Una madre peor 10
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El lunes, Paloma no me devuelve el saludo.

No es un desprecio. Es algo más limpio: está a cuatro metros, en la acera de la valla, y me ve, y en el momento en que su cara empieza a hacer lo que hacen las caras, se da la vuelta hacia el niño y le arregla el cuello de la trenca.

El niño no tenía nada en el cuello. Paloma tarda en el cuello de esa trenca once o doce segundos, que es exactamente lo que tardo yo en pasar de largo.

A las diez y cuarto entro en el grupo de la clase por una tontería del uniforme de gimnasia y hay treinta y un mensajes de anoche sobre el mercadillo, ninguno después de las once y veinte, y una calma rarísima en un grupo que no se calla nunca.

A las once y media me llama Sara. No me escribe: me llama, y Sara no llama por la mañana nunca.

—Claudia.

—Estoy en el trabajo.

—Sal al pasillo.

Salgo al pasillo.

—Me ha llegado una cosa —dice—. Me la ha mandado Ana, la de tercero, la de las clases de cerámica. Y a ella le ha llegado de otra madre. Te lo mando y me llamas.

Es un vídeo de cuarenta y un segundos.

Está grabado desde dentro de un coche, en vertical, con el marco de la ventanilla comiéndose el borde izquierdo de la imagen. Se ve un aparcamiento en cuesta, un contenedor azul, la fachada de ladrillo del centro de salud de la calle Valmojado.

Se ve a una mujer agachada delante de una niña, cogiéndola de los dos brazos, gritándole a la cara.

La mujer soy yo. Llevo el abrigo gris de espiga.

Se oye mal, porque hay una radio dentro del coche y porque el que graba respira encima del micrófono. Se oye «¡...te he dicho...!» y se oye «¡...te crees que...!», y hay tres segundos en los que no se oye nada más que el tono, que es un tono que yo no le conozco a mi voz.

La niña está quieta. Eso es lo que se ve mejor de todo el vídeo, porque la niña ocupa el centro del encuadre: está de pie, con la mochila puesta, con los brazos colgando, mirando a su madre desde abajo, y no llora, y no se aparta, y no dice nada. Se le mueve un poco el pelo con el aire.

Lo veo tres veces seguidas en el pasillo de la oficina, de pie, junto a la puerta de la sala pequeña, con el volumen al mínimo y el móvil pegado a la oreja como si estuviera escuchando un mensaje.

A la segunda se me sube algo del estómago a la garganta y tengo que tragar dos veces.

A la cuarta cierro los ojos y no lo cierro.

Lo peor no es el grito. Voy a escribirlo entero porque es lo único honrado que puedo hacer con esto: lo peor no es el grito, lo peor es cómo tengo la boca.

Tengo la boca abierta y torcida hacia un lado y se me marca todo el cuello, y hay un momento, en el segundo veintiocho, en que me sale de dentro una cara que no es la mía y que sin embargo lleva mi cara puesta, con mi papada, con mis gafas de sol en el pelo, con el bolso bien colgado del hombro derecho, y esa mujer del vídeo tiene delante a una niña de nueve años que se está quieta como se están quietos los animales pequeños, y yo, mirándolo en el pasillo de mi oficina, con la moqueta gris y el olor a café de máquina, lo que quiero no es no haberlo hecho: lo que quiero es que no exista el archivo.

Eso es lo que quiero. Que se caiga un servidor.

Marcos pasa por el pasillo y me pregunta si estoy bien y le digo que sí, que es una llamada.

Llamo a Sara desde el hueco de la escalera.

—¿Lo has visto? —dice.

—Lo he visto.

—Vale. Escúchame. —Se le oye andar—. Yo le he gritado a Bruno en la Gran Vía. En la Gran Vía, Claudia, delante de doscientas personas y de un chino que vendía latas. Y le he gritado peor que tú, y le he gritado sin ningún motivo, porque yo venía cansada y él había pisado un charco.

—A ti no te grabaron.

—A mí no me grabaron —dice, y se para—. Eso es lo único que hay de diferencia entre tú y yo. ¿Lo entiendes o te lo repito?

Me lo repite. Me lo repite dos veces, porque me conoce.

Vuelvo a la mesa. Me siento donde me dice. Y hago lo que sé hacer.

Fecha. Contexto. Cadena de custodia.

El aparcamiento del centro de salud de Valmojado.

Es donde aparco cuando llevo a Emma a la pediatra.

La última vez fue el veintiséis de septiembre, un jueves, a las siete menos cuarto de la tarde: revisión de los nueve años, vacuna, y salimos tarde porque la consulta iba con cuarenta minutos de retraso.

Y yo me acuerdo de esa tarde. Me acuerdo perfectamente.

Emma salió delante de mí, con la mochila, y se soltó de la mano —o no se soltó, porque no íbamos de la mano, íbamos las dos con las manos ocupadas— y bajó por la rampa del aparcamiento hacia el coche, y bajó rápido, y por la rampa del aparcamiento suben los coches que vienen de la calle sin ver nada hasta el último metro.

Y yo la alcancé y la cogí de los brazos y le grité.

Le grité porque me había pasado por delante la imagen.

Cualquier madre entiende de qué imagen hablo.

Le grité de miedo. Eso es lo que pasó. Eso es exactamente lo que pasó.

Lo escribo en un correo para mí misma, con la fecha, y lo guardo, porque las versiones se degradan y hay que fijarlas pronto: 26 de septiembre, aparcamiento centro de salud, rampa, coches subiendo, grito por riesgo de atropello.

Después abro otra vez el vídeo y me dedico a lo que llevo doce años cobrando por hacer.

El archivo me ha llegado reenviado cuatro veces, así que no tiene metadatos que valgan: el nombre es una cadena de números que le pone la aplicación y la fecha de creación es la de anoche a las 22:41, que es cuando alguien se lo mandó a alguien.

La cadena de custodia está rota desde el primer reenvío.

Eso, en un procedimiento, lo tumba. Esto no es un procedimiento.

Cuarenta y un segundos. La imagen no salta en ningún punto.

El sonido de fondo —la radio del coche, un motor, alguien que cierra un maletero en el segundo treinta y cuatro— corre continuo de principio a fin.

La sombra del contenedor no se mueve. Nadie ha cortado esto, nadie ha pegado nada, nadie ha cambiado el orden de nada.

Lo que se ve es lo que hubo, en el orden en que lo hubo, durante cuarenta y un segundos.

Esa tarde, en el aparcamiento, hay un momento en el que el vídeo empieza. Antes de ese momento hay una rampa, y hay un coche subiendo, y hay una niña bajando, y hay una madre que ve las dos cosas a la vez. Eso no está en el vídeo. Eso no lo grabó nadie.

Recojo a Emma a las cinco. Estoy en la valla a menos diez, que es la primera vez en dos años que llego a algún sitio con diez minutos. Vamos en el coche y le pregunto qué tal, y me dice que bien, y me cuenta que en biblioteca han tenido que retejuelar los de poesía porque estaban mal.

Y luego, en el semáforo de López de Hoyos:

—Hoy he salido en un vídeo.

Sujeto el volante a las diez y a las dos.

—¿Dónde lo has visto?

—Me lo ha enseñado Lucas. En el recreo. Lo tenía en el móvil de su hermano.

—¿Y qué has hecho?

—Se lo he devuelto. Se lo he devuelto y le he dicho que era mi madre.

Verde. Arranco. Detrás, alguien pita.

—Emma. Ese vídeo es de un día en que yo me asusté mucho. ¿Te acuerdas de ese día?

—Sí. Fue el día del médico.

—Fue el del médico.

—El veintiséis —dice—. Del mes pasado.

Lo dice mirando por la ventanilla, sin darle ninguna importancia, como quien corrige una fecha en una agenda. Yo he tardado veinte minutos y un correo en llegar a esa fecha. Mi hija la tiene puesta, entera, con el día del mes, como quien sabe dónde vive.

—¿Y tú te acuerdas de por qué grité?

Emma se lo piensa. Le pone al mundo su pausa.

—Sí.

Y no dice nada más en todo el camino.

Esa noche, con la casa ya en su punto de reposo, abro el vídeo por décima vez en el portátil de la cocina y lo paso fotograma a fotograma, con la barra espaciadora, buscando la rampa.

La rampa se ve. Se ve entera, al fondo del encuadre, desde el segundo uno hasta el segundo cuarenta y uno.

No sube ningún coche.