Una madre para mis gemelos Capítulo 17. Intentar una vida normal.
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Capítulo 17. Intentar una vida normal.

Emma abrió la puerta de la casa de Liam y apenas tuvo tiempo de dar un paso cuando dos cuerpecitos la rodearon como un torbellino de alegría.

—¡Llegaste! ¡Llegaste! —gritaron los gemelos al unísono.

—¡Hola! ¡¿Qué hicieron en mi ausencia?!

Ellos la arrastraron a la terraza. En el suelo había un reguero de lápices de colores y hojas.

—Hicimos dibujos para ti —notificó Matt.

—¿Para mí? —consultó emocionada.

Lucas le mostró con orgullo su dibujo de un dragón con alas enormes, hecho con crayones verdes y rojos. Matt corrió hacia una mesa para tomar el ramillete improvisado de flores del jardín que ellos habían arrancado y las estiró hacia ella.

Emma se llevó las manos al rostro, conmovida.

—¿Todo esto es para mí? —preguntó tomando las flores.

—¡Sí! —respondieron los niños.

—Y aquí hay más dibujos —dijo Matt, y le mostró el que él había hecho de un dinosaurio en medio de flores.

—Para que adornes tu cuarto —explicó Lucas.

—El dragón y el dinosaurio te cuidarán de los monstruos —agregó Matt.

La ternura le desbordó el pecho. Los abrazó con fuerza, sintiendo el calor de sus risas como un bálsamo.

Liam apareció detrás.

—Tenías un comité de bienvenida listo —bromeó—. Hasta me obligaron a comprar helado para después de la cena.

Emma lo miró sonrojada, antes de volverse a los pequeños.

—Gracias, mis amores, todo esto es el mejor regalo que me han dado en mucho tiempo.

Volvió a abrazarlos y besó sus cabecitas con dulzura.

La cena fue sencilla, pasta con salsa y pan recién tostado, pero el ambiente estaba lleno de luz. Los niños hablaban sin parar de la escuela y de una nueva canción que habían aprendido. Hasta amenizaron la velada al cantarla para ellos.

Liam la observaba en silencio, descubriendo en ella la alegría y la calma que experimentaba al estar allí, compartiendo con sus hijos. Le resultó evidente que Emma necesitaba de la calidez de un hogar, de una familia que la recibiera con amor y le aportara un lugar seguro.

Esperó a que los niños terminaran el helado y fueran a la sala a seguir con sus dibujos para hablarle.

—Entonces, ¿cómo te fue en el médico?

Emma bajó la mirada al plato. Sintió el corazón encogerse, como si la vergüenza le clavara agujas invisibles.

Durante el camino de regreso había pensado en una excusa para darle, porque sabía que él la interrogaría por su visita médica. No se conformaría con lo que ella le había dicho por móvil. Pero ahora que el hombre la miraba con esa mezcla de preocupación y firmeza, todo se le hacía más difícil.

—Bien —dijo con voz débil—. Solo fue un chequeo por los golpes que… Marco me dio antes de huir de él.

Liam dejó los cubiertos sobre la mesa, lento, estudiándola. Sus ojos no eran de juicio, sino de duda contenida.

—¿Y cómo te encontró el médico?

—Ya te dije que bien. Por suerte estoy recuperándome. Me facilitó unas recetas para comprar unas vitaminas y me pidió reposo.

—¿Nada más? —preguntó con suavidad.

Emma tragó saliva.

—Sí. Nada más.

Él asintió, sin insistir, pero en su mente repasó lo que sabía: en el edificio al que ella había acudido no había traumatólogos ni médicos generales, solo odontólogos, ginecólogos y un kinesiólogo infantil.

Emma estaba mintiendo. No había acudido a una revisión médica solo por golpes, sino por algo más.

Decidió callar, no era el momento de presionarla. Ella necesitaba espacio para aprender a confiar y él estaba dispuesto a ser paciente.

Luego de recoger la mesa se reunieron con los niños en la sala, sentándose juntos en el sofá. Los gemelos tomaron un libro de cuentos y se ubicaron a cada lado de ellos, obligándolos a unirse más para darles espacio.

De esa forma terminaron sentados uno al lado del otro, muy próximos, con los niños casi encima.

Liam pasó uno de sus brazos para apoyarlo en el respaldo alrededor de Emma y así estar más cómodos.

Ella sintió a su corazón acelerarse por su cercanía, con ganas de recostarse en su pecho y buscar más de ese exquisito calor que recibía.

—¡Emma, léenos el cuento con papá! —pidió Lucas, y puso el libro sobre las piernas de la mujer.

Ella compartió una mirada con el hombre, recibiendo un guiño de ojos que agitó a un más las mariposas en su estómago.

Comenzó a leer la parte narrativa, dejándole a él las de los personajes. Tanto ella como los niños rieron a carcajadas porque él asumía tonos diferentes y graciosos para cada uno.

Entre ambos fueron leyendo mientras los niños escuchaban atentos. Sus voces se entrelazaban, creando un ritmo casi natural, como si siempre hubiesen compartido ese ritual nocturno. Cuando la historia terminó, los pequeños ya bostezaban.

—Hora de dormir, campeones —dijo Liam, y se puso de pie para cargarlos a ambos y llevarlos en brazos con facilidad.

Emma los acompañó hasta la habitación y les acomodó las sábanas para asegurarse que estuviesen bien abrigados, y dejando un beso en cada frente.

Los niños sonrieron entre sueños, murmurando el nombre de ambos antes de quedar dormidos.

Al salir, Liam cerró la puerta con suavidad y quedó frente a la mujer en el pasillo. La luz tenue creaba un ambiente distinto, íntimo. El silencio se impregnó de algo más que complicidad: de un recuerdo compartido.

—¿Recuerdas aquella vez en la universidad, en que nos fuimos de campamento con varios de nuestros compañeros al Buckeye Flat? —preguntó él, con voz baja.

Emma parpadeó.

—Claro que lo recuerdo. Era una montaña hermosa, donde había ciervos que se acercaron a nosotros cuando bajamos al río para pedirnos comida. —Ella sonrió, sorprendida. El corazón le dio un vuelco—. Pensé que lo habías olvidado.

—¿Cómo olvidarlo? —dijo él, dando un paso más cerca—. Fue uno de los días más libres de mi vida.

La mujer bajó la mirada, los labios le temblaron con una tímida sonrisa.

—También lo recuerdo. Fue… fantástico —reconoció, recordando además el momento de pasión y lujuria que disfrutaron a escondidas de sus compañeros cuando se fueron solos a dar una caminata por el río.

—Podríamos repetirlo —propuso Liam con naturalidad—. Llevar a los niños este fin de semana para pasar una noche en carpa. De seguro a ellos les encantará. Se volverán locos si aparecen los ciervos, serán capaces de darles toda la comida que llevemos.

Ella lo miró a los ojos, ilusionada y apenada a la vez.

—Me encantaría, pero…

Las palabras se le atoraron en la garganta. No podía olvidar que estaba siendo acechada por un tipo violento que era capaz de hacer mucho daño sin experimentar clemencia.

—Estaremos bien, yo no permitiré que les pase nada —respondió, firme.

Se miraron a los ojos, con intensidad. Emma quería confiar, estaba cansada de actuar manipulada por el miedo y la incertidumbre. Había escapado de Marco justo para no seguir viviendo encarcelada, pero aun estando lejos de él seguía limitando sus acciones por temor a las consecuencias.

Ya había asumido el mayor riesgo de su vida, ¿por qué no seguir aventurándose?

—Está bien, podemos intentarlo —accedió, llenándolo de alivio.

Liam sintió aquello como una batalla ganada, una que luego podría darle mayores beneficios.

El pasillo de pronto se volvió un puente invisible entre ambos, cargado de deseo contenido. Las miradas que compartían empezaban a despertar sentimientos más poderosos y ganas difíciles de controlar.

Un instante más y la distancia se habría roto, pero Emma lo que hizo fue retroceder, mordiéndose el labio inferior para controlar el deseo que la embargaba.

—Buenas noches, Liam —dijo y caminó con lentitud hacia su habitación.

—Buenas noches, Emma —respondió él, resignado.

Cada uno entró en su dormitorio, aunque el latido de ambos siguió resonando al unísono, como si las paredes no pudieran contenerlo.

Afuera, a una cuadra de distancia, un auto permanecía estacionado bajo una farola.

Marco observaba la casa con los ojos enrojecidos por el alcohol y la rabia. La visión de las luces encendidas, de la silueta de Ana en la ventana, era un veneno que le corroía las entrañas.

Encendió un cigarrillo y aspiró con furia.

—Así que te escondes aquí —gruñó, notando que la casa tenía vigilancia privada. No iba a resultarle fácil entrar para sacarla de allí—. Yo sé esperar, Emma, sabes muy bien que puedo llegar a ser muy paciente. No descansaré hasta que vuelvas conmigo.

La brasa del cigarrillo brilló un segundo más, antes de que la noche lo tragara todo.