Epílogo
Aria
Estoy nerviosa, colocándolo todo, preparando cada detalle, rogando por que las cosas salgan como las tengo pensadas.
Llevo seis meses con Liam, hace poco más de un mes que me he mudado a su casa y no podría estar más a gusto ni más enamorada.
La temporada ya ha comenzado y Los Lobos están dándolo todo para clasificarse para los playoffs, y gracias a la campaña Conoce Nueva York, gran parte de los perritos del refugio han conseguido una adopción.
La vida nos sonríe, estamos en un momento de plenitud y, en general, no podría irnos mejor.
—¿Estás segura de esto? —me pregunta Savannah.
—Segurísima —respondo emocionada.
—Es una gran responsabilidad —me dice Maddy.
—Es el momento perfecto.
—De acuerdo, entonces no se hable más —afirma mi amiga abrazándome—. Mucha suerte, aunque no la necesitas, estoy bastante segura de que la sorpresa le va a encantar.
—Eso espero —suspiro .
—Brad acaba de escribirme, están a punto de llegar, así que nosotras nos vamos ya.
Las dos se marchan a toda prisa y yo me quedo sola pensando en las vueltas que dan las cosas; cuando Liam y yo nos conocimos no podíamos parar de discutir, y ahora no me imagino una vida que no podamos compartir, aunque la verdad es que él dice que nuestras discusiones eran solo nuestra forma de relacionarnos, porque ya sentíamos algo el uno por el otro y no lo podíamos admitir.
Escucho el portalón abrirse y, a pesar de que sé que no puede escucharme, contengo la respiración, los nervios me corroen por dentro, pero ahora sé que no son motivados por el miedo, sino por una mezcla de anhelo y emoción.
Liam
Llego a casa reventado, pero con unas ganas terribles de sentarme en la cocina y preparar la cena mientras paso tiempo con Aria.
Es lo que sucede cuando tu pareja engloba amante y mejor amiga, que cualquier pequeño acto cotidiano se vuelve divertido, de hecho, creo que esos momentos con ella se han convertido en mi pequeña adicción.
Entro en casa y encuentro un pequeño sobre blanco en el mueble del recibidor.
Lo abro y descubro divertido una pista que leo en voz alta.
«Las preparamos juntos y desde entonces todo cambió».
No tengo ninguna duda de que se trata de una de las tortitas que preparamos en el obrador de Luci, por lo que me dirijo directo a la cocina.
En efecto, encima de la encimera hay un plato con una tortita y, apoyado sobre el mismo, un sobre azul en cuyo interior encuentro la segunda pista .
«Esta fue la primera vez que me enfrenté a mis miedos por ti».
Lo pienso durante unos segundos; el teleférico, tiene que ser el teleférico.
¡El mapa de la isla Roosevelt! Subo los escalones de dos en dos y entro en nuestra habitación, abro el primer cajón de su mesilla y, tal y como imaginaba, ahí está, el mapa que se trajo de la isla, y encima otro sobre cerrado que guarda una tercera pista. Esta, al leerla, me roba una sonrisa.
«Esa noche te convertiste en ladrón, pero, incluso antes, ya me habías robado el corazón».
Tiene que referirse a la tetera, la vieja tetera que le pedí a Maddy y Savannah que robasen de su casa para darle una sorpresa delante de la cascada.
Bajo de nuevo las escaleras y abro la vitrina de cristal del comedor, donde permanece la tetera, y dentro, tal y como sospechaba, hay otro sobre.
Lo abro con una sonrisa dibujada en la cara.
«Nuestro primer beso tiene nombre de fruta, y esa fruta en cuestión es un…».
Melocotón, es un melocotón, porque nuestro primer beso fue detrás del tronco del melocotonero de la casa de sus abuelos. Así que me dirijo al jardín, donde hemos plantado un árbol igual a ese para conmemorar tan importante ocasión.
Y, en cuanto pongo un pie fuera, la veo, apoyada en el tronco, preciosa, sonriendo y con Oreo entre sus brazos.
Camino hacia ellos sin comprender qué está pasando.
—No entiendo nada… —le digo en cuanto llego a su lado—. Anoche me llamaron del refugio para decirme que lo habían adoptado —de claro, confuso, acariciando al animal que tanto me recuerda a aquel amigo que tuve de pequeño y no pude salvar.
—Y es cierto, lo habían adoptado —afirma ella sin poder esconder su emoción—. Nosotros lo hemos adoptado.
Abro la boca de par en par mirándolos a ambos: al perrito, que mueve contento el rabo, y a ella.
—Liam… —dice con una sonrisa dibujada en su hermosa cara—. No sabía lo que era el amor hasta que te conocí, y cada día me repito lo afortunada que soy de poder vivir una historia así junto a ti.
Sus palabras me aceleran el corazón.
—Quiero compartirlo todo contigo, los buenos momentos y los malos, las alegrías y las penas; quiero ser tu mujer, envejecer a tu lado y formar una gran familia contigo… Y quiero que esa gran familia empiece hoy, aquí, por eso te digo: ¿Quieres adoptar a Oreo conmigo?
La emoción me paraliza durante un par de segundos, pero enseguida reacciono abalanzándome sobre ella para abrazarla.
Necesito sentirla y tocarla para asegurarme de que esto es real; acaricio al perrito, que nos contempla con curiosidad, y me fundo en la mirada de la chica sin la que ya no sabría vivir antes de decir:
—Lo quiero todo siempre y cuando sea contigo.
Sus labios recorren el espacio que los separa de los míos, y me regala uno de esos besos que se han vuelto para mí tan importantes e imprescindibles como el aire que respiro.