Una madre para mis gemelos Capítulo 79. Ayuda mutua.
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Capítulo 79. Ayuda mutua.

Thomas Gallagher se encontraba en su oficina revisando sus libros contables con el ceño fruncido. Estaba preocupado. El cargamento de materiales que había encargado de China aún no llegaba al puerto, tenía retraso, y allí estaba invertido buena parte de su dinero.

Los hombres que lo ayudaban a esquivar los controles para evitar pagar altos impuestos comenzaban a desesperarse. Si se mantenían a la espera por más tiempo podían levantar sospechas.

Rogaba porque el barco llegara cuanto antes, porque no estaba en un momento propicio para crear situaciones que atrajeran hacia él la atención de algún cuerpo de seguridad. Eso sería peligroso para sus negocios.

Por culpa de Marco Smith se hallaba en medio de una cuerda floja. Si generaba un inconveniente más, caía.

—Señor, tiene una visita.

Thomas levantó la mirada para observar al encargado de la seguridad de su casa con expresión de alarma.

—¿La policía de nuevo?

—No, señor. Se trata del empresario Julián Hotl. Dice que no tiene cita, pero que le urge hablar con usted.

Thomas se inquietó. No entendía por qué aquel hombre había acudido a su casa. Julián Hotl era un inversionista importante en la ciudad, apoyo de varios de sus mejores clientes. Nunca habían hecho negocios juntos, aunque él intentó contactarlo en un par de ocasiones. ¿Por qué lo visitaba ahora?

—Maldición, espero esto no tenga que ver con Marco —se quejó para sí mismo.

Recordó que Liam Hamilton, antiguo yerno de Julián Hotl, era a quien Marco quería destruir.

—Hazlo pasar. Pero antes dime, ¿qué sucedió con Ferdinan? —quiso saber, angustiado.

—Murió, señor. No soportó la golpiza que Marco le dio. Desaparecimos su cuerpo como usted indicó.

Thomas lanzó varias maldiciones.

—¿Y el auto que Marco se había llevado?

—Fue desarmado y quemado. Desaparecimos sus partes en distintas zonas.

El hombre asintió, más aliviado.

—Perfecto. No podemos permitir que la policía lo consiga, y de hacerlo, que no haya forma de relacionarlo con nosotros.

Sabía que ese maldito de Marco terminaría complicándome la existencia.

Y encima tuvo la osadía de venir a reclamarme por no darle otro auto y matar a uno de mis guardias a golpes —se quejó, frotándose la frente—.

No quiero que vuelvas a dejarlo entrar a la casa.

Si se empeña, quiero le metas un disparo entre las cejas. ¿Entendido?

—Entendido, señor —aceptó el hombre disimulando la sonrisa. Estaría muy agradecido de terminar él mismo con la vida de Marco Smith, quien tenía algunas cuentas pendientes con él—. Entonces, ¿dejo entrar al señor Hotl?

—Sí, tráelo a mi oficina. Hablaré con él aquí —aseguró, y guardó con rapidez los libros contables, así como los documentos que hacían referencia al cargamento de materiales que esperaba de China.

Se puso de pie justo en el momento en que Julián entraba a la habitación.

—Señor Holt, un placer —saludó Thomas estrechando su mano.

Julián lo observó con desdén de pies a cabeza mientras le respondía, luego dio una ojeada recelosa al despacho.

—Lamento importunarlo en su casa, pero necesito hablar en privado con usted.

—Estoy a su disposición. Tome asiento. ¿Quiere un whiskey, un ron, un té o simplemente agua?

—Estoy bien —aseguró Julián y se sentó con elegancia en una silla frente al escritorio, dando un repaso a los papeles que el hombre tenía sobre la mesa.

Thomas no podía disimular su sorpresa. Nunca se hubiese esperado tener a ese sujeto allí, en su casa. Si bien eso podía ser positivo para sus negocios, no dejaba de ser perturbador.

—Usted dirá, señor Hotl —habló mientras se sentaba en su butaca.

Julián lo observó con expresión implacable unos segundos.

—La policía descubrió que un auto, implicado en el volcamiento de un vehículo en la ruta 101, pertenece a usted. —Sus palabras impactaron en Thomas, haciéndolo empalidecer de momento—. Sepa que las víctimas de ese accidente son amigos míos, muy cercanos.

El hombre se irguió buscando disimular su incomodidad.

—Lo siento mucho. La policía vino esta mañana para hablar de ese vehículo, me lo robaron hace unos días en las afueras de la ciudad. No había tenido tiempo de poner la denuncia, pero realicé los trámites necesarios para explicar el hecho.

—¿Cómo a un hombre como usted, que es tan precavido con sus tareas pendientes, se le puede olvidar poner la denuncia por un auto robado?

—Era un auto viejo y lleno de fallas —confesó con forzada sonrisa—. Se lo dejaba a mis empleados para que lo usaran en sus traslados. Cuando me avisaron del robo no le di tanta importancia. De haber sabido que lo usarían para cometer un crimen, habría estado más atento.

—Me cuesta creer que alguien, que lleva a cabo el tipo de actividad ilícita que usted pone en práctica, sea tan descuidado.

—¿Actividad ilícita? ¿De qué habla, señor Holt? Mis negocios son muy legales.

—No se haga el desentendido conmigo, señor Gallagher.

Sé quién es usted, qué hace y como ha hecho tanto dinero.

Tengo amigos que se benefician de sus negocios turbios para así ahorrar un poco, poseo pruebas de esas transacciones y conozco a gente que no se negará a dar una declaración en su contra si fuese necesario.

Thomas se puso serio.

—¿Vino a mi casa a amenazarme, señor Hotl?

—No. Vine a negociar con usted. —Thomas lo observó con desconcierto—. Sé que antes trabajó con un hombre llamado Marco Smith, quien estuvo entre su personal de seguridad.

La mención de aquel nombre empalideció de nuevo al hombre.

—La policía aún no sabe de esa relación, no me obligue a entregársela.

Hubo silencio un instante, mientras Thomas intentaba asimilar esa noticia.

—¿Qué pide? —preguntó, resignado. Sabía que ese momento llegaría.

—Quiero a Marco Smith. Necesito saber dónde se esconde. Ese hombre está amenazando a mi familia, no puedo dejarlo en libertad.

—Yo corté hace tiempo relación con él por su mala actitud. No tengo idea donde está.

—¿No tiene idea? Pero da la casualidad que el auto que Marco utilizó para cometer sus fechorías es suyo y, según las investigaciones de la policía, el artefacto que fue puesto en la escuela de mis nietos para simular una bomba fue adquirido en la tienda de armas y equipos de tecnología del señor Ted Doyle, ubicada cerca del puerto.

Hasta donde sé, Doyle es un gran amigo suyo, creo que su surtidor de armas y de otros materiales. ¿No es así?

Thomas no supo qué responder. Aquel sujeto lo había acorralado. Julián tomó un papel que se hallaba sobre el escritorio para leerlo con atención.

—¿Espera un cargamento en el puerto? ¿Será necesario notificarle a la policía para que evalúen la mercancía que transporta y asegurarse que pase por los canales regulares para que pague todos los impuestos necesarios? —preguntó dejando el documento de mala gana en el escritorio.

Thomás masculló una maldición al darse cuenta de que no había guardado todo lo referente a la mercancía que esperaba.

—Le dije que no sé dónde está Marco Smith —repitió entre dientes.

—Pero sé que puede averiguarlo y mucho más rápido que la policía.

Solo necesito una dirección, señor Gallagher, y le prometo que lo dejaré en paz.

A mí no me importan sus negocios, eliminarlo no hará ningún cambio a la nación porque existen cientos de personas como usted, pero creo que a usted sí le importará que lo delate.

No me haga quedar como el malo de la partida.

Eso último lo dijo con sonrisa de burla. Julián sabía que a ese tipo de hombres había que tratarlos con firmeza.

—Además, tengo la impresión de que no solo yo me beneficiaré con la entrega de Marco Smith a las autoridades —mencionó eso último mientras se ponía de pie—.

Si ese hombre está utilizando a sus contactos y sus vehículos para moverse por la ciudad, siendo un empleado que fue echado por mal comportamiento, supongo que a usted también lo está presionando. ¿No es así?

Julián sacó una tarjeta de presentación del bolsillo de su chaqueta, para dejarla sobre el escritorio.

—Llámeme apenas tengas noticias de la ubicación de Smith —dictó, saliendo del despacho.

Thomas quedó allí, hirviendo por la rabia. Su jefe de seguridad entró luego de asegurarse que Julián Holt se había marchado.

—¿Necesita algo, señor? —preguntó, parado muy firme en la puerta.

—Ubica a Marcos, búscalo hasta dentro de las alcantarillas, y mátalo. Ese imbécil no puede quedar vivo. Si lo atrapan a él, me atrapan a mí.

El hombre asintió, esta vez, sonriendo con amplitud y salió en dirección al estacionamiento para activar el protocolo de búsqueda de aquel sujeto. Uno al que estaría encantado de eliminar.

Capítulo 80. Última oportunidad.

Pasaron los días y no solo Darryl pudo salir del hospital, también Lidia, aunque ella debía estar en cama, aún muy adolorida por los golpes del accidente.

En el departamento se quedó su madre para ayudarla con la recuperación mientras su hermana represaba a Nevada, para cuidar de sus niños. Aunque prometió ir de visita en un par de semanas con toda su familia.

Darryl se movía más, a pesar de hacerlo lento y comprimiendo en ocasiones el rostro en muecas. Pero igual tuvo ánimo de ir a la constructora para saludar a todos y demostrar que seguía vivo, atormentar a Liam y buscar una serie de documentos para trabajar desde casa.

—¿Sabes que existe el teléfono? Nos llamas y dices lo que necesitas de tu oficina y nosotros te lo llevamos. No tienes que venir hasta aquí —lo regañó Liam, recordándole que en el hospital le había recetado mucho descanso.

—¿Y perder la oportunidad de venir a interrumpir tu trabajo, hacerte molestar y lograr que tu ceño se apriete tanto que te deforme la cara? Olvídalo, el espectáculo es muy divertido para dejarlo pasar.

Liam apretó tanto el ceño que el rostro se le volvió diabólico. Eso solo lo lograba Darryl.

—También me recetaron ejercicio —reveló el hombre—. Mientras más me mueva, mejor caminaré. Además, odio estar encerrado en casa, sabes que no lo soporto.

—Tú no soportas nada, pero intenta no forzarte para que no empeores tu condición, mira que ahora te necesito.