Capítulo 22. Una noche bajo el cielo estrellado.
El camino hacia el Buckeye Flat, aunque fue largo, estuvo ameno. Los niños no pararon de cantar y señalar cada árbol que aparecía en la carretera.
Apenas el auto se detuvo frente a la cabaña de madera los gemelos salieron disparados como cohetes, fascinados por el entorno. El aire fresco, los aromas a tierra húmeda y pino y el murmullo constante del río cercano les pareció como sacado de uno de los cuentos que leían.
Emma respiró profundo. No recordaba la última vez que había sentido tanta paz. A su lado, Liam cerró el baúl del coche y la observó con una media sonrisa.
—¿Qué te parece? —preguntó, extendiendo un brazo hacia el paisaje.
—Es hermoso. Tal como lo recuerdo —respondió ella, sincera.
Los gemelos los interrumpieron jalando a Emma de las manos.
—¡Vamos, vamos! ¡Queremos ver el río!
Entre risas caminaron por un sendero corto hasta llegar a la orilla. El río brillaba con reflejos plateados bajo el sol del mediodía, serpenteando entre piedras y troncos caídos.
Matt se agachó a tocar el agua, soltando un chillido por lo fría que estaba. Lucas lanzó una piedra, asombrado por lo lejos que había llegado.
Emma se acuclilló junto a ellos.
—¿Ven esos pececitos en el agua? —Ellos se agacharon junto a ella mirando con atención en río—. Se llaman truchas.
Los niños la escuchaban atentos, como si cada palabra suya fuese una clase mágica. Liam los observó desde unos pasos atrás, con una satisfacción silenciosa. Emma ya era parte de su pequeño mundo, de una manera natural e irremediable.
Regresaron a la cabaña para organizarlo todo y, luego de un almuerzo sencillo, salieron a explorar los senderos.
El bosque los envolvía con su frescura y su silencio, solo interrumpido por el canto de los pájaros y el crujir de ramas bajo sus pies.
Los gemelos llevaban palos como si fueran espadas, recogían del suelo piedras llamativas y semillas que se metían a los bolsillos y tomaban de los arbustos hojas de formas diversas y flores que consideraban raras para luego dibujarlas.
Su padre les mostraba cada bicho que hallaban a su paso, atreviéndose a tomar alguno en sus deditos para observarlos con atención.
En un claro cercano al río, Liam se detuvo.
—Aquí suelen aparecer ciervos al atardecer. Si somos pacientes, tal vez tengamos suerte.
Los gemelos se sentaron de inmediato, como exploradores profesionales. Emma sonrió, acomodándose con ellos en la hierba. Liam se tendió a su lado, y por un instante, sus miradas se encontraron con una intensidad que la obligó a apartar los ojos.
Estuvieron hablando de las cosas que habían visto en el bosque, hasta que un suave crujido los alertó y los obligó a callar. Un ciervo joven apareció entre los arbustos, seguido de dos más. Los animales se acercaron con cautela, oliendo el aire.
—Tranquilos —susurró Liam—. Movimientos suaves.
Emma sacó de su mochila una bolsita con manzanas cortadas. Los niños las ofrecieron con las manos temblorosas de emoción y, para su sorpresa, los ciervos se acercaron lo suficiente como para comer de sus palmas.
Los gemelos contuvieron la respiración, maravillados. Lucas miró a Emma con los ojos brillantes.
—¡Son de verdad!
Ella acarició con ligereza el lomo de uno de los ciervos antes de que se alejara hacia los árboles. La felicidad de los niños la conmovió. Sintió que en ese momento estaba construyendo un vínculo irrompible con ellos.
Al caer la tarde, regresaron a la cabaña. Los gemelos insistieron en dormir bajo las estrellas, así que Liam los motivó a montar juntos dos carpas en el prado, frente a la entrada. Emma infló las colchonetas.
Cuando el cielo se tiñó de azul profundo, encendieron una fogata en la zona indicada para ello. Asaron malvaviscos, contaron historias inventadas y se recostaron después sobre mantas para mirar el cielo.
—¡Miren! —dijo Lucas, y señaló un grupo de estrellas—. Ese parece un dragón.
—Y aquel de allá —indicó Matt hacia un grupo más pequeño de estrellas—. Ese es el bebé del dragón.
Emma rió, contagiada de la imaginación de los niños.
—Entonces esta noche dormiremos bajo la guardia de los dragones celestes.
Los niños, cansados de tanta aventura, terminaron por quedarse dormidos. Liam los hizo entrar en la carpa y los abrigó bien.
Luego se sentó junto a Emma, que aún estaba frente a la fogata disfrutando del cielo nocturno, despejado y vibrante de estrellas.
—No recuerdo la última vez que vi un cielo así.
—Yo sí —dijo Liam, y se inclinó hacia ella—. Fue aquella vez en esta misma montaña, ¿lo recuerdas?
Ella sonrió.
—Sí, cuando veníamos de campamento con nuestros amigos y nos escapábamos para estar solos.
—Exacto. Dijiste que las estrellas parecían estar tan cerca que podías tocarlas. —La voz de Liam bajó un tono—. Y de verdad que las tocamos esa noche —expuso con voz suave, recordando las intensas sesiones de sexo que tuvieron bajo el cielo inmenso.
Emma lo miró con fijeza, conmovida. La calidez de sus palabras la desarmaba más que cualquier gesto.
Se quedaron así, sin hablar, hasta que Liam extendió su mano. Ella dudó un segundo, aunque pronto decidió tomarla. Sus dedos se entrelazaron con naturalidad, como si jamás hubiesen estado separados.
El tiempo se volvió lento. Podían escuchar sus respiraciones, sentir la firmeza de sus palmas y el calor que les transmitía. Entonces, cuando levantaron la vista, sus ojos se encontraron de nuevo y ya no hubo espacio para retroceder.
Liam inclinó el rostro, rozando su mejilla con un gesto que fue casi una pregunta. Emma cerró los ojos y con un leve movimiento le dio la respuesta. Sus labios se unieron en un beso, contenido y tembloroso al principio, pero que pronto se cargó de una pasión que los envolvió por completo.
Las manos de Liam acariciaron su rostro y bajaron hacia su cuello mientras ella se aferraba a su camisa como si necesitara anclarse. El beso se volvió más profundo, más urgente, un reencuentro que habían esperado por mucho tiempo.
Se dejaron caer sobre la manta, todavía tomados de la mano, riendo entre susurros y besos. El murmullo lejano del río y el parpadeo de las estrellas fueron testigos de aquella entrega.
—Emma… —musitó él con voz ronca, acariciando su cabello—. No sabes cuánto te extrañé.
Ella lo miró con los ojos brillantes, acariciando su mejilla.
—Yo también, Liam. Yo también.
Entraron en la carpa que les correspondía, allí, él se atrevió a tocar más de ella, a desnudarla con lentitud, besando y saboreando cada rincón de su cuerpo.
Emma se dejó acariciar, sin dejarse abrumar por los recuerdos de la rudeza que Marco había aplicado en ella. La dulzura de Liam era como un narcótico, que adormilaba su mente activando solo sus instintos y sus sensaciones.
Dejó que él tomara todo de ella, que la hiciera tocar las estrellas como aquella vez.
La penetró con firmeza apoderándose no solo de su cuerpo, sino de su alma.
Con cada estocada y con cada gemido emitido en su oreja, la elevaba más y más, hasta hacerla perderse en la inmensidad de un cielo sin fronteras.
La fogata se apagó del todo y solo quedaron ellos dos abrazados dentro de esa carpa y bajo un manto de estrellas poblado de dragones inventados, dejando que la pasión que habían contenido por demasiado tiempo se encendiera sin miedo.
Esa noche Emma entendió que no solo estaba aprendiendo a ser parte de la vida de dos niños maravillosos, sino que también volvía a encontrar su lugar junto al hombre que siempre había sido su refugio.