Una madre peor
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La primera vez que vi cómo le quitaban un hijo a una madre, llevé bizcocho.
Lo llevé porque me tocaba. En la lista de aportaciones del AMPA me apunté en la casilla de dulces y lo hice de yogur y limón, que gusta a todo el mundo y no lleva frutos secos. Estas cosas se me dan bien: leer una casilla y llenarla mejor que nadie.
Es el último viernes de junio, hace treinta y uno, y el patio del colegio Anglada huele a protector solar y a césped recién cortado.
Llevo dos horas de pie al sol con el vestido pegado a la espalda y una sed que no se quita con zumo de brik.
Hay tres mesas con manteles de papel, una pancarta que dice ¡BUEN VERANO, ANGLADA!
con las letras hechas por los de quinto, y un bidón transparente lleno de tapones solidarios que nadie sabe ya qué solidariza.
La merienda de fin de curso la organiza, como todo lo que importa aquí, la comisión de bienestar del AMPA.
Este año la merienda incluye, en el mismo mantel, la despedida de Teo.
La circular la mandó la comisión el lunes: «Despedida de nuestro compañero Teo.
Habrá merienda.» Dos frases. Las circulares de la comisión nunca necesitan tres.
Bego Arístegui coloca mi bizcocho en el centro de la mesa de los dulces y me coge del antebrazo.
—De los de verdad. Se nota que tú no compras nada hecho.
Me agradece el bizcocho como se agradecen los favores grandes, y esa desproporción la anoto sin saber todavía en qué columna va.
—Y este curso te queremos más cerca —añade, girándose ya hacia otra mesa—. Que se te ve capaz.
Lo dice como se dicen los cumplidos de intendencia, repartiendo la atención entre mi cara y una bandeja de sándwiches, y yo contesto que claro, que lo que haga falta, que para eso estamos. Para eso estamos. Hay frases que una lleva puestas sin habérselas probado.
Olga ha venido. Ha venido, quiero decir: la han traído. La acompaña su hermana, que la sujeta del codo como se sujeta un documento importante con viento. Olga lleva un vestido planchado y los ojos a medio gas, y cuando alguien le acerca un zumo dice:
—Yo quería... Yo quería daros las gracias.
Da las gracias. De todo lo que pasa esta tarde, eso es lo que más cuesta mirar.
Teo está con su clase, delante de un mural de manos pintadas donde pone TE QUEREMOS TEO con la eme del revés.
Lleva una mochila nueva, de una marca cara, y la lleva puesta toda la tarde, con las dos correas, como si en cualquier momento fuera a salir un autobús.
Los adultos dicen a su alrededor las palabras del patio: etapa nueva, cambio, entorno.
Aquí nadie conjuga verbos; se dejan los sustantivos blandos encima de la mesa, junto a los tuppers, y cada uno coge el que puede.
—¿El bizcocho lleva trazas? —me pregunta una madre de infantil, con su niño de la mano.
—Ni trazas ni frutos secos.
—Es que Hugo, como es alérgico...
Hugo, mientras tanto, se está comiendo una gominola del suelo. Se la quito de la mano con la naturalidad de las madres ajenas y la madre me da las gracias dos veces, y durante un momento la tarde es solo esto: azúcar, protector solar, niños que gritan por deporte.
Me acerco a llevarle a Olga un trozo de bizcocho, porque llevar cosas es lo que sé hacer en las fiestas. La hermana hace amago de interceptarlo y Olga levanta una mano y lo coge con las dos, como cogen los niños las cosas que les han dicho que no se les caigan.
—Tú eres... —empieza—. Tú eres la mamá de Emma.
—Claudia.
—Claudia —repite, y el nombre se le queda un momento en la boca, como si lo cotejara con algo.
Me mira un poco más de la cuenta. No es reproche; es la mirada de quien reconoce una cara de un papel. Después la retira, porque las miradas también se le administran ahora, y dice que el bizcocho está muy rico sin haberlo probado.
—De yogur —le digo, porque algo hay que decir.
—Teo... —empieza otra vez—. A Teo le gustan los de yogur.
La hermana le pone la mano en la espalda, dos grados de presión, y Olga entiende el idioma y se calla.
Vuelvo a mi sitio con el plato vacío y las gracias de las dos, unas gracias educadas y en regla, y me digo que ha sido un gesto correcto.
Los gestos correctos son mi especialidad.
Con el tiempo aprenderé que también son mi coartada.
Desde la mesa de los dulces se ve el aparcamiento.
Está el coche de la hermana de Olga, un Golf gris con una pegatina de bebé a bordo que ya no corresponde a nadie, y por culpa del Golf me acuerdo del otro coche.
Febrero, delante del Ahorramás. Teo dentro, solo, con el cinturón puesto y un cómic en las rodillas.
Dos minutos, quizá tres. Hice la foto por hacer algo con las manos y la mandé al grupo de la clase con tres palabras: ¿esto es normal?
No escribí nada más. Yo solo hice una pregunta.
La pregunta tuvo cuarenta y dos respuestas. Yo no puse ninguna.
En el corro de tercero, una niña con diadema de flores lo explica todo:
—Mi madre dice que ahora Teo va a tener piscina.
Los demás lo rumian con seriedad de consejo escolar.
Uno pregunta si de las de bolas. Teo, a tres metros, hace como que no lo oye, que es la habilidad que mejor se aprende en un patio, y se sube las correas de la mochila con los pulgares.
No se la ha quitado en toda la tarde. Hay merienda, hay fútbol, hay una gymkhana con globos de agua, y el niño va a todo con la casa a cuestas.
Emma está sentada en el bordillo con su vaso de zumo, un poco aparte de las niñas de su clase, mirando la despedida como se miran los documentales: sin pestañear y tomando nota de algo.
Acaba de cumplir nueve años y tiene las rodillas llenas de tiritas de sirenas.
Cuando me siento a su lado me deja sitio sin mirarme, que en su idioma es un recibimiento.
—Mamá.
—Dime.
—¿Quién decide con quién vive un niño?
Le digo que hay personas que se dedican a eso. Personas que estudian mucho y lo miran todo despacio.
—Vale —dice.
Y se guarda la respuesta donde se guarda las cosas que le sirven. Pienso: qué cría más sensata tengo. Pienso exactamente eso, con estas palabras, mientras a diez metros Olga aprende de pie a qué se dedican esas personas.
A las siete menos cuarto, Bego pide un momento de atención con dos palmadas suaves. Tiene esa manera de hablar bajito que obliga a todo el patio a callarse para no perdérsela.
—No quiero ponerme seria, que es una fiesta —dice, y todo el mundo se pone serio—.
Solo quiero que Teo se lleve de aquí lo importante: que este colegio es su casa.
Que aquí se le quiere y se le va a seguir queriendo, esté donde esté.
Quiero dar las gracias a la familia que lo va a acompañar en su etapa nueva, por su generosidad, que es de las que no salen en las fotos.
Y a todas vosotras, por cómo habéis sabido acompañar la situación.
—Hace una pausa del tamaño justo—. Y a Olga. Por lo valiente que está siendo.
La hermana de Olga mira el reloj. Es un gesto pequeño, de intendencia, y entiendo que hay una hora, que todo esto tiene una hora, y que la hora no la han puesto ni Olga ni Teo.
Aún no sé que esto se repite. Que tiene su casilla en el calendario del curso, entre la función de Navidad y la fiesta del agua, y que la casilla encuentra siempre un nombre que ponerle al lado.
No sé que, cuando la casilla te toca, todo lo demás —el bizcocho, la pancarta, los sustantivos blandos, este sol de fin de curso— se pone a trabajar para la casilla, con este mismo orden y esta misma luz.
Aún no sé que el curso que viene el nombre es el mío.
Bego levanta las dos manos y empieza a aplaudir, y el patio entero la sigue, porque los aplausos son la parte de las fiestas que mejor nos sale.
A mi lado, Emma cuenta los aplausos moviendo apenas los labios.
Aplauden las madres que trajeron tupper y las que trajeron solo apetito, aplauden los niños sin saber a qué, aplaude Loles desde la puerta de secretaría, aplaude la hermana de Olga con el bolso colgado del hombro.
Olga también aplaude: un aplauso pequeño, de guantes, mirando a su hijo.
Teo mira a su madre aplaudir y no aplaude.
La busca por encima del ruido, la encuentra, y le hace un gesto mínimo con la mano a la altura del pecho, un gesto de los que se inventan entre dos personas, y Olga se lo devuelve. Ese gesto no sale en ninguna acta.
Yo aplaudo con las demás. Me sale un aplauso limpio, de los que se oyen.