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La secretaría del Anglada huele a tóner y a plástico de forrar libros. Detrás del mostrador, Loles atiende una cola de padres con la paciencia de quien cobra por ella, y delante de mí una madre discute con la fotocopia de un DNI caducado como si el DNI tuviera la culpa.
—Le acepto la fotocopia provisionalmente —dice Loles al fin, y sella.
«Provisionalmente», en una secretaría, significa para siempre. La madre se va dando las gracias con el DNI caducado en alto, como un trofeo menor, y la cola avanza un cuerpo.
Detrás de mí, otra madre sostiene contra el pecho los mismos impresos que yo, sin clips y a medio rellenar, y me pregunta si «lo de la orla» es obligatorio.
Le digo lo que sé, que es todo. Se me nota, me temo, que me gusta saberlo.
En esta secretaría he aprendido más de este colegio que en tres reuniones de padres: quién firma, quién sella, qué papel se pierde y cuál no se pierde nunca.
Yo traigo los impresos del curso en una funda, por orden: matrícula, domiciliación, autorización de imagen, alergias, excursiones, personas autorizadas a la recogida.
Cada uno con su clip. Los clips son míos, de casa; los de la oficina no salen de la oficina.
Hay fronteras que una decide pronto y luego ya no cuestan nada.
La gente entrega papeles. Yo entrego expedientes.
Lo de la tutoría quedó aclarado el viernes en dos minutos y una disculpa: un fallo al migrar el calendario, dijo Loles, ya le ha pasado a otra familia.
Me dieron cita nueva para dentro de dos lunes.
Acepté la explicación porque las explicaciones también hay que archivarlas en algún sitio, y guardé la captura donde guardo las cosas aclaradas, que no es donde guardo las cosas resueltas.
Hoy, mientras me atiende, Loles comenta de pasada que este año la comisión ha pedido «un poco más de detalle» en las fichas.
Lo dice como se comentan las obras del barrio.
Le pregunto qué comisión y me contesta que la de bienestar, la de Bego, que colabora mucho.
Colabora mucho: dos palabras que en este colegio se dicen sin peso y que yo, meses después, recordaré con la fecha exacta de este martes.
Emma espera a mi lado con la merienda en la mano, leyendo el tablón de anuncios de arriba abajo, en orden, como lo lee todo. Extraescolares, menú de octubre, campaña de tapones.
Y abajo del todo, en la esquina de la derecha, un cartel plastificado con los flecos recortados por abajo y tres flecos ya arrancados: CLASES DE MÚSICA · LENGUAJE MUSICAL Y PIANO · TODAS LAS EDADES.
—Ahí pone Olga —dice Emma.
—Sí.
—¿Es la mamá de Teo?
—Es la mamá de Teo.
—Vale.
Nadie ha quitado ese cartel. Lleva ahí desde antes del verano y va a seguir ahí en junio, porque la manera más limpia que tiene una institución de no haber hecho nada es no quitar un papel de un corcho.
—¿Quieres alguna extraescolar este año?
Recorre la lista entera con el dedo a un milímetro del papel, dos pasadas, y elige:
—Biblioteca.
—¿Biblioteca es una extraescolar?
—Los lunes y los miércoles. Ayudas a colocar y luego lees.
—¿Y cuánta gente hay?
—Poca. Por eso.
—¿Y te apetece?
—Los libros están por orden —dice, como quien da el argumento definitivo.
Lo era. La apunto. Cuando llego a la ficha de contactos de emergencia se sube un poco en las puntas de los pies para mirar por encima de mi brazo.
Loles va pasando los impresos y yo los repaso con ella en voz baja, como se repasa un arqueo.
En la ficha de alergias escribo NINGUNA, en mayúsculas, en vez de dejar el hueco.
Los huecos en blanco son preguntas que otro contestará por ti algún día, y prefiero contestarlas yo todas, ahora, con esta letra.
En la autorización de imagen marco SÍ para la orla y NO para redes y páginas, porque la cara de mi hija no trabaja para nadie.
La domiciliación trae la cuota del AMPA marcada por defecto.
La desmarco por principio y la vuelvo a marcar por realismo: doce euros al año por enterarme de todo lo que pasa en este colegio siguen pareciéndome baratos.
La hoja de salidas escolares autoriza todas las del curso con una sola firma: museo en noviembre, granja escuela, teatro en inglés, la excursión de la sierra a final del invierno.
Firmo el curso entero de un trazo, sin leer los destinos dos veces.
Confío en este colegio. Eso es lo que se firma cada año con la firma: confío.
En la hoja de personas autorizadas a la recogida, Sara figura desde infantil, renglón segundo, con su letra redonda del año que la apuntamos entre las dos en este mismo mostrador. Ahí no hay nada que tocar.
En observaciones del comedor escribo «come despacio; no meterle prisa», y me quedo un segundo mirando la frase: una instrucción de uso de mi hija, redactada por mí, dirigida a extraños.
La última es la ficha de contactos de emergencia, que es distinta de todas aunque parezca una más.
Recogida es rutina: quién viene cada tarde.
Emergencia es a quién llama el colegio cuando pasa lo que no está en el calendario: la fiebre a las once, la caída del patio, el día en que el mundo se organiza sin consultarte.
Emergencia es la casilla donde el colegio guarda a tu adulto de repuesto.
Mi madre ocupó esa casilla tres cursos, de adorno, con su prefijo de Alicante como una disculpa.
La ficha tiene tres líneas. Contacto 1, contacto 2, contacto 3.
El año pasado la rellené en un pasillo, entre dos trámites del tanatorio o eso recuerdo, y puse mi nombre en las dos primeras casillas, con dos números distintos del mismo teléfono, y nadie en este colegio me dijo nada.
Debieron de pensar que era mi manera de estar entera.
Lo era. De aquella semana recuerdo poco y en desorden, pero esta ficha la recuerdo porque fue lo único que rellené a mano entre días de firmar cosas impresas, y porque el bolígrafo era prestado, de la funeraria, y escribía mal el número dos.
Este año escribo mi nombre en la primera línea y la segunda se queda mirándome como un hueco en un inventario.
Podría poner a mi madre, que vive en Alicante y tarda cuatro horas y media en llegar a cualquier punto de mi vida. Podría dejarla en blanco, que es lo que hace media cola, a juzgar por las fichas que Loles va alisando con la mano.
—Pon a la tía Sara —dice Emma.
Tiene el dedo encima de la casilla, sin tocar el papel, a un milímetro exacto del papel, como le han enseñado que se señala en los museos.
—¿A la tía Sara?
—Por si no llegas.
Por si no llego. Por si me pilla el comité de riesgos, quiere decir.
Por si la M-40, por si un juzgado, por si la vida de los adultos, que a los nueve años ya se sabe que consiste en no llegar a tiempo a los sitios donde una hace falta.
Una cría previsora. Me dura un segundo otra pregunta —por si no llego a qué— y la archivo donde se archivan las preguntas que no tienen casilla.
Además tiene razón, y eso es lo que hace una buena auditora con las observaciones correctas: incorporarlas.
Sara recoge a Emma dos tardes de cada tres desde hace dos años.
Sara tiene llaves de casa. Sara vive a once minutos andando del colegio y no ha llegado tarde a nada que tuviera que ver con un niño en toda su vida, lo cual, conociendo el resto de su agenda, es un misterio administrativo sin resolver.
El día de la nevada grande, cuando el colegio cerró a mediodía con todo Madrid parado, Sara llegó a la valla antes que el mensaje del AMPA, andando, con un trineo de plástico naranja que nunca supimos de dónde sacó, y se trajo a los dos a casa por el medio de la calzada, cantando.
Emma lo cuenta todavía como se cuentan las películas.
Bruno y Emma comparten clase desde los tres años y meriendas desde antes de saber elegirlas; a estas alturas son más costumbre el uno del otro que amigos, que es el grado más alto que se conoce a esa edad.
Escribo SARA NOGUERA en mayúsculas, con mi letra de los documentos que importan, la que no deja dudas al que lee. El teléfono lo pongo de memoria y lo repaso una vez, dígito a dígito, aunque me lo sé mejor que el mío.
—¿Vínculo? —pregunta Loles, bolígrafo en mano, porque esa casilla la rellena ella.
Miro a Emma. Emma me mira a mí.
—Tía —digo.
Loles lo escribe. No es su tía. Es mejor que eso y no hay casilla, y las fichas no están hechas para lo mejor sino para lo rápido, así que tía. Emma no corrige nada, que en ella es una firma.
Loles pasa a la casilla siguiente sin darle importancia; en su mostrador, la palabra «tía» cae veinte veces al día y no la comprueba nadie.
Emma se estira una última vez sobre el mostrador, repasa la ficha completa línea a línea y da el visto bueno bajándose de las puntas.
—Hala —dice Emma.
Y alisa la ficha con la palma de la mano, de una pasada, como quien deja una cosa terminada.
Salimos por el patio vacío, con las porterías sin red y el bidón de los tapones a medio llenar, y Emma va contando en voz alta los días que quedan para la excursión de noviembre.
Detrás de nosotras, en el mostrador, Loles sella la ficha sin leerla y la pone en la bandeja de las cosas hechas.
Al pie de esa ficha, en cuerpo seis, debajo de la casilla de la firma, pone que los datos consignados se incorporan al expediente académico del alumno y se conservan durante toda la escolarización.
Lo he leído, claro. Yo leo los pies de página; para eso me pagan.
Lo que no dice el pie de página es quién más lee ese expediente.