Capítulo 20. Un misterioso visitante.
Lidia ya había cerrado el libro de turnos, la clínica odontológica esa tarde estaba en sus últimos minutos de movimiento.
Había sido un día agitado, con revisiones, urgencias de ortodoncia y llamadas que parecían no acabar nunca. Se acomodó el guardapolvo blanco, apagó el monitor y suspiró, lista para irse.
Soñaba con llegar a su departamento, darse un baño con agua tibia y ponerse ropa cómoda. Lo mejor de las jornadas de trabajo era el momento en que terminaban.
Estaba guardando unos documentos en el archivo cuando la puerta de la recepción se abrió con un sonido seco. Ella levantó la vista, sorprendida.
Un hombre alto, de cabello castaño claro y ojos azules, entró con un aire desenfadado. Vestía una chaqueta gris y llevaba un maletín en la mano. Sonrió como si no advirtiera lo inoportuno de su visita.
—Disculpe, ¿todavía atienden? —preguntó, con aire desconcertado.
Lidia esbozó una sonrisa profesional, aunque por dentro bufaba.
—La clínica ya está cerrando, señor. ¿Necesita turno?
Él se acercó al mostrador con calma.
—Sí. Busco un odontólogo pediátrico para mi hijo. Tiene seis años y… —se inclinó con una media sonrisa—, digamos que los dulces lo han vencido.
Lidia soltó una risa breve, más por cortesía que por gracia.
—Lo entiendo, suele pasar. Puede dejar sus datos y lo llamaremos mañana para darle turno.
El hombre chasqueó la lengua, fingiendo decepción.
—Oh, pensé que quizá me salvaría el día con algo más concreto. —Luego, bajó la voz, como si compartiera un secreto—: ¿Sabe lo difícil que es mantener a una exesposa contenta? Si no le doy una respuesta esta noche, juro que me monta una protesta.
La sonrisa de Lidia se aflojó. Había algo en el tono juguetón de aquel hombre que le restaba frialdad a la situación.
—El odontólogo pediátrico está en la lista de especialistas, pero no puedo darle turno sin revisar el computador —explicó ella, cediendo un poco—. Y ya lo apagué porque estoy de salida. Si me deja sus datos, mañana reviso y le paso mensaje con la fecha y hora de la cita médica.
—¡Ah! —El hombre se golpeó la frente con teatralidad—. La burocracia me persigue hasta aquí.
Ella no pudo evitar reír.
—Lo siento.
—¿Me aceptara un soborno?
Lidia lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Un soborno?
Él revisó su maletín y sacó un paquete de galletas de fresas y miel que sabía que le gustaban. La había visto comprar en varias ocasiones uno de esos antes de entrar en el consultorio, que comía como snack.
—Algo para que se anime a encender de nuevo el computador.
Lidia amplió los ojos en toda su extensión al ver las galletas, aquellas eran sus favoritas. ¿Cómo ese hombre podía saberlo?
Se inquietó, aunque la sonrisa chispeante del sujeto y su expresión de súplica la calmaron. De seguro era una casualidad.
—Por favor. Estoy todo el día de un lado a otro, trabajando, y me cuesta ocuparme de las cosas de la casa, por eso mi mujer me echó. Solo necesito una fecha y una hora para calmar sus insistencias, por eso le ofrezco este paquete de galletas que compré para que fuese mi cena.
Ella arqueó las cejas.
—¿Me da su cena como soborno para que le dé una cita ahora mismo?
—Puedo ir a comprar otro si lo prefiere.
Lidia observó mejor al sujeto. Era atractivo y muy gracioso y, aunque resultaba evidente que era un desastre, no pudo evitar conmoverse por su situación. Así que encendió de nuevo el computador.
—Bueno, haré una excepción solo por esta vez.
Él sonrió con amplitud.
—Es la persona más bondadosa que he conocido. —Lidia resoplo, aunque igual mostró una gran sonrisa—. Y eso me da la excusa perfecta para agradecerle de forma más cordial.
—No hace falta.
—Por ángeles como usted sí hace falta —replicó él, inclinándose con esa voz firme, como si se hubiese entrenado en la seducción—. No todos se quedan unos minutos más por un padre despistado.
Ella acomodó unos papeles nerviosa mientras se sentaba en su silla, preguntándose qué hacía aún allí.
Algo en él le atraía, quizás esa confianza tranquila, ese modo de parecer cercano sin rozar lo invasivo.
—Me da su nombre, por favor —pidió ella.
—Jason Graham. —Lidia lo miró de reojo deslumbrándose con el brillo de sus ojos azules— ¿Hace cuánto vive en la ciudad? —quiso saber él de pronto, con naturalidad.
—Toda la vida.
—Perfecto, entonces es usted la persona indicada para recomendarme lugares decentes donde pueda llevar de paseo a un niño de seis años. Porque, le advierto, si llevo a mi hijo a uno malo, me lo echa en cara durante semanas.
Ella soltó otra carcajada, sorprendida por lo ligera que se sentía la conversación. Jason era simpático y tenía una manera de mirarla que la hacía sentir especial.
—Hay un parque cerca de aquí, pero no sé si tiene el sello de aprobación de un niño exigente —respondió con complicidad.
—Entonces tendré que invitarla antes para que me acompañe y lo verifique. ¿Tiene algún café cerca? ¿O usted es de las que prefiere los helados?
La pregunta le salió tan natural que Lidia se quedó en silencio unos segundos.
Él levantó las manos con gesto de disculpa.
—No quiero sonar atrevido, lo juro. Solo… —su mirada se suavizó—, me vendría bien un poco de guía en esta ciudad y usted parece la mejor opción.
Lidia tragó saliva. Hacía mucho que no recibía una atención tan directa, tan distinta a las conversaciones monótonas de pacientes y colegas. Sintió calor en las mejillas.
Detrás de aquella máscara de cortesía y ojos azules, falsamente amables, Marco evaluaba cada gesto de la mujer. Había ensayado su nuevo nombre y su nueva historia para acercarse.
Necesitaba a Lidia para que fuese un puente hacia Emma.
—¿Cómo se llama su hijo? —preguntó Lidia entrando en el sistema de turnos.
—Matthew Graham —respondió él sin titubear—. Es lo mejor que tengo. Se levanta antes que yo cuando se queda conmigo, exige tostadas quemadas y tiene una sonrisa que me derrite. Incluso cuando me deja en bancarrota en caramelos.
Lidia sonrió, imaginando la escena. Le encantó que fuese un padre entregado a pesar de sus limitaciones por el trabajo y que hablara del niño con tanta ternura. Suponía que lo quería tanto que era capaz de hacer sacrificios por él.
—Debe ser encantador —dijo ella. Sin imaginar que aquel niño en realidad no existía, así como tampoco la dulzura y entrega del supuesto Jason Graham, solo la maldad calculadora de Marco.
—Lo es. Por eso quiero lo mejor para él —añadió bajando el tono, como si dejara escapar una confidencia—. Y me parece que usted también quiere lo mejor para la gente que quiere. Eso se nota.
La frase la desarmó.
—Sí, me gusta darle lo mejor a la gente que quiero.
—¿Vive con sus padres?
—No, ellos fallecieron hace mucho y mi hermano se casó y vive en otra ciudad. Pero vivo con unas amigas a las que quiero como hermanas.
Marco la observó con detenimiento. Cada gesto de Lidia, cada palabra, cada brillo en los ojos lo guiaba en su estrategia. Si lograba que confiara en él, pronto sabría lo que necesitaba: cómo, cuándo y dónde Emma salía de la casa donde se refugiaba y con quién estaba viviendo allí.
La conversación se extendió por casi veinte minutos más, entre bromas, anécdotas falsas y comentarios sobre la ciudad. Cuando Lidia apagó de nuevo el computador y se levantó, Jason lo tomó como una señal para retirarse.
—Gracias por todo, de verdad. Has salvado mi vida. —Ella sonrió guardando el paquete de galletas en su cartera—. ¿Puedo volver a pasar un día de estos? Sin que tenga algo que ver con odontólogos o turnos de última hora.
Lidia dudó, aunque la emoción por la oportunidad de comenzar algo nuevo e interesante la animó a asentir.
—Claro, pasa cuando gustes.
—Lo haré. —El hombre sonrió, inclinando la cabeza con galantería—. Hasta entonces.
Ella lo vio salir por la puerta con una mezcla de intriga y sonrojo. Hacía tiempo que nadie lograba retenerla después de su jornada. Por alguna razón ese tal Jason había conseguido que dilatara su tan ansiado regreso a casa.
Ya fuera del edificio, Marco encendió un cigarrillo y se permitió sonreír bajo la máscara del encantador Jason Graham.
«Ya abrí la primera puerta», pensó.
Lidia no sospechaba nada. Muy pronto, a través de ella, tendría en sus manos la información que tanto ansiaba sobre Emma.