Una madre peor 6
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La tutoría dura veinticinco minutos y Nieves es encantadora, que es lo que la hace peligrosa.

Es joven, lleva las uñas cortas y pintadas de azul y tiene en el corcho un mural de fotos de la clase donde Emma sale en dos, en las dos igual de seria. Me sienta en una silla de niño, con las rodillas por delante del pecho, y esa es la primera derrota de la tarde.

Me enseña los cuadernos de Emma, con los márgenes intactos y la fecha en todas las páginas, y me dice que lee por encima del curso, que ayuda en la biblioteca los lunes y los miércoles y que coloca mejor que las de sexto. Me dice que es una niña muy madura.

—Muy madura —repite—. A veces demasiado.

—¿Demasiado?

—En el buen sentido.

En el buen sentido. Lo dice con admiración y lo apunta con otra cosa. Yo me gano la vida oyendo el momento exacto en que alguien mete un adverbio para poder retirarlo después.

—En el proyecto de las mañanas —añade, ya de pie, con la carpeta contra el pecho—, ellos contaban lo que hacen al levantarse. Emma explicó lo suyo con mucho detalle. Ella sola, el desayuno, todo.

—Le encanta.

—Ya. Y dijo también que a veces se queda sola un rato.

—Estoy en el pasillo de mi casa, Nieves. Con el teléfono. A cuatro metros, con la puerta abierta y oyendo la cuchara.

—Claro. —Sonríe—. Es que ellos lo cuentan como lo cuentan.

Y luego lo otro, ya con la puerta medio abierta y la voz medio baja: que la semana que viene Emma tiene una entrevista con la orientadora. Una cosa rutinaria, de bienestar, que se las hacen a varios de la clase.

—¿A varios?

—A unos cuantos.

Se lo comunican a la familia. No se pide permiso porque no hace falta pedirlo, y en el papel que me dan lo explican con una frase que empieza «en el marco del plan de convivencia».

—¿Y quién la ha propuesto para la entrevista?

—Es rutinaria, Claudia.

—Ya. Pero alguien pone los nombres en una lista.

Nieves se ríe con las manos, como si le hubiera contado un chiste raro, y me dice que eso lo lleva orientación. Se levanta. La tutoría ha terminado en el minuto veinticinco, exacto, y la siguiente familia ya está de pie en el pasillo con la carpeta contra el pecho.

En el coche, Emma me cuenta que en biblioteca han empezado a poner tejuelos nuevos, de colores, uno por materia, y que ella ha pedido los de amarillo porque son los de los libros de animales y son los que más se llevan.

En casa la dejo merendar y recoger. Tarda dieciséis minutos y lo deja todo mejor de lo que estaba, incluida la encimera, que no era suya.

Cuando se sienta a los deberes me siento enfrente y cierro el cuaderno con dos dedos.

—Vamos a hablar de una cosa.

Levanta la cabeza. Deja el lápiz en paralelo al borde de la mesa, alineado, con la punta hacia la ventana.

—¿He hecho algo?

—No. Tú no has hecho nada.

Lo digo demasiado rápido y ella se queda un momento comprobando la frase, como se comprueba un escalón.

—Lo del proyecto de las mañanas. ¿Qué contaste?

—Que me hago el desayuno.

—¿Y qué más?

—Que a veces estoy sola.

—¿Sola dónde?

—En la cocina.

—¿Y dónde estoy yo?

Piensa. Emma no contesta rápido nunca; le pone al mundo la pausa que el mundo no se merece. Su padre hacía lo mismo y a mí me sacaba de quicio, y ahora me siento aquí a esperar como quien espera una resolución.

—En el pasillo.

—¿Y qué haces yo en el pasillo?

—Hablas por teléfono.

—Estoy trabajando —digo—. Cuando lo cuentes, di eso. Di: mi madre está trabajando.

Lo repite, obediente:

—Mi madre está trabajando.

Y ahí está el problema, y lo oigo antes de terminar de oírlo. Lo ha dicho como se dice una capital de provincia: correcto, plano, aprendido.

—Así no.

—¿Así cómo?

—Así, como si te lo hubiera dicho yo. Dilo como lo dirías tú.

Se queda quieta. Se le mueve un poco el labio de abajo, buscando dónde poner el acento de una frase que no ha elegido. Y entonces lo consigue: se encoge de hombros, mira a un lado y suelta, con el tono exacto de una cría a la que le preguntan una tontería:

—Es que mi madre trabaja. Está ahí al lado, en el pasillo.

Perfecto. Está perfecto. Se me pone algo caliente en la garganta y no es orgullo, aunque se le parece bastante.

Esto no es enseñarle a mentir. Esto es enseñarle a declarar, que es lo contrario: es que lo que ella diga se parezca a lo que de verdad pasa, en vez de parecerse a lo que alguien pueda escribir luego en un renglón.

Lo pienso así, ordenado, con sus dos partes, mientras mi hija de nueve años ensaya el tono.

—Muy bien —le digo.

—¿Es mentira?

—No. Es contarlo entero. Cuando cuentas la mitad, el que escucha se inventa la otra mitad, y se la inventa peor.

—¿Y si se la inventa mejor?

—No pasa nunca. Nadie se inventa nada mejor de lo que es.

Asiente con la cabeza, despacio, y la veo hacer lo que hace con las cosas que le sirven: guardarla.

—¿Lo apunto?

—¿El qué?

—Lo de contarlo entero.

—No hace falta apuntarlo. Estas cosas no se apuntan.

—Vale.

Y se queda mirando el hule de la mesa un segundo más de lo que dura un vale.

—¿Y si me lo pregunta otra persona?

—¿Qué otra persona?

—Una que no sea Nieves.

Podría decirle que a las otras personas se les contesta lo que a Nieves. Podría decirle que no va a preguntárselo nadie más. Podría no contestar. En la cocina hay un grifo mal cerrado que lleva tres semanas y que llevará tres más.

—Igual —digo—. A quien te lo pregunte, lo cuentas igual.

—¿Igual igual?

—Igual.

Repasamos la de quién la recoge, porque también salió.

—Me recoge mamá. Y los martes y los jueves, la tía Sara.

—Los martes y los jueves y algún miércoles.

—Y algún miércoles.

—Y no digas «la tía Sara» a secas. Di: una amiga de mi madre, que es como de la familia y está autorizada en el colegio.

Lo repite entero, con «autorizada» y todo, y la palabra le queda grande en la boca, como los zapatos que se compran con margen.

Repasamos la de la cena, que también salió en el proyecto.

La versión que ella traía era: «a veces ceno yo antes».

La versión entera es: cenas antes los días que mamá llega de una reunión, y luego mamá cena contigo aunque ya haya cenado, para acompañarte.

Eso también es verdad. Lo he hecho catorce veces este curso. Lo sé porque lo he contado.

—Y si te preguntan si estás contenta —añado—, ¿qué dices?

—Que sí.

—¿Y si no lo estás?

Levanta la cabeza. Tiene los ojos de Óscar, que son de un marrón que no se decide, y me mira desde ahí abajo con una atención de examen.

—Entonces también digo que sí, ¿no?

—Entonces dices la verdad —le digo—. Pero entera.

—Vale.

Se lo hago repetir dos veces, y a la segunda le sale con la naturalidad de lo suyo.

—¿Ya está?

—Ya está.

—¿Lo hago bien?

—Lo haces muy bien.

Y sonríe. Sonríe de verdad, con los dos dientes nuevos, porque le he dicho que lo hace bien y a esta cría no hay nada que le guste más que hacer bien las cosas que le he enseñado yo.

Recojo la mesa. Ella termina los deberes en veinte minutos y me trae el cuaderno para que se lo firme, y se lo firmo, y le pongo la fecha, porque en esta casa se firma con fecha.

Cuando le mando ponerse el pijama, se va al cuarto y desde el pasillo la oigo.

La puerta del baño está entornada y la luz sale al pasillo en una raya amarilla.

Está diciéndolo otra vez, bajito, delante del espejo, con el cepillo de dientes en la mano y la boca llena de espuma.

«Es que mi madre trabaja.» Y lo dice tres veces, ensayando el punto en que le sale mejor, como quien practica una tabla del siete.

Cuando entro a arroparla tiene un cuaderno abierto sobre el edredón, uno de los de gomilla, y lo cierra con la mano plana en el momento exacto en que empujo la puerta. No con prisa. Con puntualidad.

—¿Deberes?

—Cosas mías.

—Vale.

—¿Cosas de cuáles?

—Mías.

En esta casa se respetan los cajones. Es una de las normas que no hemos redactado.

Le doy el beso, apago, dejo la puerta a un palmo como le gusta. Desde la cama, con la voz ya de dentro del sueño:

—Mamá.

—Dime.

—A la orientadora también, ¿no?

Me quedo en el marco de la puerta, con la mano todavía en el interruptor.

—Mañana lo repasamos otra vez.