Capítulo 43. La propuesta.
Los gemelos se resistían a dormir. Liam y Emma los acompañaban en su habitación, entre peluches esparcidos, risas suaves y mantas de colores intentando mantener su rutina nocturna.
Él les contaba un cuento, no solo teniéndolos a ellos como oyentes atentos, sino también a Emma, que lo miraba con adoración. Fascinada por el amor que el hombre dedicaba a sus hijos.
—Papá, ¿hoy fue genial? —dijo Lucas acurrucándose junto a su padre, con una sonrisa radiante.
—Sí, papá. Fue el mejor día de todos —agregó Matt, todavía con la energía vibrando en su voz—. Tienes que venir otra vez al parque, para que juguemos juntos.
Liam acarició el cabello de cada uno.
—Claro que lo haré. Se los prometo. Habrá muchos días como este.
Los niños intercambiaron una mirada cómplice, como si su deseo hubiese sido concedido por completo.
—Y tú también, Emma —intervino Matt, y la señaló con un dedo pequeño—. Queremos que estés con nosotros.
Ella se inclinó para besar sus frentes.
—Nunca me lo perdería, cariño. Cuenten conmigo.
Las sonrisas se fueron apagando poco a poco, reemplazadas por los párpados pesados y la respiración tranquila de dos niños que, después de un día lleno de juegos, cedían al sueño.
Liam y Emma permanecieron allí, vigilantes, hasta asegurarse de que se habían sumido en un descanso profundo.
Minutos después él la tomó de la mano y la condujo con pasos sigilosos hacia el pasillo. Cerró la puerta con cuidado y, sin soltarla, la llevó hasta su habitación.
Al abrir la puerta la abrazó por detrás, llenando de besos su cuello.
—¿Ahora te toca dormirme a mí? —bromeó la mujer.
Liam subió sus caricias de su cintura y vientre hacia sus senos, que masajeó de forma seductora, apretando con sus dedos las puntas ya erguidas.
—No enseguida. Primero voy a hacerte mía —le susurró, con esa mezcla de autoridad y ternura que le era tan propia.
Emma lo siguió con el corazón latiendo un poco más rápido. Apenas entraron, Liam cerró la puerta y la atrajo hacia sí, besándola con un hambre que había contenido todo ese día.
Sus labios se encontraron en un roce primero suave, luego más profundo, mientras sus manos recorrían la silueta de ella, marcando cada caricia como si quisiera dejar huella.
La llevó a la cama, sin apartar los ojos de los suyos. La desnudó con lentitud, como quien está abriendo un regalo lleno de ilusión, quitando poco a poco el papel que lo envuelve y sabiendo que dentro se encuentra lo que tanto había deseado.
Le hizo el amor sin apuro, con embestidas firmes y constantes. No se detuvo hasta hacerla llorar por el placer y suplicarle por más, escuchando de sus labios su nombre susurrado entre gemidos.
La hizo sucumbir en un orgasmo devastador que de forma inevitable atrajo el suyo. Él tuvo que hundir el rostro en el cuello de ella para ahogar un grito de goce, en el momento en que comenzó a derramarse dentro de la mujer.
Tardaron varios minutos en recuperarse de aquella poderosa descarga. Ambos se sintieron consumidos por las llamas que los habían abrigado.
Emma abrazó a Liam como si no quisiese dejarlo ir. Acarició su espalda y su nuca, complacida por sentir su peso encima de su cuerpo, su carne aún dentro de la suya y su corazón palpitando con energía junto al suyo.
—Quiero preguntarte algo —dijo él con voz baja cuando recuperó la coordinación de sus pensamientos y casi como si temiera romper la magia de aquel instante.
—¿Qué sucede? —respondió ella con los ojos cerrados, disfrutando de los restos del amor que se habían regalado.
Él se incorporó, apoyándose de sus codos para así verla a la cara y aún sin salir de ella. No quería dejarla aún.
—¿Qué te ha parecido convivir con los niños?
Emma no tardó en responder, aunque sus mejillas se tiñeron de un rubor suave.
—Son fascinantes. Divertidos, inteligentes y tan cariñosos que es imposible no enamorarse de ellos. Los amo, Liam, de verdad.
Esas palabras a él lo golpearon directo al corazón. No pudo evitar sonreír con esa sonrisa sincera que pocas veces mostraba. La besó en la frente, conmovido por la confesión.
—Eso me hace muy feliz —susurró—. Más de lo que puedes imaginar.
Hubo un silencio breve, cargado de un significado que flotaba en el aire. Liam la besó en los labios por largo rato, antes de mirarla con seriedad.
—Emma, quiero que nos casemos.
Ella lo vio con incredulidad. El corazón se le detuvo un segundo.
—¿Casarnos? —repitió, como si necesitara asegurarse de haber oído bien.
—Sí —respondió él con firmeza—. Quiero que vivamos juntos de forma definitiva. Que seamos una pareja estable, sin dudas ni sombras. Quiero que los niños sepan lo que pasa entre nosotros y que tengan la seguridad de que esta es su familia.
La mujer bajó la mirada, sus dedos repasaban nerviosos la clavícula del hombre.
—No sé, Liam… —murmuró—. Tus suegros no me aceptan. Camila y Julián jamás querrán que me quede aquí.
Él salió con cuidado de su interior, se ubicó a su lado y le acarició el rostro con una mano obligándola a mirarlo.
—No quiero que pienses en ellos. Solo en nosotros y en los niños. Que tomes esta decisión en base a lo que sucede entre nosotros cuatro. Los demás tendrán que acostumbrarse.
Ella tragó saliva, sintiendo que un nudo se formaba en su garganta.
—No es solo ellos, también está Marco. Su acecho me perseguirá siempre.
Liam endureció la expresión.
—No ha vuelto a aparecer. Quizás se cansó y decidió seguir con su vida.
Emma negó con la cabeza, los ojos le brillaban por la preocupación.
—No, Liam. Él no es de rendirse con facilidad. Lo conozco. Acecha en silencio y eso me aterra.
Él la abrazó con fuerza, como si pudiera protegerla con la sola presión de sus brazos.
—Si estás bajo mi protección, como mi esposa, Marco jamás podrá hacerte nada.
—Pero…
—Escúchame —la interrumpió, con voz grave, y la observó con fijeza—. Si eres mi esposa, él no tendrá ningún poder sobre ti. Estarás por completo a salvo conmigo. Jamás podrá alcanzarte, ni lastimarte.
Emma se sintió atrapada entre el miedo y la esperanza. Quería estar con él, no deseaba apartarse de su lado, ni de los niños. Ellos eran su paz, su alegría y sus ganas por seguir adelante olvidando el pasado.
Liam no le dio tiempo a dudar más. La besó de nuevo, esta vez, con insistencia, con la pasión de quien quiere borrar todas las sombras de la mente de la persona amada.
Sus manos recorrieron su cuerpo con ternura y decisión, arrancándole suspiros que poco a poco iban desarmando sus resistencias.
—Cásate conmigo —susurró contra sus labios—. Hazme el hombre más feliz del mundo.
Ella cerró los ojos, intentando luchar contra la avalancha de emociones. El recuerdo de Camila y Julián, la sombra de Marco y la inseguridad de no pertenecer del todo se le mezclaba con la calidez de los niños, con la certeza de que los amaba y con el fuego en el pecho que Liam le provocaba.
—Emma… —insistió él, acariciándole el rostro, con un hilo de voz suplicante—. Dime que sí.
El corazón de ella se rindió.
—Sí —murmuró, casi temblando—. Sí quiero casarme contigo.
Liam exhaló un suspiro de alivio y dicha. La abrazó y la giró para ponerla encima de él, con una risa que rara vez dejaba escapar. Sus ojos brillaban llenos de un amor intenso, casi feroz.
—No sabes lo feliz que me haces —dijo y la besó con devoción, como si quisiera grabar aquel momento en la eternidad.
Ella sonrió, atrapada entre sus brazos. Lo amó una vez más permitiéndose soñar que podía tener un hogar, una familia y un futuro sin sombras.
Aun cuando sabía que sería difícil que los Holt la aceptaran y que Marco no había desaparecido, esa noche eligió creer en las promesas de Liam, en la fuerza de sus palabras y en la protección que le ofrecía.
Los dos, enlazados en un abrazo que era tanto refugio como declaración de guerra contra cualquier amenaza, se devoraron una vez más encendidos por la llama de la dicha.
Estaban dispuestos a ganarle esa batalla al destino, sin permitir que volviera a separarlos.