Capítulo 35
Por los pelos…
Aria
Abro el portalón de la casa de mis abuelos y salgo corriendo hacia mi coche, que está aparcado a unos metros; no obstante, voy tan enajenada y alterada que no miro antes de cruzar y me abalanzo delante de un coche que pasa por delante.
Convencida de que no va a ser capaz de parar y me va a arrollar, me tapo la cara con las manos y contengo la respiración mientras escucho el chirrido de los frenos cuando las ruedas se clavan en el suelo.
Respiro con dificultad y ni siquiera me atrevo a mirar hasta que…
—¿Aria? ¡Por Dios, qué susto me has dado! ¿Estás bien? —Escuchar la voz de Liam hace que me dé un vuelco el corazón y, al apartar las manos de mi rostro y abrir los ojos, ya lo tengo a mi lado, observándome con una mezcla de ansiedad y emoción.
—No estoy bien… —murmuro.
No sé si es la emoción de tenerlo delante o la angustia de todos estos días lo que me hace comenzar a temblar casi con violencia mientras las lágrimas descienden por mis mejillas sin ningún tipo de contención.
Liam palidece.
—¿Te he dado? ¿Te duele algo?
—No… —consigo decir con esfuerzo—. Yo solo lo siento. Fui injusta contigo y lo estropeé todo.
Su gesto se relaja al instante, llenándose de alivio, y sus ojos me regalan una mirada llena de ternura que me rompe todavía más el corazón.
—Tranquila, no hace falta que…
—Sí hace falta —lo interrumpo, sosteniendo su mirada—. Tenía miedo, estaba aterrada y ni siquiera me di cuenta de ello.
—¿Miedo de qué? —pregunta con confusión—. Yo nunca te haría daño.
—Lo sé —admito—. Pero me aterraba que mi felicidad dependiese de ti, de cualquiera en realidad. Me daba miedo quererte demasiado, extrañarte, y no era consciente de que incluso a pesar del pánico que sentía, ya te había entregado mi corazón.
Sus ojos se llenan de lágrimas y sus manos enmarcan mi rostro para acariciar mi mejilla con la yema de su pulgar.
—Aria, te quiero —murmura—. Te quiero porque eres pura vida, intensa, libre, dulce, una luz brillante y cálida que ilumina a todo el que tiene la suerte de cruzarse en tu camino y, sobre todo, porque me iluminas a mí cada día.
—Yo también te quiero —murmuro.
Sin dejar de mirarme, sus labios descienden sobre los míos en una caricia suave y sincera que me permite volver a respirar, y de repente, me siento de nuevo en casa, amada, y ahora sí, preparada para entregarme en cuerpo y alma, porque si algo he aprendido con Liam es que el amor de verdad no te ata, te da alas.