Una madre para mis gemelos Capítulo 40. Perder el miedo.
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Capítulo 40. Perder el miedo.

Al día siguiente, en la tarde, Emma ajustó la gorra de Matt y peinó con rapidez el flequillo rebelde de Lucas mientras revisaba que en la mochila llevara suficiente agua y toallas pequeñas. La mañana estaba soleada, perfecta para visitar el parque.

Carmen terminaba de preparar unos bocadillos en la cocina y los choferes esperaban en la entrada, pero el móvil de Emma vibró sobre la mesa apareciendo el nombre de Lidia en la pantalla. Ella respondió de inmediato.

—¡Lidia! —saludó con entusiasmo, colocando el manos libres para poder seguir ayudando a los niños mientras hablaba.

—Amiga, estoy que no puedo más —exclamó con voz risueña—. ¡Mañana es el gran día! ¿Puedes creerlo?

—¿Cómo crees que voy a olvidar el encuentro con Jason Graham?

Emma sonrió mientras ajustaba los cordones de los tenis de Lucas.

—¡Sí! —rió Lidia, casi gritando—. Me visitó dos veces esta semana en el consultorio. Me llevó galletas, chocolates y flores. ¡Es tan atento! Y me dijo que está ansioso por conocerlas.

—Me alegro tanto por ti, Lidia. Me encanta escucharte tan feliz. Ojalá ese hombre sea lo que esperas.

—Lo es, Emma, lo presiento. Me hace sentir como una reina —confesó, con voz soñadora—. Creo que me estoy enamorando.

Emma no pudo evitar sonreír.

—Pues espero que mañana todo salga perfecto. Yo estaré allí, cruzando los dedos.

—Gracias, amiga. Tú también mereces una oportunidad en el amor. ¿Cómo van las cosas con Liam?

Emma se detuvo un segundo mientras veía a los niños correr en busca de sus nuevas raquetas de velcro y de las pelotas.

—Con él y los niños todo es maravilloso, pero hay muchos obstáculos que espero podamos sortear. Ya te contaré. Ahora debo salir, los niños están listos para ir al parque.

—¡Disfruta! Luego me cuentas —dijo Lidia, y colgaron.

Emma guardó el móvil, sintiendo una mezcla de felicidad por su amiga y cierta inquietud que no alcanzaba a explicar. Tenía un mal presentimiento apretándole el pecho, que procuraba ignorar para no seguir empañando sus días. Ya estaba harta de las preocupaciones.

Mientras tanto, en el centro de la ciudad, Liam cerraba la carpeta del contrato que había estado revisando. Trabajó sin parar toda la mañana con un solo objetivo: hallar tiempo para estar en casa durante la tarde para así compartir con Emma y con sus hijos.

Terminaba de poner orden en su escritorio cuando la puerta se abrió y apareció Darryl con una ligera cojera, aunque con las energías renovadas.

—¿Ya estás de vuelta? —preguntó Liam con una media sonrisa.

—Más o menos. Ya era hora de dejar la cama —respondió Darryl mientras se aproximaba a su amigo—. ¿Y tú? Se nota que estás cerrando todo con prisa.

—Quiero ir a casa temprano y así acompañar a los niños al parque.

Darryl arqueó una ceja.

—¿Al parque?

Liam dudó un segundo, luego se inclinó hacia él.

—¿Recuerdas a Becca Donnelly?

Darryl hizo un gesto exagerado con las manos, delineando un busto generoso.

—Cómo olvidarla —expresó sonriente.

—Ayer se presentó en mi casa. Descubrió que Emma vive conmigo y fue de visita para saber más de ella, pero se encontró con mis suegros que estuvieron visitando a los gemelos.

El rostro de Darryl se estiró con preocupación.

—Oh, vaya. Emma debió sentirse como si estuviese frente a un pelotón de fusilamiento.

Liam comprimió el rostro en una mueca.

—La trataron muy mal, como si fuese una empleada más, sin derecho a nada. Cuando llegué tuve que ponerme firme para evitar que la siguieran humillando, pero estoy seguro de que Becca se aparecerá hoy por el parque para incomodarla, sabes cómo es esa mujer de ponzoñosa. No pienso dejar que lo haga.

Darryl lo observó en silencio unos segundos, sorprendido por la dureza en su tono.

—Veo que Emma te importa más de lo que crees. Eres capaz de dejarlo todo a medias por ir a socorrerla.

Liam lo miró, impactado por lo directo de sus palabras.

—Ella me importa, Darryl. Mucho. Casi tanto como mis propios hijos.

La sinceridad de esa confesión lo golpeó a sí mismo.

Darryl asintió despacio, como reconociendo que ya no había vuelta atrás.

—Entonces, no la dejes sola, amigo. Ve con tu… familia —soltó, sonriente—. Quería pedirte que me facilitaras ese proyecto que te presentó Julián Holt.

Liam se detuvo un momento, mostrándose confuso.

—¿Proyecto?

—Sí, ayer cuando hablamos por móvil me contaste que él te había propuesto incluirte en un proyecto urbanístico a cambio de la custodia de tus hijos. No había escuchado nada sobre ese plan y me produjo mucha curiosidad. Quiero revisarlo.

Liam abrió uno de los cajones de su escritorio y extrajo el folder que su suegro le había dejado sobre aquel tema.

—Aquí está. Solo es otro de sus intentos para manipularme y meter las manos en mi vida. No pienso trabajar en eso.

Darryl lo tomó con gesto serio.

—Déjamelo. Solo quiero echarle un ojo. Un proyecto de esta magnitud debería estar resonando en los medios, o al menos, en el ambiente donde nos desenvolvemos, pero estuve preguntando y nadie sabe nada de este asunto.

Liam asintió, sin darle importancia. Su prioridad en ese momento era estar con los suyos y proteger lo que con tanto esfuerzo construía.

—Espero lo disfrutes —bromeó, antes de tomar su abrigo y caminar hacia la puerta.

***

Emma llegó al parque con los gemelos, Carmen y los choferes. Estos últimos se ubicaron en los alrededores, tratando de no hacerse notar entre la gente.

El sol caía con fuerza, pero la brisa fresca hacía agradable la tarde. Los niños corrieron hacia los columpios mientras ella y Carmen extendían una manta en la hierba.

—¡Emma, mírame! —gritó Lucas desde lo alto de la resbaladilla.

Ella sonrió y agitó la mano. Cuando él se lanzó y llegó abajo, aplaudió en celebración. Eso lo animó a lanzarse de nuevo, acompañado por otro compañerito.

Matt conversaba con dos niños con los que antes había jugado en ese lugar, mostrándoles sus nuevas raquetas y enseñándoles a usarlas.

—Ya están más sueltos —opinó Carmen, recordando que el primer día les había costado apartarse de su lado.

—Comienzan a sentir al parque como una zona conocida. Eso les trasmite confianza.

—Ha sido muy buena idea traerlos. Me alegro que se haya puesto firme con el señor y lo convenciera de dejarlos venir más a menudo.

Emma respiró hondo.

—Esta salida nos está sirviendo a todos, no solo a los niños. Yo también necesitaba empezar a confiar en el mundo que me rodea para superar mis temores.

Recordó los días en que solía quedarse encerrada en la casa, mirando con nerviosismo por la ventana y sobresaltándose ante cada ruido que se producía en el exterior.

El miedo a que Marco apareciera y destruyera esa vida alegre y llena de amor que había encontrado la tuvo paralizada, pero poco a poco comenzaba a soltarse. Se permitió relajarse para disfrutar de esos bellos momentos.

El problema era que se sentía tan segura que dejó de ser precavida. Ya no oteaba los alrededores ni miraba a la cara a la gente que se encontraba cerca. Por eso no se había percatado que a pocos metros de distancia un hombre de cabellos claros y ojos azules la observaba con frialdad.

—Mira como sonríes, maldita zorra —susurró Marco con rabia sentado en una banca junto a un puesto de venta de dulces, semicubierto por niños, padres y tutores—. Cuando te ponga las manos encima te borraré esa felicidad del rostro.

Su amenaza no fue escuchada ni sentida, eso le concedió una ventaja, aunque la furia por no poder acercarse a Emma y terminar ya con aquel asunto lo carcomía.

Se percató de la presencia de los dos vigilantes armados, que, aunque se encontraban un poco apartados se mantenía alertas. No iba a poder solo con esos dos y menos, en medio de un parque rodeado por policías.

Aunque la furia lo devoraba, debía ser paciente. Pronto llegaría su hora de actuar.