Una madre peor 2
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La víspera del primer día de curso plancho las cintas del nombre en los cuellos de los polos.

Son las once y media, hace calor, la plancha suelta vapor a la cara y me quemo el canto de la mano izquierda con el borde, una quemadura de dos centímetros que dura cuatro días.

EMMA MIRALLES BASTIDA, letra azul sobre blanco, ocho milímetros.

El apellido de Óscar sigue yendo a todas las excursiones.

El rotulador de marcar es el mismo desde infantil.

Lo compró Óscar en tamaño industrial, «para toda la escolarización», dijo, tan contento con la frase, y va por la mitad.

Marco el interior de la trenca, las zapatillas de gimnasia, el táper nuevo.

Emma forra sola su libro de lengua: le queda una burbuja de aire cerca del lomo y la persigue con la uña, milímetro a milímetro, hasta sacarla por el borde.

Tarda lo que tarda. En esta casa nadie pide ayuda antes de tiempo.

Los polos quedan en una pila que huele a plancha, con las cintas del nombre hacia arriba, y Emma los cuenta con el dedo aunque sabe cuántos hay.

—Faltan las de gimnasia.

—Las de gimnasia van sin cinta, que se las pone la profe en una lista.

—Mejor con cinta.

Se las marco. Tiene razón: las listas de otro se pierden.

Emma prepara el estuche en la alfombra del salón.

Saca los lápices y los pone en fila por tamaños, la goma en su esquina, el sacapuntas al final mirando hacia la puerta.

Después mete cada cosa en su sitio en el orden inverso exacto, como quien recoge un despliegue.

La mochila la ha hecho ella esta tarde. La deshago para revisarla y la vuelve a hacer delante de mí, igual, pieza a pieza, sin mirarme, y cuando termina cierra la cremallera con las dos manos, de un solo gesto, y la deja apoyada en la pared del recibidor.

—¿Por qué en el recibidor?

—Para salir antes.

Lista para salir. Falta más de medio día para salir.

En la estantería de su cuarto, los peluches también van por tamaños. La fila la preside el cocodrilo Ramón, que fue de la cuna y ya no tiene verde en la tripa de tanto verde gastado.

—Este bicho necesita una lavadora —le digo, por decir.

—Ramón no se lava —contesta Emma, sin levantar la vista del estuche—. Si lo lavas, se le van las cosas.

Le digo que vale, que Ramón se queda como está. Manías de peluche, pienso. Cosas de cría.

Cuando la acuesto me pide que el cuento de siempre no, «uno nuevo pero corto», y se duerme antes del final, con una mano fuera del embozo, abierta hacia arriba, como quien espera que le devuelvan algo.

En el enchufe del pasillo, el móvil de Óscar carga con su lucecita naranja. Nadie lo ha puesto ahí esta noche y está ahí todas las noches. Hay normas en esta casa que no hemos redactado nunca y se cumplen mejor que las otras.

La mañana del primer día le hago la foto de la baldosa. La inventó Óscar: mismo portal, misma baldosa, cada primer día de curso. Llevamos siete. En las dos últimas Emma sale más alta y salimos una menos.

En la radio, camino del colegio, dan la vuelta al cole como si fuera una borrasca con nombre.

En la puerta la dejo con un beso rápido y la marea de polos azules se la traga sin ruido.

A las nueve y cuatro me escribe Sara: ¿Quién ha llorado más, la niña o tú?

Le mando el emoticono que significa las dos cosas.

Me contesta con una foto de Bruno saliendo de casa con la camiseta del revés y la frase: aquí seguimos batiendo récords.

Y luego: el viernes merienda en casa, que os echo de menos y tengo un bizcocho de los tuyos a medio copiar.

Le digo que sí por las dos. Guardo el móvil sonriendo en mitad del pasillo de la oficina, y un compañero me pregunta si buenas noticias, y le digo que sí, que el país ha vuelto al colegio.

A la salida la espero en segunda fila de valla, en el sitio de siempre.

Sale ordenada, localiza mi cara sin buscarla, y ya en el coche despliega el primer día como quien rinde cuentas de un viaje oficial: la clase está en el segundo piso, le ha tocado al lado de la ventana, el comedor huele igual pero han cambiado las bandejas, que ahora son verdes.

—¿Verdes por algo?

—Porque las azules se rompían.

—¿Y la tutora nueva?

—Nieves. Tiene un semáforo de emociones.

—¿Un semáforo?

—Con pinzas. Cada uno pone su pinza en un color, según cómo está. Yo la he puesto en «tranquila».

—Muy bien.

—Es el color que está más cerca de la puerta.

—¿Y qué más habéis hecho?

—Las fichas.

—¿Qué fichas?

—Unas de papel. Hay que poner el nombre, la edad y con quién vives.

—¿Con quién vives?

—Sí. Yo he puesto mamá. —Se encoge de hombros contra el cinturón—. Hugo ha puesto seis personas y no le cabían.

Lo dice mirando por la ventanilla, con la cartera abrazada, y yo me río sola en el semáforo, el de verdad, pensando que mi hija ha elegido estado de ánimo por criterios logísticos.

Se lo contaré a Sara. A Sara estas cosas le duran una semana; las repite en las cenas y las mejora un poco cada vez, y Emma la deja, porque a Emma le gusta ser un cuento cuando lo cuenta la tía Sara.

La primera semana se ordena sola: madrugón, uniforme, tráfico, comité, deberes, cena, y vuelta.

El miércoles Emma trae la agenda firmada por Nieves con una carita, y el jueves pierde un lápiz del número dos y lo repone con los ahorros de su hucha, sin avisar, porque las filas no pueden tener huecos.

El viernes, merienda en casa de Sara, como quedamos.

Emma vuelve con una trenza de raíz que no le he hecho yo y oliendo a rotulador nuevo, y la trenza le dura puesta hasta el domingo por la noche, durmiendo de lado para cuidársela.

Me gusta septiembre. Me gusta cuando la vida cabe en una lista y la lista cabe en un día.

En septiembre todavía no ha pasado nada y todo está previsto, que es el estado más parecido a la felicidad que sé administrar.

La tutora nueva de cuarto se llama Nieves y el lunes que viene tengo cita con ella a las cinco y media. La pedí el primer día por la plataforma, como hay que pedirla, y la apunté en la agenda con su fecha y su hora, que es como se apuntan las cosas que existen.

Para la cita con Nieves llevo una lista empezada en las notas del móvil.

La abrí el primer día y le añado cosas cuando me acuerdo: que Emma lee por encima de su edad y por debajo de su voz; que si algo la desborda, ordena; que duerme con un cocodrilo que no se lava; que no hay alergias; que la palabra «luego» la desordena y conviene darle horas exactas; que si se le promete algo hay que cumplirlo o no prometer; que desayuna bien.

Esta última la escribí ayer, y la escribí ya con ganas de decirla en voz alta, mirando a alguien.

El jueves por la noche, con Emma ya acostada, entro en la plataforma del colegio para confirmarla.

La plataforma se llama Ágora y saluda con un «¡Hola, familia!

» que nadie le ha pedido. Es un gesto de nada, treinta segundos, la costumbre de cotejar la agenda contra la fuente.

Es una costumbre heredada. Mi padre perdió un negocio de reformas, y detrás del negocio la casa, por un pleito que se decidió con un calendario: él juraba una fecha y el otro trajo un papel con otra.

Yo tenía diez años y entendí lo esencial antes que el vocabulario: la verdad sin papel es una opinión.

Desde entonces, coteja, Claudia. Desde entonces cotejo.

A Óscar le hacía gracia. Me llamaba «señora notaria» y me besaba el boli.

La plataforma tarda en cargar y me da tiempo a oír la nevera, el ascensor de un vecino, la casa en su punto de reposo.

La cita no está el lunes.

La cita está el miércoles pasado, a las 9:15 de la mañana.

Estado: NO ASISTIDA. Busco el histórico, porque los sistemas guardan histórico aunque una preferiría a veces que no: la modificación se registró el propio miércoles a las 8:52.

Veintitrés minutos antes de la hora. Ningún aviso en el correo, ninguna notificación, nada en el teléfono.

Un error de la plataforma, pienso. Mañana lo aclaro en secretaría en dos minutos.

Aun así abro el correo y busco por remitente, por asunto, por fecha. Miro la carpeta de no deseado. Miro los mensajes archivados. Nada: ni convocatoria, ni anulación, ni cambio. En un sistema que avisa hasta de la recogida de tapones, mi cita se movió sola y en silencio.

Hago una captura de pantalla, de todos modos. Por costumbre. Con la fecha visible.

Reviso el resto ya que estoy: circulares, menú de octubre, una autorización de orla pendiente que no es de mi familia. Todo en orden. Todo tan en orden que el desorden queda subrayado, como un asiento fuera de sitio en una columna perfecta.

Y ya estoy cerrando la sesión cuando la veo, debajo del estado, en el campo de observaciones, con la letra gris de los formularios:

«La familia no justifica la ausencia.»