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El desayuno benéfico del Anglada se monta en el salón de actos a las ocho y cuarto de la mañana y se desmonta a las diez, y en esas dos horas este colegio recauda más que la mayoría de las parroquias de la zona.
Estas cosas se hacen de pie. Tres horas de pie con los zapatos del trabajo sobre el gres del salón de actos, que es lo mismo que estar tres horas de pie sobre una acera.
Llego con dos bizcochos y una bandeja de magdalenas de las que Emma llama de las buenas, que son las de la pastelería de la calle Ricardo Ortiz y llevan sin ser caseras desde el primer día.
Nadie lo ha preguntado nunca. Yo tampoco lo he negado nunca.
Es la clase de mentira que sostiene la vida social española.
Bego está en el centro del salón con una carpeta de anillas y un jersey color camel, dirigiendo la colocación de las mesas con los dos brazos.
—Los salados a la izquierda, cielo, que si no la gente se lía.
La gente se lía igual. La gente coge dulce y salado a la vez y se lo pone en el mismo plato de cartón, porque son las ocho y veinte de la mañana y todo el mundo tiene que estar en su oficina a las nueve.
Pero la izquierda y la derecha tienen que existir, y esa es la parte del trabajo de Bego que la gente no entiende.
Ella no organiza para que salga bien. Organiza para que haya un orden del que hablar.
Dejo mis cosas en la mesa de los dulces y la mano de Bego me coge del antebrazo, como en junio, como siempre.
—Ay, tú. Menos mal.
—Traigo también las magdalenas.
—Las magdalenas de la Emma —dice, y a mí se me queda un segundo raro el estómago, porque no recuerdo haberle contado nunca a esta mujer cómo llama mi hija a las magdalenas.
Hay cuarenta personas en el salón de actos y las conozco a casi todas.
Está Marisa, con Hugo colgado de la chaqueta, explicando a quien pasa que el niño es alérgico.
Está Chelo, que aplaude cosas. Está Paloma con dos bandejas y ninguna mano libre.
Está Loles, que ha bajado de secretaría con el vaso de su casa.
Está Nieves con el café de máquina, en el rincón de los profesores, riéndose de algo con la de plástica.
Está Sonia. Al final del salón, junto a la puerta, con la rebeca de siempre y un plato vacío en la mano. Nos vemos y me hace un saludo con la cabeza, correcto, de cuatro grados, y se pone a hablar con una madre de infantil.
No está Sara. Sara no viene a estas cosas.
Sara entrega el veinte del mes y trabaja los sábados y ha dicho seis veces en tres años que el AMPA le parece «una secta con photocall», y todo el mundo se ríe cuando lo dice porque lo dice con gracia.
Nadie se ríe dos veces de la misma frase, sin embargo, y a la tercera lo que queda es que Sara Noguera no viene.
Yo llevo desde el jueves haciendo lo que sé hacer: mirar a la gente como se miran las firmas.
Alguien de esta sala se sienta a las 16:40 delante de un ordenador.
Alguien de esta sala redactó un asiento el veintisiete de junio a las 18:52.
Lo raro de una sala llena de sospechosos es que a las ocho y media de la mañana todos parecen exactamente lo que son: madres y padres con prisa comiendo bizcocho de pie.
Bego pide silencio con las dos palmadas suaves.
—Muy rapidito, que sé que vais todos con la lengua fuera.
—Espera lo justo—. Con lo de hoy y con lo del mercadillo del veintiséis cubrimos el material de plástica de todo el curso, que ya sabéis que es un pozo sin fondo.
Y este año, como se votó, una parte va al fondo de la Comisión, para acompañar situaciones.
No hace falta que os diga que en un colegio siempre hay algún curso más difícil que otro y siempre hay un caso que nos ocupa más. Este año no va a ser distinto.
Aplausos. Chelo el doble.
Después hay sorteo. Hay siempre sorteo: una cesta con productos donados por el horno de la esquina y por la óptica de la avenida, y Bego lee los números con la voz de las galas.
Le toca a un padre de primero que ni siquiera está y todo el mundo lo celebra igual.
Es imposible explicar hasta qué punto funciona esto.
Yo me lo he pasado bien en estos desayunos durante seis años.
Siempre hay un caso que nos ocupa más.
Me quedo con la frase entera, con el orden de sus palabras, como me quedo con las frases que se dicen en las salas de reuniones un minuto antes de que alguien firme algo.
Este año no va a ser distinto. Hay una casilla y hay un nombre, y el nombre está escrito desde el veintisiete de junio a las seis y cincuenta y dos de la tarde.
A las nueve menos veinte empieza el desmontaje. Yo tengo comité a las diez y voy a por mi abrigo, que he dejado con los demás en la fila de sillas de la pared, la tercera empezando por la puerta, con el bolso encima.
Cuando llego, Marisa ya lo tiene en las manos.
—Perdona, guapa, que estábamos apilando las sillas y...
Y entonces cae.
Cae desde el bolsillo derecho y hace un ruido pequeño y seco de plástico contra el suelo de gres, y las tres lo miramos: Marisa, la madre de segundo que está a su lado con dos sillas colgadas del brazo, y yo.
Es un blíster. Un blíster suelto, sin caja, sin prospecto, doblado por una esquina como se doblan los blísteres que llevan tiempo en un sitio. Faltan dos comprimidos.
Marisa se agacha antes que nadie, porque Marisa es rápida y es amable, y lo recoge y me lo tiende con las dos manos y con la voz una nota más alta de lo que hacía falta.
—Se te ha caído esto.
Lorazepam 1 mg. Reconozco el blíster antes de leerlo, por la disposición de los huecos, porque tuve esa caja en la mesilla un año entero y hay cosas que se aprenden con las manos.
Y aquí es donde una mujer normal dice «ay, gracias» y se lo mete en el bolsillo y se acabó el asunto, y este libro no existe.
—Eso no es mío —digo.
Lo digo con mi voz de las reuniones, tranquila, hacia abajo. Y en el momento exacto en que lo digo sé cómo suena, porque me he pasado la carrera sentada enfrente de personas que dicen «eso no es mío» y jamás, ni una sola vez, he creído a ninguna.
—Ay, mujer, que no pasa nada —dice Marisa, y me lo acerca más.
—No es mío. No es mi abrigo, quizá.
Miro el abrigo. Es mi abrigo. Es un abrigo gris de espiga con un botón de repuesto cosido en el forro por mi madre en Alicante, y lo sabe todo el mundo que me ha visto quitármelo cuatro inviernos.
La madre de segundo se ha quedado con las dos sillas al brazo, sin apilar, mirando el blíster con la cara con la que se mira un accidente pequeño.
Se acerca Bego. Se acerca despacio, como se acercan las personas que ya han visto la escena entera desde el otro lado del salón y han decidido cuánto van a tardar en llegar.
—¿Qué pasa aquí?
—Nada —digo.
—Que se le ha caído esto —dice Marisa.
Bego mira el blíster en la mano de Marisa. No lo coge. Ese detalle lo apunto y lo apunto bien: no lo coge.
—Ay, cielo —me dice, y me pone la mano en el brazo, en el mismo antebrazo de siempre, con una suavidad que me deja la piel fría—. Guárdatelo, anda. Que aquí no somos nadie para juzgar a nadie. Bastante tenemos todas.
—No es mío, Bego.
—Que sí, mujer. Que somos todas madres.
Que somos todas madres. Hay una frase que no admite respuesta y esa es la frase, y ella la tiene en la recámara desde antes de cruzar el salón.
Cojo mi abrigo. Cojo mi bolso. Y hago lo único que se me ocurre hacer, que es lo peor que podía hacer y lo hago igual: cojo el blíster de la mano de Marisa, doy tres pasos hasta la mesa de los dulces y lo dejo encima del mantel de papel, entre la bandeja de las magdalenas y el bizcocho empezado.
—Ahí se queda —digo—. Por si alguien lo echa de menos.
Y me voy hacia la puerta con el abrigo en el brazo.
Detrás de mí no habla nadie durante cuatro o cinco segundos, que es muchísimo tiempo en un salón de actos con cuarenta personas.
Cuando llego a la altura de la puerta me giro, porque soy incapaz de no girarme.
El blíster está en el centro del mantel de papel, con dos huecos vacíos, encima de una servilleta con el escudo del colegio. Nadie lo ha tocado. Alrededor hay ocho o nueve personas de pie con sus platos de cartón, con la mirada puesta en él y la conversación puesta en otra cosa.