Capítulo 21. Darse una oportunidad.
Emma se levantó temprano, todavía con una sensación agridulce en el pecho. El día anterior no pudo hablar con Liam sobre lo conversado con sus suegros, porque él enseguida tuvo que irse al trabajo y llegó tarde, muy cansado. No quiso agobiarlo con preocupaciones.
Pero esa mañana necesitaban hablarlo, a pesar de que aquel sería un día agitado por la salida que tenían preparada al parque Buckeye Flat, donde pasarían un fin de semana de tranquilidad.
El aroma del café la guió hasta la cocina, allí los gemelos se encontraban discutiendo sobre los juguetes que debían llevar al viaje. La niñera intentaba contenerlos, aunque en vano.
—¡Yo llevo el dragón rojo! —gritó Lucas, sosteniendo un muñeco de goma como si fuese un trofeo.
—No, yo lo pedí primero, papá lo dijo ayer —protestó Matt, cruzando los brazos.
Emma apareció en el umbral y ambos niños se abalanzaron hacia ella como si fuera la jueza suprema del conflicto.
—¡Emma, dile que es mío! —exigió Lucas, jalando su vestido.
—¡No, Emma, dile que es mío! —replicó Matt con ojos suplicantes.
Ella se agachó, riendo, atrapando a cada uno con un brazo.
—A ver. Si seguimos así, el dragón tendrá que quedarse en casa castigado.
Los gemelos se miraron, sorprendidos.
—Pero queremos llevarlo —se quejó Lucas.
—No puede quedarse aquí, solo —se angustió Matt.
—Entonces, tendrán que turnárselo. El plan es divertirnos en el parque, no discutir por culpa del dragón.
Aunque al principio los gemelos tuvieron recelo por la propuesta, acordaron turnarse el juguete durante el viaje con horarios específicos. La niñera suspiró aliviada.
Fue entonces cuando Liam apareció, impecable, con una camisa de algodón que se amoldaba a su torso y el cabello todavía húmedo de la ducha. Traía bajo el brazo una guía de parques y una sonrisa contenida.
—Así que aquí está el comité de organización —dijo, acercándose—. ¿Listos para nuestra escapada al Buckeye Flat?
—¡Sííí! —gritaron los gemelos al unísono.
Emma sintió que el entusiasmo la envolvía, aunque había una sombra que no lograba disipar: las palabras que Julián, el abuelo de los niños, le había dirigido.
«Los niños se encariñan fácil. Y después sufren el doble cuando las personas desaparecen».
No quería que ellos sufrieran, se estaba apegando a esos chicos, quizás más de lo que ellos podían sentir por ella. Pero su vida aún era un caos. Debía estabilizarla antes de tomar alguna decisión trascendental.
A pesar de sus inseguridades, se obligó a sonreír.
—¿Cuándo saldremos? —preguntó hacia el hombre.
—Después de desayunar —respondió Liam, y desplegó la guía sobre la mesa—. Reservé una cabaña cerca del río, aunque dormiremos afuera, en carpas, para que sea más divertido.
—¡Sííí! —exclamaron los gemelos y comenzaron a dar saltos de triunfo alrededor de la mesa.
—Hay senderos fáciles para caminar, un espacio para fogatas y un claro donde suelen aparecer ciervos.
Emma sonrió con nostalgia y compartió una mirada con Liam al recordar ambos la experiencia pasada: los besos, abrazos y los muchos «te amo» que se dijeron mientras hacían el amor con la naturaleza como testigo.
Luego de desayunar se dispusieron a recoger lo necesario para el viaje, como ropa abrigada para la noche, repelente, linternas y botiquín. Mientras los gemelos agregaban ideas disparatadas, como un telescopio para ver dragones en el cielo, un maletín de superhéroes y una caja entera de galletas.
Liam, entretanto, hacía llamadas rápidas a la oficina dejando las últimas instrucciones. Cada vez que colgaba, su mirada volvía hacia ella, como si buscara asegurarse de que estaba bien y seguía allí, con ellos.
En un momento, mientras doblaban mantas en la sala, Emma se armó de valor para tocar el tema pendiente.
—¿Qué sucedió con tus suegros ayer? —dijo en voz baja, cuidando que los niños estuvieran ocupados con la niñera. Liam respiró hondo y sus labios se apretaron por el enfado—. Lo lamento, Liam —expuso apenada—. No quiero ser un problema en tu casa.
—Emma, no eres un problema.
—Tus suegros no lo ven así —insistió ella, con el corazón apretado—. Y no quiero que esta situación complique tu vida o afecte a los niños.
Liam dio un paso hacia ella, bajando la voz.
—Mis suegros no deciden por mí. Yo quiero que estés aquí y los niños también. ¿Sabes la emoción con la que se levantaron hoy solo porque saben que vienes con nosotros al parque? —Su gesto se suavizó, aunque en sus ojos brillaba la firmeza—. Nadie me hará cambiar de idea.
Emma tragó saliva, emocionada y a la vez temerosa.
—Pero la discusión de ayer…
—Déjame a mí manejar a mis suegros —interrumpió él con calma—. No voy a permitir que sus miedos se conviertan en nuestras cadenas.
Ella bajó la mirada, luchando contra la mezcla de gratitud y vergüenza. Era difícil no sentirse culpable, como si trajera consigo la sombra de Marco a cada lugar.
Liam le tomó la mano, un gesto cálido que la ancló.
—Escucha, pasaremos este fin de semana con los niños en paz. Quiero que te concentres en eso. Solo en eso. ¿Entendido?
La mujer asintió, sintiendo un nudo en la garganta.
—Gracias por organizar todo esto —murmuró.
Él sonrió con ternura y le acarició una mejilla.
—Es lo menos que merecemos. Todos necesitamos un respiro.
Emma pensó en lo mucho que había cambiado su vida en pocos días. De estar escondida en el departamento de Lidia y Carla, a ser recibida con dibujos, flores y helados por dos niños que ahora la abrazaban como si siempre hubiese estado allí, disfrutando de un amor que nunca debió abandonar.
Aunque de nuevo, la inquietud le atravesó el pecho.
¿Cuánto duraría esa calma antes de que Marco volviera a aparecer?
Liam percibió su silencio y la tomó por la barbilla para alzarle el rostro.
—¿Qué te preocupa ahora?
—Que este asunto con tus suegros sea solo el comienzo —confesó con voz apenas audible—. No quiero que termines peleando con ellos la custodia de los niños por mi culpa. Me creen un peligro para la estabilidad de tus hijos.
—Emma, llevo dos años peleando con ellos por la custodia de mis hijos.
Desde que murió mi esposa no se han detenido, unas veces más y otras menos.
No creas que lo que pasa ahora es tu culpa, ellos siempre encontrarán una excusa para intentar llevarse a los niños.
Sienten que ellos son lo único que les queda, lo que quedó de una hija a la que nunca pudieron entender.
—No quiero darles excusas.
—Lo quieras o no, la tomarán, pero eso no me detendrá. Te quiero aquí, conmigo y con mis hijos. Y no pienso dejar que alguien me lo impida.
Ella parpadeó, sorprendida por lo directo de sus palabras. Él sonrió de medio lado y volvió a acariciarle la mejilla con suavidad.
—Deja de preocuparte tanto, ¿sí? Vamos a disfrutar de este día, porque los cuatro lo merecemos —añadió, y antes de que ella pudiera responder, besó su frente con ternura.
Emma cerró los ojos un instante dejando que esa calidez la envolviera. Quizá era cierto y debía permitirse disfrutar, aunque el mundo afuera siguiera siendo un lugar incierto.
Al tener todo listo, los gemelos ayudaron a guardar mochilas y linternas en el baúl del auto, emocionados por el viaje.
Y llevaron consigo en el asiento trasero sus muñecos y un cuento que Emma había encontrado en internet, sobre dragones que vivían en bosques encantados y protegían a los ciervos de los cazadores.
Se los imprimió junto a varias hojas con dragones, ciervos y cazadores para colorear. Aquel material para ellos era como un tesoro.
Mientras la mujer se aseguraba que la comida y las mantas estuviesen en el baúl, Liam apareció. Él le estuvo dando instrucciones a los vigilantes.
La miró como si quisiera grabar en su mente esa imagen de ella con el rostro iluminado por la alegría.
—¿Lista para la aventura? —preguntó conmovido.
Emma sonrió con timidez.
—Lista —expresó, aplicando la mayor determinación posible.
No quería que la sombra de Marco o la desaprobación de los suegros rompieran su ilusión. Deseaba intentarlo, estaba dispuesta a poner su mayor esfuerzo para que aquello funcionara.