Capítulo 31 #2
—De pajaritos nada, los que te han dicho eso son estos dos loros tocahuevos que tengo a mi lado —responde él estrechándome más contra su cuerpo mientras señala a sus amigos, quienes sonríen encantados.
La expresión de Scott muda y se tiñe de sorpresa al percatarse de lo que está pasando.
—Vaya —comenta—. Eso lo explica todo. Ahora entiendo que me dieses calabazas.
—¿Que Aria te dio qué? —pregunta Maddy observándome con los ojos muy abiertos.
—¿Cuándo se supone que pasó eso? —inquiere Savannah.
—Anoche, cuando quedamos para cenar —responde él con naturalidad.
—Lo siento mucho, tío —añade en dirección a Liam—. No tenía ni idea de que estabais juntos. De haberlo sabido, no habría intentado nada.
—No hay problema —responde Liam de forma escueta y educada.
Pero está mintiendo, puede que para el resto resulte imperceptible el cambio, pero a mí cada músculo de su cuerpo me dice que sí que pasa algo.
Me revuelvo incómoda en el taburete, a pesar de saber que no he hecho nada malo.
—Me alegro mucho por vosotros, la verdad es que no me sorprende, se veía venir de lejos —añade Scott sonriéndonos a ambos.
—Gracias. Es reciente —responde Liam cogiendo una patata en la que centra toda su atención como si en lugar de un tubérculo cubierto de grasa tuviese entre los dedos la octava maravilla del mundo a su entera disposición .
Savannah intercambia una mirada conmigo y comprendo que ella también ha percibido la tensión.
—Cuéntanos qué tal va todo por Washington —le pide Maddy quien, a pesar de ser una persona muy observadora por norma general, está tan emocionada de haberse reencontrado con su amigo que no se ha dado cuenta de nada.
Scott comienza a hablar, poniéndonos al día de algunas de las anécdotas de los Blue Boys, y todos lo escuchan encantados, todos menos Liam quien ahora sí que tiene cara de seta venenosa, y yo.
Casi dos horas después, cuando Kevin y Scott se despiden, estoy preocupada y de mal humor.
—¿Te pasa algo? —le pregunto en voz baja, a pesar de que es evidente que sí, puesto que no ha dicho ni una sola palabra más.
A estas alturas no solo Savannah ha comprendido que algo va mal; los chicos, e incluso Maddy, que continuaba sumida en su nube de felicidad, se han dado cuenta de la situación.
—¿Por qué no le dijiste a Scott que estamos juntos? —Su mirada fría me atraviesa y sus palabras se clavan en mi pecho porque, aunque estén pronunciadas en forma de pregunta, es obvio que son una acusación.
—¿Perdona? —pregunto incapaz de decir cualquier otra cosa.
—¿Por qué no le dijiste a Scott que estamos juntos? —Su tono es tan gélido que me hace estremecer, nunca, jamás, en ninguna de nuestras discusiones me había hablado así y, en consecuencia, algo se pone a la defensiva dentro de mí.
—¿Se supone que estaba obligada a hacerlo? —Mi voz encierra una advertencia que él ignora por completo.
—Hubiese sido un detalle, igual que lo hubiese sido que me comentases que habías quedado con él.
No es tanto lo que dice, sino cómo lo dice lo que hace que la rabia crezca con fuerza en mi interior.
—No sabía que tenía que pasarte mi agenda.
—No es una cuestión de agenda, sino de comunicación —rebate—. Si estamos juntos y quedas con un tío, lo normal es que al menos me lo digas .
Tal y como lo dice, la palabra «tío» suena tan sucia y depravada que tengo que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para que los ojos no se me llenen de lágrimas.
—No quedé con un tío, quedé con Scott.
—¿Ese Scott que acaba de admitir que intentó follar contigo? —cuestiona dolido.
—El mismo Scott que acaba de decir que lo rechacé y le dije que no —afirmo con rotundidad.
Eso debería ser lo importante, debería ser suficiente, tendría que bastarle, pero, por cómo me mira, comprendo que no.
—¿Por qué no le dijiste que estamos juntos? —repite la pregunta, y aprieto los labios con fuerza, tratando de controlarme para no mandarlo a la mierda.
—Chicos, igual no es el mejor momento para… —Savannah interviene tratando de calmar los ánimos.
—No, no, déjalo, vamos a aclararlo —la interrumpo antes de clavar mis ojos en Liam—. A ver, sorpréndenos, ¿por qué crees tú que no se lo dije? Porque es evidente que ya has sacado una conclusión. ¿Qué piensas? ¿Que quería tirármelo?
—Liam… —Ahora es Ryan quien trata de poner cordura en la situación, colocando una mano sobre el hombro de su amigo para atraer su atención, sin embargo, este lo ignora y sostiene mi mirada mientras pronuncia una frase que me resulta lapidaria.
—No sería la primera vez —dice encogiéndose de hombros.
Me duele, que piense eso de mí me duele tanto que apenas puedo seguir respirando.
—¿Eso es lo que piensas de mí? ¿Tan poco me conoces? —cuestiono con la voz temblorosa.
—Igual ya te has aburrido; al fin y al cabo, ya hemos batido tu récord, llevamos juntos más de dos semanas —asegura, y la frase es tan cruel que me remata.
Incapaz de permanecer quieta durante más tiempo, me levanto y me marcho directa al baño, y no tengo ninguna duda de que justo detrás de mí, pisándome los talones, vienen Maddy y Savannah .
—¡Para! ¡Aria, para, por favor! —me ordena la primera cuando cierro la puerta del aseo de un portazo y comienzo a caminar como una posesa por su interior.
—¡No puedo! —exclamo—. ¡¿Es que no has escuchado lo que me ha dicho ese ese ese…?! —Trato de buscar una definición a la altura de mi cabreo, pero es que ni la encuentro—. Ese troglodita, ese neandertal que tiene el cerebro del tamaño de una ameba.
Ellas me escuchan en silencio, dejando que me desahogue, que lo suelte todo…
—¡Alguien tendría que explicarle a ese cromañón que ya no estamos en la época de las cavernas! —grito.
Lo peor es que no sé si estoy más enfadada, decepcionada o dolida, y eso me cabrea todavía más.
—Aria, ¿puedes estarte quieta un momento y escucharnos? —me pide Savannah, colocándose delante de mí para interceptarme el paso.
—¡¿Qué?!
—Lo que ha dicho Liam está completamente fuera de lugar —admite mi amiga con voz suave.
—Cierto, es injustificable —la apoya Maddy.
Ambas intercambian una mirada preocupada antes de seguir hablando, y retrocedo un paso, porque las conozco y sé que lo que viene a continuación no me va a gustar.
—¡No! ¡Ni se os ocurra decir un pero, porque en este caso no hay pero que valga! —exclamo.
Savannah se muerde el labio inferior e inspira con fuerza, tomándose unos segundos como si estuviese buscando las palabras.
—Sin embargo…
—«Sin embargo» es lo mismo que «pero» —la corto con voz temblorosa.
—Sin embargo —repite ella mirándome con cariño—, está claro que no era él quien hablaba, sino los celos.
Retrocedo un paso; si piensa que con eso me va a ablandar, no sabe lo equivocada que está.
—Los celos son una mierda, son destructivos, una enfermedad y, sobre tod o, son problema del que los tiene, no de los demás —digo con frialdad.
—Tienes toda la razón —afirma Maddy con cautela.
—¡Mierda, ahora viene otro pero! —exclamo ofuscada.
—Pero tengo que reconocer que si Ryan quedase con otra sin decírmelo y no le contase que está conmigo cuando ella quiere acostarse con él… Me dolería —admite mi amiga.
—En ningún momento tuve la intención de acostarme con Scott —lo digo con vehemencia.
—No tenemos ninguna duda de eso, solo queremos que entiendas que no es tan raro que a Liam le haya sentado mal —susurra Savannah.
—No le he dado ningún motivo para desconfiar de mí —declaro con firmeza—. Ni mucho menos para echarme en cara si me he acostado o dejado de acostar con uno o con cincuenta tíos.
Ambas me miran y yo continúo hablando.
—Nunca me he escondido, siempre fui clara con ellos y les dejé claro que lo que pasase entre nosotros era cosa del momento, que no iba a trascender a nada serio.
—Es verdad —reconoce Savannah—. Y dudo que Liam desconfiase de ti, creo que solo está herido.
—Yo nunca he engañado a nadie, nunca he mentido y jamás le haría daño a una persona con la que tengo una relación, por lo que considero que no le he dado a Liam ninguna razón para tener celos…
Al menos hasta ahora… Porque, ya que por lo visto quiere ponerse celoso, al menos que sea con razón —digo apretando los puños a la vez que salgo del baño con determinación.
—La que se va a liar… —le escucho decir a Maddy entre susurros.
Sonrío, porque no sabe ella cuánto.
—¿Me invitas a una copa, guapo? —pregunto acercándome a un grupo de tres chicos que, apoyados en la barra, me miran como si acabasen de ganar el premio gordo cuando con aire coqueto le acaricio el hombro a uno de ellos.
—¡Por supuesto! ¿Qué te apetece tomar? —pregunta solícito .
—Un chupito de tequila.
—Barry, cuatro chupitos de tequila —le pide el chico al bueno de Barry.
El bueno de Barry coloca los vasos delante de nosotros, los llena con generosidad y, en cuanto termina de hacerlo, yo cojo uno, me lo llevo a los labios y lo vacío de un trago.
No me gusta el tequila, y me quema la garganta, pero me importa una mierda; la fiesta acaba de empezar.