Una madre peor 4
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—Ya sé hacerlo.

Emma me quita el brik de leche de las manos con las dos suyas y lo deja en su lado de la mesa, en su sitio, porque ahora el brik tiene un sitio y el sitio lo ha decidido ella.

Lo dice sin dramatismo, como se comunica un cambio de horario.

El sitio, además, tiene lógica: a un palmo de su mano, lejos del borde, la apertura hacia ella.

Lo reconozco a mi pesar: yo no lo habría colocado mejor.

Las mañanas de esta casa tienen un sistema y el sistema lo diseñé yo: la mesa puesta del día anterior, los cereales a la izquierda, la fruta pelada en cuadraditos, dieciocho minutos de mesa, cinco de baño, dos de remolino rebelde y a las ocho y cuarto en el ascensor.

Funciona desde hace dos años. Lo montamos a la fuerza, cuando las mañanas se quedaron cojas de un adulto; los sistemas se montan así, sobre lo que falta.

A Emma se le ha quedado pequeño en dos semanas.

El sistema está impreso y pegado por dentro del armario de los vasos, a la altura de mis ojos, de los tiempos en que hacía falta mirarlo.

Hace un mes apareció al lado una columna nueva, a lápiz y con regla: EMMA.

Debajo, su propia lista: servir leche, poner cacao, fruta si hay cortada, recoger mi parte.

Cada tarea con su casilla para la pegatina.

Las pegatinas las administra ella. Se las pone al terminar, una por casilla, y las cuenta el domingo por la noche como si rindiera cuentas ante alguien que no soy yo.

—Deja que te lo sirva, anda, que hoy vamos justas.

—Tengo que practicar.

—¿Practicar para qué?

—Para siempre.

Para siempre. Para hacerse mayor, quiere decir. Apunto mentalmente comprar briks pequeños, de los de un litro, que los de litro y medio pesan demasiado para unas manos de nueve años, y le acerco el bol sin que se note que se lo acerco.

—Lo he visto —dice Emma.

—¿El qué?

—Que me lo has acercado.

Pues nada. Retiro la mano y el bol se queda a la distancia que ella decida, que resulta ser exactamente donde estaba.

—Mamá.

—Dime.

—Tú desayuna también.

Y se queda esperando a que me siente. No sigue hasta que me siento.

A las ocho menos cuarto me entra la llamada del comité de riesgos, que es un organismo que no sabe que existen los colegios ni las ocho menos cuarto.

La cojo de pie junto a la ventana, con el portátil abierto encima de la encimera, oyendo a alguien defender que un incendio empezó dos veces, diciendo «sí», «está en el informe», «mándame el expediente completo, no el resumen» y «eso no lo hemos firmado nosotros», que son las cuatro frases con las que se sostiene mi oficio, mientras Emma vierte la leche con el pulso concentrado de un laboratorio.

Sujeta el brik con las dos y el labio de abajo mordido, y antes de verter aparta el bol del borde de la mesa un palmo justo, medido con el canto de la mano.

Cuando cuelgo hay un charco de leche secándose en el mantel con forma de provincia pequeña.

—Se ha caído —dice Emma. No: informa.

—Ya lo veo.

Emma trae la bayeta antes de que se la pida, la escurre con dos vueltas y limpia su zona, solo su zona, respetando la frontera del charco como un tratado.

No me da tiempo a ponerlo a remojo. Lo tapo con el frutero, como hace mi familia con los problemas desde hace tres generaciones, y anoto mentalmente: mantel.

El cerco va a quedar. Los cercos siempre quedan; a eso me dedico: a explicar que lo que parece limpio guarda cerco si sabes ponerle la luz de lado.

Emma desayuna con la boca cerrada porque se lo enseñé yo cuando tenía cuatro años, y hay mañanas en que ese ruido educado me llega por encima de la voz del comité: un ruido mínimo, de contrato cumplido, que me sube por el brazo como una obligación más.

Hoy además trae puesta la cara de su padre.

La trae sin permiso, con el pelo apartado de la frente igual que se lo apartaba él, y mientras finjo apuntar algo en el portátil pienso que a los muertos, por lo menos, no hay que hacerles el desayuno.

Lo pienso entero, sin descuento. Después Emma se limpia el bigote de leche con la manga, yo le acerco la servilleta sin decir nada, y el pensamiento se archiva donde se archivan los míos: en ninguna parte, con fecha.

—¿Hoy me haces tú la coleta? —pregunta, con la goma ya en la muñeca, ofrecida.

—Hoy te la hago yo.

Se sienta en la banqueta de espaldas a mí y se está quieta de una manera que solo se está quieta para esto.

Tiene el pelo de Óscar, pesado y liso, un pelo que obedece.

Le mojo el remolino con dos dedos, le paso el cepillo desde la raíz, cuento tres vueltas de goma.

Por un momento el sistema entero funciona: madre, hija, ocho y siete, todo en plazo.

En el espejo del recibidor la coleta sale recta.

Óscar las hacía torcidas y a Emma las torcidas le gustaban más; lo sé porque no me lo ha dicho nunca.

Nos hemos acostumbrado las dos a la recta.

Le doy dos golpecitos en el hombro para decirle que hemos terminado, que es el código de esta casa, y ella se levanta y recoge la goma sobrante y la guarda en el bote del baño, en el bote, no en el bolsillo, porque las cosas tienen su bote.

El martes se le quema la primera tostada y, antes de que yo llegue a la cocina, ya ha abierto la ventana, ha puesto la tostada en el fregadero y ha sacado dos rebanadas nuevas.

Lo ha hecho todo en orden, con gesto de protocolo, y me mira desde su silla como se mira a una inspección: sin miedo y con las manos a la vista.

Le digo que muy bien. Me sale un «muy bien» de auditoría, y me lo guardo tarde.

El miércoles desayuna leyendo la caja de cereales, entera, en voz baja: ingredientes, valores medios, «puede contener trazas». Cuando llega a lo de conservar en lugar fresco y seco, mira la cocina alrededor, evalúa, y aparta la caja tres dedos de la ventana. Hecho. Siguiente asunto.

El viernes sube la apuesta:

—Hoy sola del todo. Tú fuera.

—¿Fuera de mi cocina?

—Puedes hacer cosas en el pasillo.

Hago cosas en el pasillo. Ordeno un cajón que estaba ordenado y escucho: la nevera, el cajón de las cucharas, el clic del hervidor que no la dejo tocar y que no toca, la silla, la cuchara contra el bol, el imán de la nevera recolocado.

Ruidos buenos, todos en su orden. Cuando entro a por el café está sentada con la servilleta puesta y me señala mi sitio con la barbilla, por si se me ha olvidado dónde desayuno.

Desayunamos una enfrente de la otra, como dos delegaciones.

El jueves hago la revisión de mochila, que es la parte del sistema que Emma tolera peor.

—Está hecha.

—Ya lo sé. Es un momento.

La abro sobre el banco del recibidor. Los libros forrados, el estuche con su fila dentro, la agenda, el táper de la merienda en su bolsillo de red, que huele a limpio por dentro, que es la única inspección que me consiente sin protestar.

La agenda, con su letra: deberes pág. 12; traer tapones; jueves, biblioteca.

Y en el margen, una lista suya en taquigrafía de casillas: L, M, X, cada letra con su marca.

No pregunto qué cuenta. En esta familia cada una lleva sus registros.

Todo en su sitio, mejor que en el mío. Y en el bolsillo delantero, doblado en cuatro, un papel que ayer no estaba.

Lo sé porque la mochila la revisé ayer, y lo sé sobre todo porque en esta mochila las cosas no aparecen: se colocan.

Lo saco a medias. Membrete verde del colegio Anglada.

«A la atención de la familia de Emma Miralles.

» El papel es de los buenos, de gramaje de circular importante, doblado en cuatro con los bordes casados.

Paso el pulgar por el membrete, impreso en relieve, como si el colegio necesitara que hasta a ciegas se supiera quién escribe.

Emma me mira sacarlo con la cara con la que se miran los trámites ajenos, coge su chaqueta del perchero y abre ella misma la puerta de casa, que pesa, y la sujeta para las dos.

Vamos con tiempo. Bajamos por la escalera porque el ascensor tarda, y ella baja de dos en dos los últimos tres escalones, como todos los días, y como todos los días le digo que se va a matar y ella dice que no, que los tiene medidos.

Son las ocho y veintidós. La esquina del papel asoma del bolsillo de mi abrigo, verde y educada, todo el camino hasta el coche.