Capítulo 18. Juicio feroz. #2
El almuerzo comenzó con la cordialidad rígida de una reunión diplomática. Emma sirvió los platos con ayuda de la niñera, los gemelos charlaban animados sobre sus juegos en el patio y los adultos mantenían sonrisas incómodas.
—Quedamos sorprendidos al encontrar a Emma aquí —comentó Camila en una ocasión.
—Ella ha sido muy amable con los niños —respondió Liam—. Han logrado gran afinidad.
—Sí, lo hemos notado —dijo Julián, mientras cortaba la carne con movimientos exactos—. Están encantados con ella.
El tono, sin embargo, llevaba una advertencia velada.
—Son niños, se encariñan fácil —añadió Camila antes de tomar un poco de vino.
Emma bajó la vista al plato. Sentía la punzada de esas palabras como si hubiesen sido lanzadas para herir sin levantar la voz.
Liam respiró hondo y sonrió, decidido a no permitir que la mesa se convirtiera en un campo de batalla.
—Encariñarse no tiene nada de malo. Les hace bien tener a alguien que los acompañe. Ustedes mismos exigen eso desde hace mucho.
Camila lo observó con odio, pero los gemelos, ajenos a la tensión, decidieron intervenir.
—Emma nos prometió leernos un cuento nuevo después de la siesta —comunicó Lucas.
—Y nos ayudará a hacer una casita para las ardillas con cartón —agregó Matt.
—Ah, ¿sí? —comentó Liam, acariciándoles el cabello—. Entonces, tendrán una tarde bastante ocupada.
—Y hoy también vamos a hacer panqueques —informó Lucas.
—Emma nos enseñó a hacer panqueques de avena y banana sin quemar la cocina —dijo Matt hacia sus abuelos y ambos gemelos rieron con sonoridad por la ocurrencia.
Camila mostró una sonrisa tensa, aunque luego apretó los labios para contener un comentario y no empañar la alegría de sus nietos. Julián le lanzó una mirada cómplice, como si acordaran hablar más tarde del asunto, lejos de los oídos pequeños.
El resto de la comida se desarrolló en frases cortas y silencios largos de los adultos, mientras los niños hablaban sin parar de las cosas divertidas que hacían con Emma en casa.
Cuando terminaron, la niñera tomó de la mano a los gemelos.
—Vamos, hora de la siesta.
Ellos la soltaron y corrieron hacia Emma.
—Ven con nosotros —pidieron y la arrastraron hacia las escaleras.
Ella se dejó llevar. Aunque, antes de irse, miró hacia Liam con una expresión de urgencia, advirtiéndole que tuviese cuidado.
Él asintió, como si le hubiese entendido. Comenzaban a comunicarse entre ellos sin necesidad de palabras.
Apenas los pasos de los niños se apagaron en el pasillo, Julián se aclaró la garganta.
—Tenemos que hablar, Liam.
—Lo suponía —respondió él con calma y se levantó de la mesa—. Vamos a mi despacho para tener más privacidad.
Camila lo siguió en silencio, con el rostro pétreo.
El despacho de Liam, amplio y ordenado, parecía estrecharse con la tensión que mantenían los tres. Él se acomodó tras el escritorio, mientras que sus suegros decidieron mantenerse de pie frente a él, como si fuesen fiscales listos para emitir una acusación.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó Julián con voz grave—. ¿Por qué esa mujer vive en esta casa?
—Porque ella es mi amiga y necesita un lugar donde quedarse mientras organiza su vida —contestó Liam sin rodeos—. Está pasando por un momento difícil y yo puedo ayudarla.
—¿Y pensaste en tus hijos? —intervino Camila, alzando un poco la voz—. ¿En lo que implica meter a una desconocida en sus vidas?
Liam la miró con fijeza.
—No es una desconocida. La conozco desde hace mucho, sé que es una persona honesta, respetuosa y atenta. Además, los niños la conocieron antes de que se instalara en la casa.
Camila titubeó, pero Julián avanzó un paso.
—Aunque la desde la universidad, eso no cambia lo fundamental: no es seguro. Los niños necesitan estabilidad, no que alguien entre y salga de la casa como si nada.
—Emma no «entra y sale» —dijo Liam, con tono firme—. Está aquí porque yo lo decidí.
Hubo un silencio pesado. Camila cruzó los brazos, la indignación reflejada en cada gesto.
—¿Y cuándo pensabas decirnos? —preguntó—. ¿O acaso crees que como abuelos no tenemos derecho a opinar?
—Opinar sí —respondió Liam—. Decidir, no.
Las palabras quedaron flotando en el aire, filosas.
—¿Sabes lo que parece esto? —espetó Julián—. Que estás tomando decisiones guiado por impulsos, no por lo que es mejor para tus hijos.
Liam apretó los puños sobre el escritorio, respirando hondo para no estallar.
—¿Impulsos? —repitió, con una sonrisa amarga—. ¿Es un impulso querer tenderle la mano a un amigo que en el pasado fue cercano a mí? ¿Es un impulso permitir que mis hijos disfruten de algo nuevo y divertido?
—Ella es una mujer desconocida —dijo Camila con dureza—. Pronto se irá y ellos quedaran con un vacío más grande del que tienen ahora. ¡Mira cómo se han apegado a ella! —se quejó—. Los gemelos necesitan de alguien estable, con quien puedan comprometerse.
Liam se inclinó hacia adelante, con la mirada encendida.
—¿Cómo piensan que voy a encontrar a una mujer que quiera comprometerse con mis hijos si no la dejo entrar en mi vida?
Ustedes siempre recalcan que los gemelos necesitan de una figura materna estable, capaz de llenar ese vacío que les quedó luego de la muerte de Vanessa.
¿Cómo piensan que la hallaré? ¿Poniendo un anuncio en los diarios?
Julián y Camila intercambiaron una mirada sorprendida, como si no esperaran que él trajera esas palabras de vuelta.
—No pensamos en… eso —balbuceó Camila.
—Pues aquí estamos —replicó Liam—. Emma está en mi casa hallando el refugio que necesita, al tiempo que cuida de mis hijos y les da alegría.
Si veo que la conexión entre ellos funciona podría proponerle que se quede de forma definitiva, por eso no voy a permitir que la juzguen como si ella fuese una amenaza.
Fueron ustedes quienes me dieron esta idea.
El silencio se instaló como un peso insoportable.
Julián decidió aportar algo más, hablando con voz contenida.
—No nos parece la forma adecuada, Liam.
—Lo entiendo —respondió él, erguido—. Pero es mi decisión. Y mientras los niños estén bien, nadie tiene derecho a discutirla.
Camila lo miró, con el rostro enrojecido por la rabia.
—Eres terco, como siempre.
—Soy padre —corrigió él—. Y protegeré lo que considero correcto para mis hijos.
Los segundos siguientes fueron un desfile de miradas cargadas, que solo anunciaba batallas futuras. Cuando Julián y Camila se marcharon, el despacho quedó en penumbras, con Liam apoyado en el respaldo de su silla, exhausto, aunque firme.
Sabía que había abierto un frente de guerra, pero estaba dispuesto a no ceder.