Una jugada arriesgada Capítulo 34
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Capítulo 34

La hora de la verdad

Liam

Camino hasta el congelador en busca de mi segunda tarrina de helado de chocolate del día.

Soy consciente de que no es lo más apropiado, y es probable que el nutricionista de Los Lobos se echase las manos a la cabeza si tuviese la más remota idea de las cantidades indecentes de helado que estoy ingiriendo durante estos últimos días, pero me trae sin cuidado lo que diga.

Abro el cajón y resoplo molesto al comprobar que mis existencias se han terminado.

Estoy a punto de coger las llaves del coche para salir a comprar más cuando escucho el timbre de la puerta y vuelvo a resoplar.

No tengo dudas de quién se trata; Brad y Ryan han estado tocándome las narices cada día durante toda la semana.

Por la cámara descubro que no vienen solos: esta vez han traído toda la artillería pesada.

Les abro el portalón y me dirijo a la puerta de la entrada a esperarlos .

—Dentro de poco vais a tener que alquilar un autobús para venir a visitarme —murmuro según van pasando todos por delante de mí.

—Eres un cascarrabias —me acusa Ryan.

—No debo serlo tanto cuando os pasáis el día metidos aquí —rezongo en voz baja.

Savannah se pone de puntillas para darme un beso en la mejilla y me tiende una bolsa que lleva en la mano.

—Es helado de chocolate —susurra.

—Eres la mejor, Sav, me había quedado sin ninguna tarrina —afirmo esforzándome por dedicarle una sonrisa de agradecimiento que termina siendo una mueca bastante amorfa.

—Si salieses un poco de casa, no nos obligarías a venir —me dice Brad—. ¿Cuándo piensas volver a entrenar?

—Eso digo yo. Llevas cuatro días sin aparecer por el entrenamiento —me acusa Maddy.

—Tengo la baja hasta dentro de dos días más por malestar general —me defiendo—. Solo cumplo órdenes del médico del equipo.

Es cierto; cuando hablé con el cuerpo médico y le dije que me dolía todo el cuerpo me prescribió cinco días de descanso…

(aunque es cierto que, al decir que tenía fiebre, exageré un pelín los síntomas para sonar convincente), además de que sobra decir que el buen hombre había visto los vídeos y seguro que sabía que se la estaba intentando colar, pero hizo la vista gorda y se portó fenomenal.

Por si sirve de algo, es cierto que me encuentro mal, de hecho, más que mal, fatal.

—Tu malestar tiene nombre y apellidos —me espeta Maddy cruzando los brazos sobre su pecho—: Aria María Rodríguez y, mientras no muevas el culo y hagas algo por solucionarlo, esta situación, en lugar de mejorar, va a ir de mal en peor.

—Dijimos que íbamos a ser sutiles… —le recuerda Savannah, que me observa de reojo, preocupada.

—Con este par de cabezotas no hay sutilezas que valgan —le responde ella .

—No fui yo quien decidió dejar la relación —le recuerdo a la defensiva.

—Pero imagino que estabas en esa conversación, ¿o no? —me espeta ella.

La aniquilo con la mirada.

—¿Y qué cojones querías que hiciese? ¿Obligarla a estar conmigo cuando era evidente que eso no era lo que quería? ¿Atarla a la cama hasta hacerla cambiar de opinión?

—¡Sí! ¡Claro que sí, joder! ¡Cualquier cosa con tal de hacerla entrar en razón!

¡De haberlo hecho, ahora no estaríais como unas almas en pena los dos!

¡La una llorando por los rincones y el otro obsesionado con el helado de chocolate, pegándose atracones!

—exclama Maddy quien, al parecer, hoy ha decidido dejarse la empatía en casa.

Les doy la espalda y camino hasta la cocina, porque necesito unos segundos para procesar lo que acaba de pasar.

Es cierto que no sé nada de Aria desde que hace cuatro días, tras nuestra última discusión, subí al piso de arriba y la dejé sola en la cocina; no obstante, me cuesta imaginarla llorando por las esquinas.

Estoy enfadado, dolido, frustrado y, a pesar de todo, es imaginarla sufriendo y sentir que el corazón se me comprime dentro del pecho.

—¿Aria está… —me cuesta tanto imaginarlo que ni siquiera soy capaz de decirlo en voz alta? — … mal?

—Está hecha una pena: no come, no duerme, se ha atrincherado en la casa de sus abuelos, lleva cuatro días sin ir a trabajar y casi ni nos coge el teléfono…

Y si me escucha decir esto en voz alta, es capaz de coserme la boca con hilo y aguja para no dejarme hablar nunca más, pero me importa una mierda porque es mi amiga, la quiero, y a ti también, y veros sufrir de una manera tan absurda por algo que podría arreglarse con tanta facilidad me jode de una forma que no os podéis ni imaginar —me suelta la entrenadora de golpe.

Su sinceridad es aplastante y necesito tomar asiento para procesar toda esta información .

—No sé —musito frotándome la cabeza con la mano.

Me encantaría creerlo, me encantaría que lo que dice Maddy fuese verdad; daría todo lo que tengo por tener una oportunidad para arreglarlo, aunque solo fuese una, es pensarlo y mi corazón tiembla de felicidad.

No obstante, desde el principio tengo la sensación de que yo soy el único que ha apostado de verdad por esta relación.

De que lo que hubo entre nosotros nunca tuvo el mismo significado para los dos, de que yo estaba dispuesto a darlo todo y ella no.

Como si pudiese leerme el pensamiento, Savannah se acerca a mí y toma mis manos entre las suyas.

—Liam, ella te quiere —anuncia con seguridad—. Te quiere tanto que el sentimiento se le ha ido de las manos y no lo ha sabido gestionar.

—Además, admitámoslo: lo de los vídeos fue un palo, eso le hubiese afectado a cualquiera —manifiesta Brad.

—Yo no la obligué a emborracharse ni a restregarse contra aquel tío del bar —me defiendo.

—No, no la obligaste —interviene Ryan—, pero de alguna forma sí la empujaste reaccionando a lo de Scott como lo hiciste.

—¿Te crees que no lo sé? —escupo las palabas con rabia—. No soy un tío celoso, nunca lo he sido, pero que le costase tanto decir que estaba conmigo me produjo inseguridad.

—Es comprensible —acepta Savannah—. Pero debiste hablar con ella y decirle cómo te sentías en lugar de acusarla de todas aquellas cosas horribles.

—Lo intenté a la mañana siguiente —reconozco con pesadez—, pero después vio esas puñeteras imágenes vídeos y todo se fue otra vez a la mierda.

—Te pregunté una vez si la querías y voy a preguntártelo otra vez —me dice Ryan con gesto serio—. ¿La quieres?

Los miro a todos, de uno en uno, con los nervios a flor de piel y una angustia que me tiene paralizado desde que ella se fue de mi lado.

—La quiero —admito .

—Pues entonces no sé qué cojones haces ahí sentado —me espeta mi amigo.

—No va a escucharme. —Niego con la cabeza.

—Liam. —El tono de Savannah no admite discusión.

Sus ojos buscan los míos y encuentro un cariño infinito en ellos—.

Haz lo que tengas que hacer para que te escuche, lo que sea necesario para arreglarlo; dile lo que sientes, desnuda tu alma y entrégale tu corazón, porque los dos os merecéis la oportunidad de intentarlo.

—Tenéis razón. —Salto del taburete.

—Siempre la tenemos —responde Ryan.

—Ahora deja de perder el tiempo y vete —me ordena Brad.

Asiento y salgo corriendo con el corazón palpitando con fuerza dentro de mi pecho. No sé si tendremos futuro o no, pero, si no lo tenemos, no será porque no lo haya intentado de todas las formas posibles, eso sí que no.

Aria

Estoy sentada detrás del viejo melocotonero del jardín arrancando briznas de hierba mientras hago lo mismo que he hecho durante estos últimos días…: nada.

Una lágrima puñetera desciende por mi mejilla y la seco con el dorso de la mano.

Nunca imaginé que renunciar a Liam iba a dolerme tanto, y mucho menos que su ausencia iba a hacerme sentir tan perdida y vacía.

—¿Se puede? —pegunta Logan tomando asiento a mi lado.

—Para qué preguntas si ni siquiera vas a esperar a que te conteste —respondo sorbiendo por la nariz.

Con Logan no tiene sentido disimular; él no solo es mi primo, desde pequeño ha sido mi cómplice, mi amigo, mi paño de lágrimas cuando ha sido necesario. A su lado sé que puedo permitirme estar destrozada.

—Las chicas han estado aquí hace un rato —anuncia.

—Lo sé, la abuela me lo dijo —reconozco .

—No has querido verlas. —No me está acusando, solo pone sobre la palestra un dato que refleja cómo de jodido está mi estado de ánimo.

—Necesitaba estar sola —musito.

Me siento como una mierda; las chicas han estado viniendo cada día y yo ni siquiera he tenido fuerzas para hablarles. Las echo de menos, pero en este momento no puedo enfrentarme a nadie, ni siquiera a ellas.

—Un poco de soledad de vez en cuando no es mala —dice él—. Sin embargo, dudo mucho que eso sea lo que tú necesitas.

—¿Y qué es lo que necesito según tú? —pregunto con ironía.

—Atreverte a ser sincera contigo misma.

Resoplo y al instante siento que los ojos se me llenan de lágrimas otra vez.

—Cuando llegaste aquí hecha un basilisco hace cuatro días y me contaste lo que pasó, lo dejé estar porque pensé que necesitabas algo de tiempo y que cuando te calmases tú sola te darías cuenta de la realidad, pero ahora creo que estaba equivocado y que, si no te doy un pequeño empujoncito, eso no va a pasar.

—No comprendo a dónde quieres llegar —susurro contemplándolo de medio lado.

—Pues yo creo que lo sabes de sobra.

Permanezco en silencio y él continúa hablando.

—Es cierto que Liam no reaccionó bien, y por ese lado tenías derecho a enfadarte, pero es normal que sintiese cierta inseguridad cuando él estaba entregándose al cien por cien y tú siempre tuviste tus reservas y nunca llegaste a arriesgarte.

—¿Qué estás diciendo? ¡Eso no es justo y mucho menos es cierto!

¡Lo nuestro estaba abocado al fracaso desde el principio!

¡Liam y yo ni siquiera nos llevábamos bien!

¡De no haber sido porque el Ayuntamiento pidió que trabajásemos en esa campaña juntos nunca habría pasado nada entre nosotros!

Quizás esa realidad de la que hablas es que nos precipitamos, nos dejamos llevar sin pensar y pasó lo que tenía que pasar, que las cosas terminaron mal.

Él me observa con cariño y coloca una de sus manos sobre la mía.

—Hay algo que tengo que contarte —afirma en tono serio—. El Ayuntamiento no pidió que tú dirigieses la campaña.

—¿Qué estás diciendo? —pregunto confusa—. Uno de los requisitos para darle la campaña al club fue que yo la dirigiese, te recuerdo que estuve en esa reunión, sé lo que escuché.

—Liam fue quien exigió que tú te encargases de la campaña —suelta mi primo, dejándome completamente descolocada.

—Tienes que estar de broma, en ese momento Liam apenas me soportaba.

Él niega con la cabeza.

—Estás equivocada, cuando le ofrecieron el proyecto a Liam, él vino a hablar conmigo y con el representante del Ayuntamiento, y para aceptar puso como condición que tú fueses la encargada del proyecto —me explica—.

Quería trabajar contigo y dejó claro que, de no ser así, no lo haría.

Si no te dije nada antes, fue porque él nos pidió que no lo hiciésemos, tenía claro que, si sabías que era cosa suya, no aceptarías.

—No me lo puedo creer —murmuro confusa.

—Y ahora que sabes esto, voy a hacerte una pregunta y quiero que me contestes con sinceridad.

—Su voz es suave, pero firme, y soy consciente de que lo que sea que va a preguntarme no me va a gustar—.

¿Por qué no le dijiste a Scott que estabas con Liam?

¿Por qué te costaba tanto decirlo en voz alta cuando por cómo lo mirabas era evidente lo mucho que lo querías?

Su pregunta me desarma y empiezo a llorar. Niego con la cabeza y él aprieta mi mano antes de continuar.

—Por miedo —anuncia y, en cuanto la escucho de sus labios, esa palabra se reproduce como un eco en mi cabeza una y otra vez—.

Viste a tu madre criarte sola, con fuerza y decisión, la viste salir adelante en los buenos y los malos momentos sin una pareja en la que apoyarse, y eso te llenó de orgullo y te ayudó a convertirte en una de las mujeres más valientes y decididas que he conocido, una mujer con las ideas claras, luchadora, inteligente, trabajadora y empoderada.

—Hace una pausa e inspira con fuerza—. Pero al mismo tiempo , de alguna forma también te marcó, porque te hizo convencerte de que tu felicidad no debía depender de ningún hombre, sino de ti misma, y eso está bien.

Mi cuerpo tiembla con fuerza y mis ojos apenas ven a causa de la cantidad de lágrimas que albergan.

Logan pasa un brazo por mis hombros y continúa susurrándome con dulzura.

—Sin embargo, de repente, apareció Liam y, aunque intentaste resistirte, terminaste enamorándote de él —sentencia con naturalidad.

Un gemido escapa de mi garganta y, aunque me gustaría detenerlo y pedirle que se callase, porque sus palabras me matan, no lo hago y lo dejo continuar.

—Empezaste a sentir cosas que no habías sentido jamás, comenzaste a echarlo de menos, a imaginarte tu vida con él…

Y eso te rompió los esquemas, hizo tambalearse tus principios y te entró miedo.

—Un nuevo temblor recorre mi cuerpo—. Miedo de que estar con Liam, de que reconocer que lo vuestro era mucho más que algo temporal y pasajero significase perder una parte de quien eres, esa parte independiente que nunca ha necesitado a nadie, que siempre ha controlado su propia felicidad sin ningún hombre a su lado.

—Hace una breve pausa y me aprieta contra su cuerpo.

La verdad de sus palabras me derrumba por dentro. Me asusté, es cierto, me asustó necesitarlo en mi vida, me daba pánico que mi felicidad dependiese de él, de cualquiera que no fuese yo misma.

—Me acusó de estar buscando una excusa para sabotear la relación y tenía razón —reconozco entre sollozos.

—Hay algo que no puedes olvidar —declara Logan con rotundidad—. No es lo mismo necesitar que querer, tú no estás con Liam porque lo necesites, sino porque lo quieres. Eso marca la diferencia.

—Es cierto —digo levantándome del suelo a toda velocidad mientras me limpio la cara y salgo en dirección a la entrada.

—¿A dónde vas? —grita Logan a mi espalda.

—A por mi coche —respondo sin darme la vuelta—. Ha llegado el momento de ser valiente de verdad.