Una madre para mis gemelos Capítulo 41. Doble acecho.
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Capítulo 41. Doble acecho.

La tarde estaba resultando muy entretenida, sobre todo, para los niños. Se encontraban en medio de un claro, jugando con sus nuevos amigos y sus raquetas nuevas, cuando Lucas divisó una figura conocida acercarse a ellos.

Emitió un grito de emoción antes de correr hacia él.

—¡Papá! —exclamó y se apresuró por alcanzarlo.

Matt lo siguió, riendo con la misma energía. Liam apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que los dos se le lanzaran encima. Los levantó del suelo con facilidad y los apretó contra su pecho.

—¡Aquí están mis campeones! —dijo con una risa profunda y besó la mejilla de cada uno—. ¿Qué están haciendo hoy? —quiso saber mientras los bajaba.

—¡Jugamos con nuestra raquetas! —contestó Matt con orgullo.

—¡Yo atrapé dos pelotas! —añadió Lucas, inflando el pecho.

—Genial. Eso hay que celebrarlo —aseguró Liam, y lo alzó por encima de su cabeza. El niño chilló de emoción mientras su hermano reía al verlo volar.

Los amiguitos que habían estado jugando con ellos se acercaron curiosos. Matt, lleno de orgullo, tiró de la manga de su padre.

—Papá, estos son nuestros nuevos amigos —dijo, y señaló a los niños que miraban con timidez.

—Él es mi papá —agregó Lucas con una sonrisa amplia, como si presentar a Liam fuese el mayor de los honores.

El hombre se inclinó hacia los pequeños y los saludó con calidez.

—Encantado de conocerlos. Me alegra que mis chicos tengan tan buenos compañeros de juego.

Los niños rieron nerviosos y respondieron al saludo. Para Lucas y Matt aquella presentación fue importante. Mostraban a su héroe, a su centro de gravedad, con la inocencia orgullosa de la niñez.

Desde la distancia, ahora oculto tras un auto estacionado al borde del parque, Marco observaba la escena con los ojos enrojecidos de rabia.

No esperó la presencia de Liam en ese lugar, era evidente que el hombre había roto su rutina para estar con ellos. Ver a los gemelos aferrados a ese hombre, hablándole con entusiasmo, lo enardecía. Aunque, lo ocurrido después, estuvo a punto de destrozar su buen control.

Liam, con los niños tomados de la mano, caminó hacia la manta donde Emma y Carmen estaban sentadas.

Emma se levantó, mostrándose feliz y sorprendida al tenerlo allí. Antes de que pudiese decir algo, Liam posó sus manos en sus caderas y, con un movimiento natural, la acercó hacia él.

—Hola, preciosa —murmuró, dándole un beso en la mejilla muy cerca de los labios, sin importarle las miradas que pudiesen dirigirle.

Emma se estremeció, ruborizada, pero incapaz de ocultar la sonrisa luminosa que le brotó del alma al descubrirlo allí.

—No esperaba que vinieras.

—Quise verlos —respondió él, observándola con ternura, como si solo ella existiera en ese instante. Luego se acomodó en la manta, muy cerca de su lado, dejando claro con ese simple gesto que le pertenecía.

Carmen se mantuvo discreta, aunque complacida al verlos juntos.

Marco desde su escondite apretó los dientes, hasta sentir un crujido en sus mandíbulas. La visión de las manos de Liam sobre las caderas de Emma estuvo a punto de enloquecerlo.

¿Cómo se atrevía ese hombre a tocarla así, en público, como si ella fuese suya?

¿Cómo podía Emma permitirlo?

El calor de la ira lo envolvió y por un instante se imaginó cruzando el parque para alcanzar a Liam y demostrarle, a puño limpio, quién tenía verdadero derecho sobre esa mujer.

Pero se contuvo, sabiendo que ese no era el momento, ni el lugar, más adecuado para hacer realidad su venganza.

Minutos después, los gemelos tiraron de la camisa de su padre para obligarlo a jugar con ellos. Liam se levantó sin pensarlo y corrió tras los niños riendo mientras trataba de alcanzarlos.

Emma los miraba feliz, sin darse cuenta de que una sombra se acercaba a su lado.

—Emma Bowen, ¿cómo estás?

La voz femenina sonó melosa, casi demasiado dulce.

Emma alzó la vista y se encontró con Becca Donnelly. Iba impecable, con un vestido blanco ligero, gafas de sol grandes y un bolso caro colgando de su brazo. Su sonrisa parecía cordial, aunque sus ojos sagaces se clavaron en ella con un brillo de arrogancia.

—Hola, Becca —respondió con cierta tensión.

—Imaginé que vendrías hoy al parque con los niños para que jugaran con sus nuevas raquetas, pero estoy impactada de ver a Liam aquí.

Becca lanzó una mirada hacia el césped, donde Liam jugaba con los niños. Su risa llenaba el aire y los pequeños lo seguían como si fuera un héroe invencible.

—Él siempre busca ocasiones para estar con ellos.

—Es adorable verlo con sus hijos, ¿no crees? —comentó Becca, sin ocultar su entusiasmo—. Siempre supe que sería un gran padre. Desde que lo conocí me pareció un hombre fabuloso en todos los sentidos. Te confieso que sentí mucha envidia por Vanessa.

Emma apretó los labios, algo irritada. Le incomodaban las palabras de aquella mujer, que parecían una provocación.

—Por cierto, quería invitarte a la inauguración de la nueva tienda de mi familia —continuó Becca, acomodándose el cabello con un gesto elegante—. Habrá un área especial para niños, con juegos y actividades. Sería fantástico que tú y los gemelos asistieran.

Emma arqueó una ceja, sorprendida.

—Gracias.

—Así Liam no tendrá excusa para faltar —añadió, con una risa ligera, como si no hubiese nada extraño en sus palabras—. Me encantará tenerlo allí. Hay mucha gente que se muere por verlo participar de nuevo en eventos sociales.

Emma sonrió con educación, aunque su corazón se encogió un poco. No podía decir que no, no en ese momento, pero intuía que la invitación no estaba dirigida a ella, sino al hombre que jugaba en el césped con los niños.

Becca se quedó como embobada mirando a Liam, era evidente que sentía un gran interés en él y eso le enfureció.

Marco, en cambio, parecía encantado con los nuevos datos que obtenía con aquella vigilancia. Hasta sonrió con malicia.

Una vez que llegó la hora de volver a casa, Liam se acercó a Emma con los gemelos. Los tres estaban sudorosos y con el cabello revuelto, aunque sonrientes.

Los niños se colgaban de los brazos de su padre. Al llegar a la mujer, le contaron con orgullo los logros que habían alcanzado ese día con sus raquetas.

—¡Emma, atrapé tres pelotas seguidas! —gritó Lucas.

—¡Y yo atrapé cuatro, pero una se me cayó! —reveló Matt y enseguida se carcajeó con su hermano.

Emma los aplaudió con ternura, evitando cruzar la mirada con Becca.

Esa mujer, en cambio, no perdió oportunidad para aproximarse a Liam y sostenerlo de un brazo llamando así su atención.

—Qué bueno que hayas venido, Liam. Ojalá pudieses hacerlo más seguido. Si me avisas con tiempo organizo un encuentro con nuestros amigos para charlar mientras los niños juegan.

—Gracias, Becca, pero hago un esfuerzo por conseguir horas libres en la oficina solo para jugar con ellos —explicó, mientras ayudaba a Emma y a Carmen a recoger las cosas para marcharse.

—Justo le contaba a Emma que la incluiré, a ella y a los niños, en la invitación a la inauguración de la nueva tienda de mi familia. Espero puedan venir. Habrá un área especial con juegos para los niños.

Él apenas le dedicó una sonrisa cordial.

—Ya veremos. Debo revisar mi agenda.

Becca no supo qué otra cosa decir para acapararlo. Liam cargó a los niños, uno en cada brazo y se dirigió con ellos hacia el auto junta a Emma y la niñera, despidiéndose de ella desde la distancia.

A la mujer no le gustó aquel trato distante, aunque no perdió la sonrisa. Liam siempre fue escurridizo y difícil de conquistar, pero con paciencia y determinación logró atraparlo una vez y estaba dispuesta a repetir la odisea.

No insistió en aquella ocasión porque él se había vuelto aburrido. Su mundo giraba en torno a sus hijos, a su padre enfermo y a la empresa que recién comenzaba a liderar. Ahora era más estable y seguía siendo tan atractivo y provocativo como antes. Lo quería para ella.

Emma se marchó de allí con el hombre sintiendo un ardor incómodo en el pecho. Eran celos, no podía negarlo. Becca tenía un poder especial para hacerse notar y ese día lo había usado con destreza.

Mientras Liam reía con los niños a pocos metros, Ella comprendió que debía cuidarse de esa mujer, que parecía muy determinada a meterse en sus vidas.

Capítulo 42. Un plan macabro.

Becca se esmeró por planificar una cena especial en la mansión de sus padres. Aseguró cada detalle con una precisión casi obsesiva, desde el arreglo floral en el centro de la mesa hasta la música suave que flotaba en el aire.

Ese encuentro no era una velada cualquiera, era una estrategia. Su plan para alcanzar un objetivo nacido de una obsesión: Liam Hamilton.

Camila y Julián Holt llegaron poco después de las ocho. Ella los recibió con sonrisas amplias. Una empleada tomó sus abrigos y Frances, la madre de Becca, estrechó sus manos y les dio besos en las mejillas con la elegancia de una anfitriona experimentada.

—¡Camila, Julián! —dijo John, el padre de Becca, con voz cálida—. Qué honor tenerlos en nuestra casa. Bienvenidos.

—El honor es nuestro —respondió Julián, siempre impecable en traje oscuro y con el porte altivo que lo caracterizaba.

Se acomodaron en la sala de estar para tomar un aperitivo. Entre copas de vino y pequeños bocados, la conversación giró en torno a proyectos urbanísticos.

Julián describía con entusiasmo la magnitud de las inversiones que se venían en la ciudad, oportunidades de expandir zonas residenciales de lujo y abrir espacios comerciales exclusivos.

—Con la inyección correcta de capital, esto puede ser el negocio de la década —comentó, gesticulando con su copa en alto.

—Eso es justo lo que más me interesa —dijo el padre de Becca—. Busco mover mi dinero para hacerlo crecer y contar con tu visión me da mucha ventaja.

—Hay un proyecto en especial donde están involucrados unos buenos amigos, yo pienso invertir con ellos. Podría enviarte el folder para que evalúes la propuesta.

—Me encantaría, siempre estoy a la caza de nuevas y excelentes oportunidades.

Becca escuchaba en silencio, interviniendo de tanto en tanto con una observación aguda. Sabía que el plato fuerte de la noche no estaba en los negocios, sino en la conversación que deseaba provocar luego: un estudio minucioso sobre Emma Bowen.

La cena fue servida poco después. Los platos llegaban presentados de forma impecable, acompañados de un vino tinto de cosecha especial.

Cuando ya los alimentos se fueron consumiendo y los ánimos se relajaron con ayuda del licor, ella se atrevió a tocar el tema que le interesaba.

—Esta tarde fui al parque con Grisel para pasar un rato con mi sobrina y me encontré con Liam.

—¿Con Liam? —consultó Camila desconcertada.

—Sí, me dijo que consiguió unas horas libres en la oficina para estar con los gemelos. No imaginan lo felices que estaban los niños jugando alrededor de su padre.

Julián resopló.

—Solo les concede unas horas de diversión y luego una vida de abandono.

—Pero tengo entendido que contrató a esa mujer, Emma Bowen, para que los cuidara y no estuviesen tan solos —pinchó Becca.

Julián se inclinó hacia adelante, con un gesto de molestia.

—Ella es una mujer extraña, desconocida para nosotros.

Mandé a investigarla y así supe que vivió en San Francisco antes de mudarse a Seattle seis años atrás.

No terminó la universidad porque su madre enfermó de cáncer, en Seattle halló una oportunidad en un hospital para tratarse.

En ese tiempo Emma se quedó con sus padres mientras trabajaba como encargada de una tienda de ropa, hasta que su madre se recuperó y luego se fue a vivir con un tal Marco Smith a la ciudad de Salem, en Oregon.

Becca arqueó una ceja con fingida reflexión.

—Curioso, entonces, ¿qué la trajo de regreso a San Francisco?

Camila soltó un suspiro cargado de sospecha.

—Esa pregunta produce interrogantes interesantes.

¿Qué sucedió con el tal Marco? Si Emma terminó su relación con él, ¿por qué no volvió a Seattle con sus padres?

¿Qué hace de nuevo aquí, sola, y sin ningún plan claro?

Porque nos dijo que regresó a San Francisco algo perdida y no tenía un lugar a dónde llegar. Por eso le solicitó refugio a Liam.

—Tal vez vino a San Francisco en busca de independencia y para terminar sus estudios —aventuró Becca, aunque su sonrisa delataba que había más detrás de su duda.

—¿Independencia o conveniencia? —replicó Camila, con dureza—. No me parece coincidencia que justo apareciera en la vida de Liam, un hombre viudo, con dinero y solo con dos niños pequeños.

El cuchillo de Julián chocó contra el plato con un golpecito seco.

—Es una aprovechada. No hay otra explicación. ¿Qué mujer se instala en la casa de un hombre con hijos sin la menor prudencia? Para mí es un peligro para mis nietos.

Becca bajó la mirada con un gesto calculado de modestia, aunque por dentro sonreía con triunfo. La conversación tomaba el rumbo que esperaba.

—Quizá deberían investigar a ese tal Marco Smith —sugirió John, oyendo la conversación con el ceño fruncido—.

Algo debió de suceder en Salem para que ella lo dejara y se mudara aquí, sola.

No sería raro que arrastre un historial complicado.

Pudo incluso, haberle hecho daño a ese hombre y vino a esconderse de la policía.

Los ojos de Camila brillaron llenos de temores.

—¡Exacto! Esa es la clave Julián, saber qué pasó en Salem —dijo hacia su esposo.

—Si quieren proteger a sus nietos, lo mejor es averiguar con detalle —sugirió John.

Frances, la madre de Becca asintió apoyando la idea.

—Nada da más claridad que conocer el pasado de una persona. Y si ese pasado es turbio, deben saberlo cuanto antes para así tomar sus previsiones.

Julián se reclinó en su asiento, frotándose el mentón.

—No me gusta nada esta situación. No sabemos quién es en realidad Emma Bowen, ni qué intenciones tiene. Liam es ingenuo cuando se trata de sentimientos.

Becca alzó la vista, con la expresión de quien ofrece ayuda sin pedir nada a cambio.

—Si ustedes quieren, yo podría encargarme de averiguar lo que pasó en Salem. Tengo amigos en esa ciudad, gente discreta que puede encontrar la verdad sin levantar sospechas.

Camila la miró con renovado interés, como si de pronto la muchacha se hubiese convertido en su aliada natural.

—Eso sería útil.

—Sería necesario —corrigió Julián, golpeando la mesa con decisión—. No descansaré hasta asegurarme de que esa mujer no es un riesgo para mis nietos.

Becca inclinó la cabeza, sin borrar la sonrisa.

—Entonces, lo haré. Quiero lo mejor para Liam y para los niños, al igual que ustedes.

Por dentro, la satisfacción le corría como fuego. Esa cena había sido un éxito. Ahora tenía una misión clara con el respaldo de los Holt y el apoyo de sus padres. Todo jugaba a su favor.