12
Los sábados por la mañana el parque de la calle Arturo Soria se llena de padres con vaso de café y de niños que se van a hacer daño en los próximos noventa minutos.
Hemos venido las dos con los dos, que es como venimos siempre. Sara ha traído una bolsa de tela con cosas: una manta, un táper de fruta que nadie va a comer, un cuaderno, dos rotuladores y, por algún motivo, unas tijeras.
—¿Para qué son las tijeras?
—Nunca se sabe.
Bruno se ha ido derecho a la portería del campo de arena, porque Bruno los sábados es portero y los demás días es analista.
Se pone en el palo, se sube los calcetines y espera.
Nadie le ha pedido que sea portero. Bruno se pone de portero porque es la posición desde la que se ve el campo entero y porque los números de un portero son limpios: entra o no entra.
Emma se ha sentado en el banco con nosotras, con las piernas colgando, y ha empezado a ordenar la bolsa de Sara sin que nadie se lo pida.
—Deja eso, cariño, que ahí dentro hay un ecosistema.
—Es que estaba todo mezclado.
—Es que soy una mujer libre.
Emma le vacía la bolsa encima del banco, hace cuatro montones y la vuelve a llenar en el orden que ha decidido. Tarda dos minutos. Sara mira la operación como se mira un documental de naturaleza.
—Oye, ¿esto lo hace en casa?
—Esto lo hace en todas partes.
—Yo la contrataba.
A los diez minutos aparece Jimena.
Jimena Arístegui tiene nueve años, va a clase con ellos y llega al parque como llega su madre a un salón de actos: mirando primero, entrando después. La trae la chica que trabaja en su casa, que se sienta a cuatro bancos de distancia con el móvil.
La chica se llama Bea y lleva cuatro años en esa casa; se sienta, mira el móvil y levanta la cabeza cada noventa segundos con una puntualidad que ya quisieran algunos sistemas de alarma.
Jimena se para delante de nuestro banco.
—Hola, Emma. Hola, señoras.
—Hola, Jimena —dice Sara—. Señoras, dice. Nos ha llamado señoras.
—Es que lo sois —dice Emma.
—Es que lo somos —dice Sara.
Jimena espera a que terminemos con la naturalidad de quien está acostumbrada a que los adultos hablen de más, y después informa:
—Estamos jugando en el banco de allí. Puedes venir. Pero hay normas.
—¿Qué normas? —pregunta Emma.
—Que solo se cambia una cosa por otra cosa. Que no se cambia dos veces lo mismo. Y que si te arrepientes, te fastidias.
—Vale.
Emma se baja del banco.
Yo las miro irse y después me dedico, durante media hora, a la actividad principal de los padres en los parques, que es mirar sin mirar mientras se dice cualquier cosa.
El banco de allí es un banco largo, junto al tobogán, y lo que Jimena tiene montado ahí es un banco de verdad.
Un banco con capital. Se han traído todos cromos, gomas del pelo, esas pulseras de hilo, y Jimena lo administra: dice quién se sienta, dice qué vale cada cosa, dice cuándo se cierra.
Tiene un cuaderno pequeño, de espiral, y va apuntando.
Cuando una niña de tercero protesta, Jimena no levanta la voz.
Le explica. Le explica con las manos abiertas y con una paciencia de mostrador, y la niña de tercero acaba diciendo que vale y volviéndose a sentar con menos cromos que antes y con la impresión clara de que la han tratado bien.
—Yo a esa cría le doy un ministerio —dice Sara.
—Yo le doy dos.
—¿Sabes lo que pasa? Que lo hace bien. Fíjate. No es que mande. Es que las demás quieren que mande.
Emma vuelve a los veinte minutos, se sienta en el banco y saca del bolsillo una pulsera de hilo que antes no tenía.
—¿Qué has dado a cambio? —le pregunto.
—Dos cromos y la goma azul.
—¿Y era buena la goma azul?
—No.
Sara suelta una carcajada.
—Esta niña va a comprar Telefónica.
A cuatro bancos, Marisa ha llegado con Hugo y con una bolsa de la panadería y se ha sentado al sol, de esas mujeres que en un parque se instalan como en un salón.
Y entonces Sara le hace un gesto con la barbilla, se gira en el banco y se sienta de lado.
—Anda, ven, que te enseño una cosa. Ponte de espaldas.
Emma se pone de espaldas, entre las rodillas de Sara, como se ha puesto cien veces.
—No. Así no. —Sara se ríe—. Ven al otro lado. Yo me pongo de espaldas y tú me la haces a mí.
Emma la mira.
—¿Yo?
—Tú. Que ya tienes nueve años y esto lo tienes que saber hacer sola, que yo no voy a estar siempre aquí sentada como un salón de peluquería.
Y le enseña. Le enseña la trenza de raíz en el pelo de ella misma, hacia atrás, con las manos de Emma metidas en su melena y la voz de Sara guiándolas, y es un procedimiento largo y difícil y lleno de instrucciones que no se entienden hasta que se hacen.
—Coges tres. Tres, no cuatro. Y ahora la de fuera pasa por encima de la de en medio. Por encima, no por debajo, que si no te sale la otra, la de las de gimnasia rítmica.
—Se me escapa.
—Pues que no se te escape. Aprieta.
—¿Te hago daño?
—Hazme daño.
Tardan un cuarto de hora largo. El resultado es una cosa gorda, torcida y con un mechón suelto por delante, y Sara se levanta, se hace una foto con el móvil y declara que es lo mejor que le han hecho en la cabeza en cuarenta y dos años.
—Ahora en ti —dice Emma.
—Ahora en ti no. Ahora en ti mañana. Hoy has aprendido a hacérsela a otro; en ti es más difícil, porque no te ves y hay que hacerlo a ciegas.
Jimena, que ha vuelto a por su chaqueta, se para a mirar el desastre de la cabeza de Sara con un interés técnico.
—¿Quién te ha hecho la trenza? —le pregunta a Emma, señalando la de Sara.
—Se la he hecho yo a ella.
—¿Y a ti quién te las hace?
—La tía Sara —dice Emma—. Mi madre no sabe.
Mi madre no sabe.
Es verdad. Mi madre no sabe hacer trenzas de raíz: yo hago coletas, y las hago rectas, y las hago en cuarenta segundos porque a las ocho y siete no hay más. Es una frase exacta, dicha por una niña exacta, en un parque a las doce menos cuarto de un sábado.
Marisa, cuatro bancos más allá, ha levantado la cabeza de la bolsa de la panadería.
Y no ha pasado nada. Eso es lo que me digo mientras Sara se deshace la trenza con dos dedos y se ríe: que no ha pasado absolutamente nada, que una señora ha oído a una cría decir que su madre no sabe hacer trenzas, y que en un mundo normal eso se queda en el parque, entre la arena y las palomas, y no llega a ningún sitio y no se escribe en ninguna parte.
—¿Y cómo se hace a ciegas?
—Con las manos, mi amor. Todo lo importante se hace con las manos y sin verlo.
Yo miro eso desde mi punta del banco, con el café de la máquina de la gasolinera ya frío en el vaso de cartón. Podría hacerle yo una trenza a mi hija. La cuestión no es esa. La cuestión es que a mi hija se le ocurrió pedírsela a Sara.
A las doce y cuarto Bruno viene a por agua y anuncia que ha parado seis, dos de ellas de las buenas, y que un niño de sexto le ha dado un balonazo en la oreja y que ha sido sin querer «probablemente».
Y detrás de Bruno llega Jimena, con su cuaderno de espiral cerrado contra el pecho, y se planta delante de mí.
—¿Tú eres la madre de Emma?
—Soy la madre de Emma.
—Vale.
Se queda ahí. Los niños de nueve años no se van cuando han terminado; se van cuando se les acaba el asunto.
—Emma puede venir a mi casa —dice—. Se lo he preguntado a mi madre y ha dicho que sí. Ha dicho que sí enseguida.
—Qué bien. Ya lo hablamos las madres.
—Y ha dicho que en tu casa estáis pasando por una situación.
Bruno, que estaba abriendo el táper de la fruta, se queda con la tapa en la mano.
Sara, a mi lado, deja de moverse.
Yo mantengo la cara. Se me da bien mantener la cara; es lo primero que se aprende en una sala de reuniones y lo último que se pierde.
—¿Una situación?
—Sí.
—¿Y qué situación es esa, Jimena?
Y Jimena Arístegui, nueve años, calcetines por la rodilla, cuaderno de espiral contra el pecho, me contesta con la entonación exacta con la que se dicen las cosas que se han oído muchas veces en casa, en la cocina, por encima de la cabeza de una:
—Una que hay que acompañar.