columna, hacia abajo, una hora que se repite: 16:40, 16:40, 16:40.
Se me queda la boca seca.
—Yo tenía razón en todo —dice Olga—. En todo, Claudia.
Ni una sola cosa de las que me imputaron era verdad como la contaban.
Yo lo probé. Yo llevé esto —da dos golpecitos con los nudillos en la caja— a una abogada que me costó cuatro mil euros, y la abogada lo llevó donde había que llevarlo, y me dijeron que sí, que se tomaba nota, y me pusieron un seguimiento y luego otro, y en marzo llegó la propuesta y en mayo la resolución.
—Pero si tenías las pruebas...
—Yo tenía las horas —dice—. Las horas no son una prueba de nada. Son un indicio de que alguien es ordenado.
Se ríe. Es una risa corta, sin nada dentro.
—Un juez no ve una conspiración. Un juez ve una carpeta con veintitantas anotaciones de fuentes distintas a lo largo de nueve meses, ve un vídeo, ve un informe de una pediatra, ve una madre sola, ve a una madre que ha ido dos veces a urgencias con crisis de ansiedad —porque yo fui, claro que fui, fui por culpa de esto— y ve a otra familia acreditada, con dos coches, con habitación libre y con el papel de idoneidad ya firmado desde hace tres años.
—¿Tres años?
—Tres años —dice—. Eso lo entendí tarde. Las familias están antes que los casos.
Deja el folio encima de la mesa baja y lo alinea con el borde, y ese gesto lo conozco tanto que me tengo que mirar las manos.
—¿Dónde está Teo?
—En Pozuelo. Con una familia que es maravillosa, de verdad, no lo digo con retintín.
Lo llevan a inglés. —Traga—. Lo veo dos veces al mes en el Punto de Encuentro Familiar de Hortaleza, una hora, con una educadora sentada en la esquina.
En diciembre hará un año. Le he escrito cuarenta y una cartas y me han entregado treinta y siete.
—Olga.
—No —dice, y levanta la mano—. No hagas eso. He venido llorando de todos los sitios menos de este sofá.
Nos quedamos calladas. Abajo, en la calle, alguien está aparcando con el sensor puesto.
—Tú estabas en el patio en junio —dice después.
—Sí.
—Casi todas estabais.
No lo dice con reproche. Lo dice como quien enumera.
Y yo tengo en el bolso, ahora mismo, a metro y medio de sus rodillas, el móvil donde está la foto de un coche gris con un niño dentro y la pregunta de tres palabras que escribí debajo, y no digo nada, y ese silencio lo tomo por prudencia porque todavía puedo.
—Yo lo que quiero saber es cómo se para —digo.
Olga me mira un rato largo.
—No se para —dice—. Se desvía.
—¿Qué quiere decir eso?
—No puedes ganar. Solo puedes elegir quién pierde.
Lo dice con una tranquilidad absoluta, sin subrayarlo, como quien te dice la hora.
—No te entiendo.
—Sí me entiendes. —Se recoge el pelo detrás de la oreja—.
El caso del curso no se archiva porque tú demuestres nada.
Se archiva cuando aparece otro más urgente.
Eso lo dicen ellas, ¿eh? No lo digo yo. Lo dicen ellas todo el rato, delante de todo el mundo, en las reuniones y en el grupo de WhatsApp, y nadie se entera porque lo dicen sonriendo.
—¿Y a ti quién te lo dijo?
—Nadie me lo dijo. —Y ahí se le pone otra cara, una cara muy vieja—.
Ese es el asunto, Claudia. A ti no te lo va a decir nadie nunca.
Yo estuve seis semanas dándole vueltas a una conversación de dos frases que tuve con Begoña Arístegui en la puerta de una farmacia, y todavía hoy no te sabría decir si esa mujer me estaba ofreciendo algo o me estaba dando conversación.
Y esa es la parte perfecta del invento. Que lo tienes que pensar tú sola.
Que lo tienes que entender tú sola. Y que, si lo haces, lo has hecho tú.
Se levanta y va hacia la ventana, y se queda ahí, de espaldas, con las manos en los codos.
—Yo no fui capaz —dice—. Por eso perdí.
Me voy a las siete y veinte. En la puerta le doy las gracias y ella dice que de nada y que si conozco a alguien que quiera clases.
Y ya en el rellano, con la mano en la barandilla, me giro y le hago la única pregunta que he venido a hacer y que hasta este momento no sabía que era la única.
—Olga. El curso antes que el tuyo, ¿quién fue?
No se lo tiene que pensar.
—Yolanda Cebrián. De 5.ºA. Se fue del colegio en septiembre. Y el año de antes, una que se llamaba Marta no sé qué, de infantil, que esa no llegó ni a saber lo que le pasaba.
En el coche, con el motor parado y la luz del techo encendida, saco el bloc y hago cuatro renglones: un curso, un nombre.
Yolanda Cebrián. Marta. Olga Sanz. Y en el cuarto renglón, el que corresponde a este año, mi propio nombre y mis dos apellidos, escritos con mi letra de los documentos que importan.
Miro los cuatro renglones un minuto largo, con el motor parado.
Después arranco y me voy a verificarlo, como hago yo con las cosas que me cuentan.