8
La silla de las visitas del departamento de orientación es de las de pala, con el respaldo recto, y a los veinte minutos de estar sentada en ella se nota en los riñones.
El despacho está al final del pasillo de administración, detrás de una puerta con un cartel plastificado y un horario de atención a familias, y es el único sitio de este colegio que no huele a nada.
Sonia Valcárcel tiene treinta y muchos, una rebeca de punto y cuatro bolígrafos encima de la mesa puestos en paralelo, con dos centímetros exactos entre uno y otro.
Detrás tiene una estantería con carpetas por cursos y un dibujo pegado con celo, de otro niño y de otro año.
Mientras me siento, mueve el tercer bolígrafo un milímetro.
—Gracias por venir tan rápido.
—He pedido yo la cita —le digo.
—Ya lo sé. Se lo agradezco igual, que hay familias a las que hay que escribirles tres veces.
—Ya. —Sonríe—. Gracias igual.
Empiezo por donde se empieza. Saco la funda y pongo tres cosas encima de la mesa: el parte del catorce, el extracto de incidencias que me imprimió Loles, y un folio con mi calendario laboral de las últimas seis semanas.
Sonia mira los tres documentos y después me mira a mí, y en ese orden hay una información que yo, ese día, decido no leer.
—Vamos con lo del desayuno —digo—. Emma se lo prepara desde el veinticuatro de septiembre.
Se lo prepara porque lo pidió ella. Yo estoy en casa las cinco mañanas de la semana, y de siete y media a ocho y media suelo estar al teléfono con el comité de riesgos, que es un asunto laboral con registro de llamadas. Se lo puedo enseñar.
—No hace falta.
—Prefiero enseñarlo.
Se lo enseño. Sonia lo mira porque se lo pongo delante: las llamadas de las siete y media, cinco días de cinco, con su duración al lado.
—Además compré briks de un litro —añado—, porque los de litro y medio pesan demasiado para sus manos. Eso no consta en ningún sitio.
—No.
—Ya. En los expedientes no constan los briks.
—Aquí no se está cuestionando eso —dice.
—Aquí se ha escrito «rutinas de autocuidado no acordes a la edad». Yo trabajo con documentos, Sonia. Un documento no cuestiona: consta. Y dentro de cuatro años, cuando nadie se acuerde de esta conversación, lo que quedará en la carpeta es esa frase.
Ahí acierto y ella lo acusa. Se le queda un segundo la boca a medio abrir y luego alinea el segundo bolígrafo con el tercero. Es un gesto pequeño y lo hace dos veces más antes de que yo salga de este despacho; a la tercera ya lo estoy contando.
—Tiene razón —dice—. La frase es horrorosa.
—Y ya que estamos con las frases —sigo—, hay una entrada del veinticinco de septiembre que dice que la familia no justifica una ausencia.
La ausencia es una tutoría que estaba convocada para un lunes a las cinco y media y que apareció celebrada un miércoles a las nueve y cuarto.
La modificación se hizo a las 8:52 de ese mismo miércoles. Tengo la captura.
—Eso fue un fallo de la migración del calendario.
—Eso me dijeron. Lo que le pregunto es otra cosa: si fue un fallo del sistema, ¿por qué la entrada del expediente habla de la familia?
Sonia mira la pantalla. Vuelve a mirarme. No tiene la respuesta y, lo que es peor para ella, no tiene tampoco la costumbre de que se la pidan.
—Lo voy a preguntar —dice, y lo apunta. Lo apunta de verdad, en un cuaderno, con la fecha delante, y subraya la palabra «calendario».
Aflojo un punto, que también forma parte del oficio.
Le cuento lo de la entrevista con Emma, le pregunto qué es, y me lo explica bien: quince minutos, dibujo, tres preguntas abiertas, sin diagnóstico, sin informe si no hay nada.
Me dice que las hace desde hace cuatro años y que las hace con la puerta abierta, y que si la niña no quiere hablar, no se habla y se colorea, y ya está.
—¿Y si sale algo?
—Si sale algo se habla con la familia. Con usted. Aquí, en esta mesa.
—¿Siempre?
—Siempre.
—Yo pregunto a los niños —dice, y lo dice como quien enseña un carné—. Es lo único que sé hacer del todo bien.
—Quince minutos —repito—. ¿Y quién ha decidido que mi hija esté en esa lista?
—El equipo. Se propone en reunión.
—¿Y quién propone?
—Cualquiera que trabaje con el grupo. —Se para medio segundo—. Y a veces llegan sugerencias de fuera del equipo.
—¿Y qué le va a preguntar?
—Cómo está. Qué tal por casa. Qué le gusta. Con quién se lo pasa bien. Y una que hacemos siempre, que es dónde se sienten a gusto.
—¿Y contestan?
—Contestan todos. —Se apoya en el respaldo—. Los adultos creemos que hay que sacarles las cosas. A los niños de nueve años no hay que sacarles nada. Hay que estar sentado enfrente y callarse el tiempo suficiente.
—¿Y ya está?
—Y ya está. Se dibuja, se habla, se acaba. —Se para—. Emma está bien, Claudia. Emma está muy bien. Quiero que se lo lleve puesto al salir de aquí.
—¿Y usted por qué me dice eso?
—Porque lleva veinte minutos hablándome de fechas de registro. —Lo dice sin ninguna maldad, que es lo que hace que entre—. ¿Y usted cómo está?
—Perfectamente.
—Vale.
Alinea el primer bolígrafo con el segundo. Le pido el expediente completo, el de ella.
Se lo pido con la fórmula, la de la ley y el derecho de acceso, y me sale sola porque la he dicho en salas peores que esta desde antes de tener hija.
Sonia no se pelea. Abre un cajón, saca una carpeta de gomas, la abre, quita dos hojas de la derecha —«esto no se lo puedo dar, es de otro alumno»— y me pasa el resto por encima de la mesa.
Son diez o doce folios, y no van en ningún orden: hay grapas, hay una hoja del revés, hay un correo impreso con la cabecera de la impresora comiéndose la fecha. Un expediente de verdad tiene esta pinta. Los expedientes que dan miedo son los otros, los que parecen un dosier.
Los cojo, me los pongo en el regazo y los paso.
Los paso rápido, en diagonal, con el pulgar, como se pasa un expediente que ya te sabes.
Ahí está el parte del catorce. Ahí, el de las mañanas.
Ahí, la entrada de junio con su fecha de registro de las 18:52 y su hora falsa colgando.
Ahí, dos correos internos reenviados, uno de ellos con tres reenvíos por delante y los destinatarios recortados.
Ahí, una hoja de derivación con casillas, con la casilla de «a instancia de» marcada en «otros».
Al final del todo hay un anexo. Un par de folios grapados aparte, con la letra apretada de una transcripción y unos guiones al principio de cada párrafo, como de lista.
Lo levanto con el pulgar lo justo para ver que es un anexo, leo el encabezado a medias —una fórmula larga, de las que se ponen para no decir nada— y lo suelto.
Hay una diferencia entre leer y pasar, y yo la enseño en cursos. Un documento leído en diagonal es un documento no leído; lo digo en la diapositiva cuatro, con un ejemplo de un fondo de inversión que se hundió porque nadie abrió el anexo tres.
Ya lo he visto todo. Eso es lo que pienso, con estas palabras, en el minuto exacto en que dejo de leer: ya lo he visto todo, esto es una carpeta de humo, y lo que hay aquí lo tumbo yo en dos semanas con tres correos y un burofax.
Devuelvo los folios ordenados y golpeo el canto contra la mesa para cuadrarlos, que es un gesto que hago sin darme cuenta y que Sonia sigue con los ojos.
—¿Se lo puedo fotocopiar? —pregunto.
—Tiene derecho a pedirlo por escrito en secretaría.
—Lo pediré mañana por escrito en secretaría, con registro de entrada.
—Hágalo —dice, y hay algo en cómo lo dice que me hace levantar la vista. Pero ya me estoy poniendo el bolso al hombro, y cuando una tiene el bolso al hombro ya ha decidido que la reunión se ha acabado.
—Solo una cosa —digo, ya con el bolso al hombro—. En el extracto de secretaría hay una entrada del veintiséis. Aquí no está.
Sonia mira su pantalla. Tarda.
—Esa no es del centro.
—¿Cómo que no es del centro?
—Que no la genera el centro. —Alinea el cuarto bolígrafo con los otros tres—. Entra por otra vía, se valora y se incorpora al expediente como una más.
—¿Qué otra vía?
—Aportaciones externas.
Lo dice y se queda quieta, con los dedos todavía encima del bolígrafo, esperando la pregunta siguiente.
—Externas —repito—. ¿De quién?
—Del entorno —dice Sonia, y por primera vez en toda la reunión no toca ningún bolígrafo—. A veces las familias aportan.
—¿Qué familias?
—Eso no se lo puedo decir. —Y luego, más bajo, como quien deja algo encima de la mesa sin empujarlo—: Y tampoco lo sé.