Una madre peor 11
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El último domingo de octubre hace once años que se murió la madre de Sara, y en esta fecha, desde hace once años, no la dejo sola.

No hay ceremonia. No vamos al cementerio, porque a Sara los cementerios le parecen «un despropósito inmobiliario» y porque a su madre, dice, le habría dado la risa vernos allí de pie con un ramo.

Lo que hay es que yo llego a su casa a las nueve con una botella de un vino que no nos podemos permitir ninguna de las dos, y que ella hace algo de cena, y que los niños se acuestan pronto, y que nos quedamos en la cocina hasta que sea una hora indecente.

Emma y Bruno caen a las diez y veinte, en la cama de Bruno, con la tele del cuarto puesta y una película que llevan vista cuatro veces. Emma se ha traído el pijama en la mochila y se lo ha puesto sin que nadie se lo diga. Cerramos la puerta.

Sara ha hecho arroz. El arroz está bueno, que es la primera vez este otoño.

—Está bueno.

—Ya lo sé —dice—. Lo he hecho con la receta. Con la receta escrita. Mírame a los ojos: he pesado el agua.

—Has pesado el agua.

—He usado tu balanza.

—Sara.

—El plástico lo he quitado y todo. Ha sido un momento emocionante, había gente aplaudiendo.

Nos reímos, y a partir de ahí ya empieza a hablar de su madre, que es a lo que hemos venido.

Sobre la mesa, entre las dos, hay una foto pequeña que Sara saca todos los años y que todos los años vuelve al cajón del aparador: una mujer con gafas grandes, en una playa del norte, con un vaso de plástico en la mano y cara de estar diciendo algo.

Me cuenta lo de siempre, que me sé de memoria y que escucho igual: que su madre cantaba en la cocina y que cantaba fatal; que tenía rachas; que había semanas en que la casa entera se ponía a funcionar en voz baja y no se sabía por qué; que a los quince años Sara aprendió a leerle la cara desde la puerta y a decidir en dos segundos si aquel día se contaba lo del instituto o no se contaba.

—Y por eso yo soy así de pesada —dice, con la copa en la mano—.

Yo con Bruno soy pesadísima. Yo me pongo contenta a las siete y cuarto de la mañana como una imbécil, todos los días, aunque no tenga ni un puto motivo.

Porque un niño tiene que saber cómo va a estar su madre.

Eso es lo único que le tienes que dar, Claudia. Lo demás son bicicletas.

Le lleno la copa. La botella lleva media hora en la mesa y en esta casa nunca hay hielera, ni la va a haber.

—Y luego pasa lo que pasa —dice.

Se sirve ella. Se sirve poco, que en Sara es una declaración.

—¿Qué pasa?

Y entonces se calla. Sara no se calla nunca. Se calla ocho o nueve segundos, con la copa a medio camino, mirando el mantel.

—Yo nunca te he contado lo del parque.

—No.

—Ya. —Deja la copa—. Pues te lo voy a contar, porque llevo siete años contándotelo en mi cabeza y en mi cabeza queda fatal.

Fue el otoño después del entierro. Bruno tenía tres años.

Sara estaba pidiendo un anticipo cada seis semanas y tenía una caja de pastillas que le había recetado la médica de cabecera «para dormir», y algunas noches se tomaba una y algunas tardes también, y aquel domingo se tomó una a las cuatro y pico, en casa, con la copa de vino de después de comer, sin pensarlo, del mismo modo en que se hacen las cosas que luego duran siete años.

Se fueron al parque de la Fuente del Berro. Se sentó en un banco. Bruno tenía un camión.

—Y me dormí.

—Sara.

—No, no fue como dormirse. —Mueve la mano, buscando—. Fue como cuando se te va la cabeza en el sofá y no sabes si han pasado dos minutos o veinte. Yo estaba ahí. Yo te habría dicho que estaba ahí.

—¿Cuánto? —le pregunto.

—No lo sé. Esa es la parte. Que no lo sé y que no lo voy a saber nunca. Puede que fueran cuatro minutos.

Cuando levantó la cabeza, en el banco había un camión y no había un niño.

Lo encontró a ciento cincuenta metros. La cifra la sabe porque la anduvo después, otro día, sola, contándola.

—Estaba en el estanque —dice—. En el borde. En ese borde de piedra que hay, con el agua ahí, así, a un palmo. Y no estaba solo, estaba con una señora, una señora mayor con un abrigo verde que lo tenía cogido del jersey por detrás. Así, con dos dedos. Como se coge a un gato.

—¿Y qué te dijo?

—Nada. Eso es lo peor. Yo llegué corriendo, y llegué diciendo cosas, perdón, gracias, es que me he despistado, ya sabes cómo hablo yo cuando me pongo nerviosa, que soy insoportable.

Y ella me lo dio. Me lo dio y me miró y no dijo nada, Claudia.

Y no sonrió. Yo llevo siete años viendo a esa señora no sonreír.

Se pasa la mano por la cara.

—Y cogí a mi hijo y me fui andando hasta casa como si no hubiera pasado nada, y esa noche le di la cena y lo bañé y le leí un cuento y no llamé a nadie, y al día siguiente tiré la caja de pastillas por el váter, la tiré entera, y no le he contado esto a un solo ser humano en toda mi vida.

Se queda con la mano encima de la copa sin cogerla.

—Y lo peor de todo, ¿sabes lo que es? Que ese domingo yo estaba contenta. Yo aquella tarde estaba bien. Por eso me tomé la pastilla y por eso me tomé el vino, porque estaba bien y quería estar un rato más así.

—Me lo estás contando a mí.

—Te lo conté a ti —dice—. Hace siete años. En esta cocina, en esa silla, sin arroz y con un vino mucho peor.

Y es verdad. Es verdad y hasta este momento yo lo tenía guardado en otro sitio, en un sitio más pequeño, en el cajón donde uno guarda las cosas de las amigas que ya están arregladas.

—¿Y sabes lo que me dijiste? —dice Sara.

—Sí.

—Dilo.

—Nadie te lo va a quitar nunca.

Y lo digo hoy con la misma voz con la que lo dije hace siete años, que es la voz de las cosas que una está segura de poder cumplir.

—Eso —dice—. Eso me dijiste. Y yo me lo repito, ¿eh? Yo me lo repito bastante.

Y se ríe, con los ojos llenos, de esa manera suya de reírse por delante de lo que le pasa, y me alarga la copa para que se la llene, y yo se la lleno.

Sé exactamente qué día fue. Sé que la señora llevaba un abrigo verde y que lo cogió del jersey con dos dedos.

Sé que fueron ciento cincuenta metros y que Sara los anduvo después para contarlos.

Retengo estos datos con la misma facilidad con la que retengo una declaración de tres horas, y en algún punto de la noche me doy cuenta de que los estoy reteniendo así, y me digo que es porque es mi amiga, y me sirvo más vino.

No le cuento lo mío. Ni el expediente, ni las 16:40, ni el blíster, ni el vídeo que a estas alturas ha visto medio colegio. Podría. Se lo estoy debiendo desde hace dos semanas y ella me acaba de pagar por adelantado.

Le digo que estoy cansada y que el trabajo está imposible, que es una manera de mentir que no obliga a construir nada.

—¿Y lo del papel del colegio? —pregunta.

—Resuelto.

—¿Resuelto resuelto?

—Hablé con la orientadora. Es una mujer razonable.

Y Sara asiente, satisfecha, y se sirve el último dedo de vino, porque cuando yo digo que una cosa está resuelta la gente que me quiere deja de preguntar. Eso también es una herramienta y hoy la estoy usando contra la única persona que esta noche ha puesto todo lo que tenía encima de esta mesa.

A la una y veinte nos levantamos. Ella recoge dos platos, se acuerda de que hay más platos, los deja.

—¿Te llevo lo del arroz?

—Cállate y coge el táper.

Está apoyada en la encimera con la copa vacía. Yo estoy de pie con el bolso en el hombro. Y antes de irme le cojo la mano por encima de la mesa de la cocina, y ella me aprieta, y nos quedamos así el tiempo que se queda una.

Su mano y la mía sobre el hule, y debajo del hule la madera, y encima de la mesa dos copas, una botella y una servilleta con una osa dibujada.