7
La casa de Sara huele a mantequilla quemada y a rotulador, y las dos cosas son buena señal.
Es un tercero sin ascensor con una puerta que hay que empujar con la cadera, y en el felpudo pone HOLA con una letra ya casi borrada del todo.
Abre Bruno con un cromo en la mano y sin decir hola, porque lo que tiene que decir es más urgente:
—Tengo el portero suplente del Betis. Repetido.
—Buenas tardes, Bruno.
—Buenas tardes. Repetido, Emma.
Emma entra directa, deja la mochila en el sitio donde deja la mochila en esta casa, que es el suelo, y en cuatro segundos están los dos en la alfombra del salón con las cajas de cromos abiertas y el sistema de intercambio en marcha. Es un sistema serio. Tiene reglas y tiene jurisprudencia.
—El del Betis vale medio.
—Vale uno.
—Vale medio porque es suplente.
—Es que los suplentes son más difíciles —dice Bruno—. Salen menos.
Emma se lo piensa y se lo concede, y anota el trato en la última página de la libreta de los cromos, con la fecha.
La libreta la empezó ella. Bruno lleva las estadísticas: paradas por partido, penaltis, cuántos porteros de cada equipo faltan.
Entre los dos han montado en esa alfombra un registro mercantil.
Sara sale de la cocina secándose las manos en el pantalón.
—He hecho tortitas. Bueno. He hecho unas cosas.
En la sartén hay tres discos de un marrón sin nombre. En la encimera, el bote de la harina abierto, dos cucharas usadas, un limón partido que no pinta nada, y la balanza que le regalé por su cumpleaños hace dos años, todavía con el plástico.
Esta cocina no tiene sistema y funciona. Es una cosa que llevo veinte años sin entender del todo.
—¿Has pesado algo?
—He pesado con la mano. Es un método.
—Es un método —le concedo.
Nos sentamos en la mesa de la cocina, que tiene tres sillas iguales y una que no, y Sara sirve las tortitas con azúcar por encima y una convicción tremenda. Están malas. Los niños se comen seis.
Sara escucha con las manos ocupadas. Mientras hablo va dibujando en una servilleta con el boli del banco: una osa con delantal, un niño con una cabeza enorme, un perro que no viene a cuento.
Lleva haciéndolo desde la universidad. Yo he tirado a la basura, sin darme cuenta, cuadros que valen más que mi coche.
—¿Y lo del papel? —dice Sara.
Le he contado por teléfono lo del parte. Se lo he contado a medias, que es la manera en que le cuento las cosas que todavía estoy auditando: el titular, sin los anexos.
—Nada. Una nota del colegio.
—A ver, léemela.
—No la llevo encima.
—Claudia.
La llevo encima. La llevo en el bolso, en la funda, con la fotocopia del histórico y con el folio de las tres columnas. Le enseño el parte, el verde, nada más.
Sara lo lee de pie, con una tortita en la otra mano.
—Pero esto ¿quién lo firma?
—Nadie.
—¿Cómo que nadie? —Le da la vuelta al folio, como si detrás fuera a aparecer alguien—. O sea, que te mandan un papel a casa diciéndote que tu hija se hace el desayuno, que es lo que llevas contándome tres años con la boca llena de orgullo, y no lo firma ni Dios.
—«El centro».
—El centro. —Deja el papel—. Pues que lo firme la madre del centro.
Se ríe ella sola de su propia frase, y me río yo, y por primera vez en once días esto tiene el tamaño que tiene: un folio.
—¿Quieres que vaya contigo? —dice después.
—¿A dónde?
—A donde sea. A la tutoría, a la secretaría, a lo que haya. Yo me pongo detrás y pongo cara.
—Sé hacerlo sola.
—Ya sé que sabes. Por eso lo digo.
Y se queda mirándome tres segundos, con el boli parado encima de la servilleta, y por un momento pienso en abrir el bolso, sacar el sobre de Loles, poner las cuatro páginas encima de la mesa y decirle: mira las horas. Mira las horas, Sara, todas a las cinco menos veinte.
No lo hago. Todavía no está cerrado. Yo no llevo un asunto a nadie hasta que está cerrado.
Cambio de tema, que es una cosa que sé hacer con una mano en la espalda. Le pregunto por el álbum.
Y ahí se le enciende. Va a por la carpeta y despeja la mesa con el antebrazo, tortitas incluidas, y me pone delante las láminas de «Osa»: una osa grande y torpe, de un marrón feo y precioso, y un osezno.
En una lámina, la osa quema la comida. En otra se le cae el río encima.
En otra está dormida en un banco, con una pinta de derrota tremenda, y el osezno le ha puesto una hoja por manta.
—Esta es la última que he terminado —dice—. Se titula «Casi».
La osa de la lámina está sentada en el banco con los brazos colgando y una cara de haber perdido un autobús importante. El osezno le ha puesto la hoja por manta y le ha dejado al lado un caracol, que en el idioma de los oseznos debe de ser un regalo caro.
—Sara.
—¿Qué?
—Está muy bien.
—Está bien, ¿verdad? —Se muerde el carrillo—. La editora me ha dicho que la osa tiene que ser un poco más... resolutiva. Que las madres osas de los álbumes resuelven.
—¿Y qué has dicho tú?
—Que en mi casa no resuelve nadie y aquí seguimos todos vivos.
—¿Y qué te ha dicho?
—Que lo pensemos. —Se ríe—. «Que lo pensemos» quiere decir que lo piense yo.
Sara lleva desde marzo con este álbum. Cobra por entregas y las entregas se retrasan, y cuando se retrasan pide un anticipo, y esta primavera pidió dos.
Todo eso lo sé porque le llevo yo los papeles de autónoma desde hace tres años, y me consta con detalle, con fechas y con cifras, que Sara Noguera vive en un alambre y cría a un niño encima.
Los niños se han acercado por el ruido de las láminas. Bruno mira su libro con la superioridad del que sabe que va dedicado a él y le da un veredicto de dos palabras: «está guapo». Emma las mira todas, en orden, sin tocarlas, con el dedo a un milímetro del papel.
—¿La osa se equivoca siempre? —pregunta.
—Casi siempre —dice Sara.
—¿Y el osezno se enfada?
—Nunca. —Sara se encoge de hombros—. Es que la quiere igual. Le da lo mismo.
Emma se queda con eso. La veo guardarlo.
—¿Y el papá osezno? —pregunta Bruno, que sabe perfectamente que no hay.
—No sale —dice Sara—. En este cuento el reparto es corto.
—Vale.
Y vuelven los dos a los cromos, que es donde está lo importante.
A las ocho y veinte digo la frase de las madres, la de que hay que ir yendo, y la digo tres veces con quince minutos de separación, que es el protocolo.
—Ojalá viviéramos aquí —dice Emma, sin levantar la vista de los cromos.
Lo dice en el tono de las cosas que se dicen para ganar diez minutos. Sara se lleva la mano al pecho y monta el número: que la contrata, que le pone cama, que le pone despacho, que en esta casa se cena a las nueve y media y hay tele.
—Que tu madre me va a matar —remata.
—Que tu madre te va a matar —le digo yo a Emma.
Y nos reímos las tres. Yo me río la última y me río bien, con ganas, porque es gracioso: mi hija, once minutos andando, la casa de la tía Sara.
Es la primera vez que lo dice en voz alta delante de mí. Lo apunto en la única columna donde apunto las cosas de Sara, que es la de las cosas que no hay que revisar.
Recojo. Sara me obliga a llevarme dos táperes: uno con las tortitas que sobran y otro con una cosa de lentejas que dice que está mejor al día siguiente.
Discutimos por el táper de las lentejas cuarenta segundos y gana ella, como siempre, no porque tenga razón, sino porque a mí, discutiendo con Sara, se me olvida por qué discutía.
Busco la chaqueta. Cuando vuelvo al salón, Emma se ha dormido en el sofá.
Está de lado, con las piernas encogidas y un cojín debajo de la cara, y en la mano la caja de cromos abierta.
Sara ha bajado la lámpara y le ha echado por encima la manta de cuadros, esa manta espantosa que lleva en esa casa desde la universidad, la que sobrevivió a tres mudanzas, a un novio con opiniones y a un lavado a noventa grados.
Bruno sigue en la alfombra, ordenando su parte del botín en silencio para no despertarla, con la lengua entre los dientes.
Me quedo en la puerta del salón, con la chaqueta en el brazo y los táperes.
Mi hija se duerme en tres sitios: en su cama, en el coche y aquí.