Capítulo 18. Juicio feroz.
Emma se levantó esa mañana con cierta dificultad, sentía punzadas molestas en el bajo vientre, recordatorios silenciosos del aborto que había sufrido días atrás.
A pesar de sus malestares se arregló y salió de la habitación. Liam ya no estaba en casa, había salido temprano a atender una reunión en su constructora.
Al llegar Carmen, la niñera, le entregó una caja con medicamentos que había comprado de camino a la casa.
—El señor Liam me pidió que le comprara esto —explicó con una sonrisa—. Dijo que son las cosas que su doctora le indicó.
Emma se sorprendió. Abrió la caja y vio que no faltaba nada: las vitaminas para regular sus niveles de hierro, los calmantes suaves y las pastillas para ayudar a conciliar el sueño si los recuerdos la asaltaban de noche.
El corazón se le encogió. Aquel era un gesto simple, pero que demostraba lo protector que era. Había memorizado los nombres de los medicamentos cuando le mostró los récipes, ocupándose de adquirirlos sin que nadie le recordara nada.
—Liam no debió molestarse tanto —murmuró, algo apenada.
La niñera sonrió.
—Si lo hubiese escuchado darme las instrucciones no pensaría eso. Tenía claro cada detalle, creo que memorizó el prospecto médico.
Emma sonrió apenas. Agradecía esa atención, aunque una parte de ella temía acostumbrarse demasiado.
Tomó los que le correspondían esa mañana y los necesarios para calmar sus ansiedades y ayudó a Carmen a preparar el desayuno para los gemelos.
El resto de la mañana transcurrió entre risas infantiles.
Los niños parecían competir por captar su atención.
Uno le pedía ayuda para armar una torre de bloques, el otro la arrastraba hacia el patio para mostrarle un rincón secreto detrás de un seto.
Emma se dejaba llevar, riendo, sintiendo que poco a poco su corazón volvía a latir con un ritmo diferente, menos temeroso.
La niñera, una mujer joven de cabello recogido y voz dulce, se acercó en un momento en que los niños se entretenían con una pelota y vio que Emma se sentaba en el borde de las escaleras a descansar. El ritmo frenético de los chicos la superaba.
—Sé que esto es nuevo para usted, señora, estos niños tienen una energía desbordante, pero además son muy cariñosos. Se apegan rápido con quienes logran gran conexión.
—Pueden resultar abrumadores, pero no sabe cómo necesitaba de su energía. Yo llegué aquí apagada y ellos en realidad me están devolviendo a la vida —confesó, sincera—. El problema es que hoy no amanecí en las mejores condiciones, por eso me canso rápido.
—Tiene que tomarlo con calma para que pueda recuperarse.
—Sí, eso haré —reconoció, satisfecha—. Por cierto, Carmen, quería pedirte que me explicaras la rutina que siguen los gemelos. Así me será más fácil que me adapte a ellos.
La niñera le explicó que los días que estaban solo en casa solían desayunar a las ocho, hacer tareas de refuerzo escolar a media mañana, almorzar al mediodía y tener siesta ligera después.
En la tarde había juegos libres o actividades en el patio, y a las siete comenzaba la rutina de baño y cena.
Emma escuchaba con atención, agradecida por esa guía.
—Quiero que ellos me sientan parte de su día, no como alguien que llegó a interrumpir sus rutinas. Estos días en que he estado aquí todo ha sido juego y diversión. Quizás por eso están tan emocionados conmigo —comentó con sonrisa inquieta.
—Es cierto que ellos necesitan rutinas para que aprendan a ser disciplinados, pero no les afectará tener un poco de desorden de vez en cuando.
Más si hay alguien nuevo entrando a sus vidas.
Eso los ayuda a conocerte y adaptarse al cambio, y creo que lo han hecho bien.
Se nota que ya la sienten parte de su día.
La buscan para mostrarle todo y para que se integre a sus actividades.
Emma se emocionó por sus palabras, pero se sobresaltó al escuchar una voz masculina alzarse desde la puerta de cristal que daba al patio.
—¡¿Qué está pasando aquí?!
Emma no pudo evitar asustarse mientras se giraba para saber quién era. Por un instante temió que fuese Marco.
Descubrió que los suegros de Liam estaban allí, con expresión de desconcierto. Julián y Camila, vestidos con su sobriedad habitual, miraban la escena con ceños fruncidos.
Los gemelos corrieron hacia ellos con la alegría inocente de los niños.
—¡Abuelo, abuela! —gritaron y los abrazaron—. ¡Miren! ¡Emma está viviendo con nosotros!
La frase cayó como un jarro de agua fría en la pareja. Emma se quedó helada, sin saber cómo reaccionar.
—¿Viviendo aquí? —consultó Camila, y clavó de inmediato sus ojos severos en Emma, con una mezcla de sorpresa y desagrado.
—Sí —dijo Lucas, orgulloso—. Papá dijo que iba a quedarse para que la cuidáramos.
El silencio posterior fue denso, casi sofocante. Julián entrecerró los ojos, y observó con atención a Emma como si evaluara cada centímetro de su presencia.
—Niños, ¿me acompañan a preparar unas bebidas y sacar unas galletas para sus abuelos? —preguntó Carmen, sintiendo la tensión que invadió a Emma y a los recién llegados.
—¡Sí! ¡Sí! —vociferaron los gemelos y corrieron hacia la niñera para ir con ella a la cocina. Se animaron con la idea de las galletas.
Al quedar solos, Camila dio un paso hacia Emma.
—¿Es cierto lo que dicen? ¿Usted está viviendo aquí?
Ella se aclaró la garganta, insegura.
—No es… no es exactamente así. Liam solo me ofreció quedarme unos días, por solidaridad.
—¿Solidaridad de qué? —preguntó Julián, cortante.
Emma dudó. No quería exponer su vida delante de ellos, no sin el consentimiento de Liam.
—Es algo complicado —balbuceó—. Necesitaba un lugar tranquilo y él fue generoso.
Camila se cruzó los brazos.
—¿Generoso? Esto es una decisión precipitada que involucra a nuestros nietos.
El tono era tan duro que Emma sintió una punzada en el pecho.
—Yo solo necesitaba un refugio momentáneo mientras encontraba donde quedarme.
—¿Y no te das cuenta que eso afecta a los niños? Ellos necesitan estabilidad —intervino Julián—. Tener a más gente que entre y salga de esta casa, además de los empleados, podría confundirlos.
Las palabras eran cuchillas. Emma respiró hondo para mantener la calma.
—Entiendo sus dudas. Yo tampoco esperaba estar aquí. Pero, créanme, no quiero hacer daño.
Camila la observó con ojos fríos.
—No es cuestión de daño, es cuestión de lo que es correcto.
—Los gemelos han sido muy dulces conmigo —dijo en voz baja—. Nunca se me ocurriría hacer algo que los desestabilice.
—Los niños se encariñan fácil, Emma —replicó Julián, con firmeza—. Y después sufren el doble cuando las personas desaparecen.
Las palabras la atravesaron como una lanza. Ella sabía lo que era desaparecer de una vida, lo que era perder y hacer sufrir. Ya lo había hecho con Liam en una ocasión.
No supo qué responder.
Camila, viendo el silencio de Emma, decidió cerrar la discusión.
—Hablaré con Liam. Esto debe aclararse.
Dicho esto, dio media vuelta y entró en la casa con pasos firmes. Julián la siguió, no sin antes dirigirle a Emma una mirada cargada de reproche.
Ella se quedó en el patio, inmóvil por aquella dura discusión. Minutos después, los gemelos corrieron hacia ella, confundidos.
—¿Pasa algo malo, Emma? ¿Por qué te quedaste sola aquí? —preguntó Matt.
La mujer forzó una sonrisa.
—No es nada, cariño. Solo estoy muy cansada.
—Mis abrazos curan, con papá funcionan —aseguró Lucas, y la abrazó por el cuello, al igual que Matt.
Emma los cubrió con sus brazos y apretó los labios para contener las lágrimas. Les acarició el cabello con ternura y besó sus cabecitas sabiendo que en ese momento no podía prometer nada.
El peso de la desaprobación de los suegros pendía sobre ella, como una nube oscura que amenazaba con deshacer todo lo que estaba construyendo poco a poco.
Sin embargo, al mirar a los niños, sintió que no podía rendirse. No debía bajar sus armas con tanta facilidad, como sucedió seis años atrás, cuando abandonó a Liam por ayudar a sus padres. Él no merecía un nuevo abandono, mucho menos esos chicos.
Mientras la casa se llenaba de murmullos tensos entre los abuelos y la niñera, que intentaba mediar para que los gemelos no se percataran lo que sucedía, Emma supo que su estadía allí no sería fácil. Que el verdadero juicio apenas había comenzado.
Y aunque Liam no estaba presente, su decisión de protegerla había abierto una grieta dentro de su propia familia. Una que podía ensancharse hasta convertir ese hogar en un campo de batalla.
Capítulo 19. Una tensa cena.
Liam llegó a la casa pasado el mediodía. Tuvo que organizar su agenda para volver a tiempo y almorzar con los gemelos y con Emma.
Trabajó esa mañana con la mente distraída en la imagen de ella con los niños en el patio, riendo a las carcajadas y empapándose de pies a cabeza con el agua de la manguera.
La visión del cuerpo perfecto de ella lo acompañó durante la jornada, aliviando un poco la dureza de sus reuniones y despertando su anhelo.
Pero apenas abrió la puerta de la casa notó algo distinto. El aire estaba cargado, como si la armonía del hogar hubiese sido alterada.
—¡Papá! —gritaron los gemelos y corrieron hacia él—. ¡Ya llegaste!
Liam se agachó y los abrazó, aunque por encima de sus cabecitas vio a Julián y a Camila de pie bajo la puerta del comedor.
El gesto severo de ambos fue suficiente para deducir que ellos eran los causantes de la tensión que podía captar.
—Vaya sorpresa —dijo, y soltó a los niños dejando sus pertenencias sobre una mesa auxiliar—. No esperaba visitas hoy.
—Nosotros tampoco esperábamos encontrarnos con la tuya —respondió Camila, y lanzó una mirada rápida hacia Emma, que en ese instante aparecía la sala con sonrisa tensa.
—Buenas tardes, Liam. Estábamos por servir. ¿Comerás con nosotros?
Él percibió incomodidad en su voz.
—Sí, a eso vine —respondió, y dejó que los niños lo arrastraran hacia la mesa mirando con firmeza hacia sus suegros. Dejaba en claro que no dejaría que rompieran la paz que tanto le estaba costando cimentar.