Capítulo 31
Sorpresa…
Aria
Contengo la respiración medio escondida en un lateral de la ventana mientras trato de mantener a raya la emoción.
—Luego te llamo, tío, creo que Brad comentó que podía estar bien ir a tomar algo esta noche —le escucho decir a Ryan en voz alta cuando detiene su coche delante del portalón.
Liam ni siquiera le contesta, se limita a hacer un gesto con la mano para que sepa que lo he escuchado y pulsa el código para que la puerta se abra.
—Intenta recuperar fuerzas —le ordena la capulla de Maddy dedicándole una sonrisa socarrona.
Sé de primera mano que la muy cabrona los ha exprimido hasta dejarlos exhaustos; por suerte, mañana no entrenan y pueden aprovechar para reposar, porque lo que es hoy, no pienso dejarle demasiado margen para descansar.
Tengo tantas ganas de verlo que ni siquiera me he planteado si mi pequeña intromisión le gustará…
Escucho la llave en la puerta principal y contengo la respiración a la vez que soy consciente del momento exacto en que se queda paralizado en el recibidor al verme en medio de su salón, plantada al lado de la mesa del comedor en la que descansa el delicioso guiso de carne rellena que la abuela me ha preparado con todo el mimo del mundo para la ocasión.
El protagonista de cada una de las fantasías que he tenido a lo largo de esta semana me contempla ojiplático, como si no pudiese creer lo que ve, repasando mi cuerpo de arriba abajo y como si estuviese conteniéndose para no arrancarme a bocados la ropa.
—Bienvenido a casa, te echaba de menos —lo saludo con voz entrecortada, y ese es el instante exacto en que se acaba su contención.
Sin dudar un segundo, ni molestarse en contestarme, recorre a toda velocidad el espacio que nos separa y se abalanza sobre mí como si estuviese muerto de sed y acabase de encontrar un manantial repleto de agua.
Su boca se estrella contra la mía con prisa, a la vez que sus manos recorren mi cuerpo colándose debajo de mi jersey para acariciar con deleite cada centímetro de mi piel.
Yo respondo con la misma necesidad, abriéndome paso con la lengua en su boca y llevando mi mano a su entrepierna, que me recibe dura como una roca.
Antes de darme tiempo a recuperar el aliento, me alza del suelo y, sin dejar de besarme con hambre, camina hasta que chocamos y nos dejamos caer sobre el sofá.
Nuestros cuerpos se rozan buscando la manera de encajar, deshaciéndose de todas las barreras que nos impidan tocarnos, sentirnos piel con piel y, cuando sus dedos se cuelan en mi interior, penetrándome una y otra vez, y mi mano rodea su miembro arrancándole un gemido desesperado, siento que todo da vueltas a mi alrededor y que algo detona en mi interior.
Los besos se intensifican, sus labios me saborean, los míos rodean su miembro haciéndole temblar de placer.
Quiero verlo estremecerse bajo el calor de mi cuerpo; necesito besarlo, poseerlo, lo quiero y lo necesito todo de él, con él.
Sus labios regresan a los míos, sus manos se aferran a mis muslos, las mías acarician sus hombros mientras me coloco a horcajadas sobre sus piernas.
Liam respira con dificultad y, cuando su mirada se enreda con la mía, de una fuerte estocada se introduce en mi interior conectándonos de una forma brutal e irreverente que va más allá de lo físico y nos acerca a la locura de un placer indescriptible y de una sensación de plenitud inmensa.
Cada jadeo, cada gemido, cada vez que mi cadera se encuentra con la suya mi corazón se desboca y tengo la sensación de que, dentro de mi pecho, más que latir, galopa.
Sus caricias nublan mis sentidos, su lengua enardece mi piel y cada milímetro de mi cuerpo es consciente de que le pertenece solo a él.
—Liam —susurro su nombre y me pierdo en el abismo tormentoso de sus ojos al dejarme llevar por un orgasmo que funde cada partícula de mi ser mientras él, con movimientos desesperados, estalla entregándome todo lo que tiene y todo lo que es.
Incapaces de detener el temblor de nuestros cuerpos, nos tumbamos sobre el sillón, abrazados, mientras tratamos de normalizar el ritmo de nuestras aceleradas respiraciones.
—Es el mejor recibimiento que he tenido en toda mi vida —murmura unos segundos después besando mi pelo con suavidad.
—Al final vas a cogerle el gustillo a eso de viajar con el equipo —me río.
Finge pensarlo durante unos segundos.
—Naaa, ni de coña, imposible a no ser que vengas conmigo, te he echado demasiado de menos —confiesa acariciándome la espalda con ternura.
—¿Tienes hambre? —pregunto al sentir su estómago rugir.
—Muchísima, pero me temo que tendrás que darme unos minutos…
—¡De comida, idiota! —exclamo golpeando su hombro con suavidad.
Él se echa a reír.
—¿Quién dice que tú no lo seas ?
—Me atrevería a apostar que la abuela María —respondo—. No me gustaría estar en tu lugar si se entera de que has dejado enfriar su guiso de carne rellena.
—En ese caso, vamos ahora mismo a hincarle el diente —sugiere incorporándose para recoger alguna de las prendas que hemos dejado desparramadas por el suelo—. ¿Enfrentarme a tu abuela enfadada? No, gracias, no soy tan valiente.
Lo imito y un par de minutos después los dos estamos sentados a la mesa disfrutando del delicioso guiso que, aunque templado, sigue estando espectacular.
—Tengo una duda —comenta después de tragar una patata.
—Dispara.
—No me malinterpretes, no es que me queje, pero ¿cómo has hecho para entrar en mi casa?
Una sonrisa juguetona asoma a mis labios.
—Te recuerdo que Ryan tiene una llave de tu casa para emergencias.
—Sí que la tiene.
—Y yo tengo una llave de la suya que me dio Maddy cuando se fue a vivir con él por si alguna vez pasaba algo…
—Así que usaste la llave que tienes de la casa de Ryan y Maddy para coger la de mi casa y colarte.
—Exacto, el único problema es que Ryan no se acordaba de la clave para desactivar la alarma, por suerte, Brad la tenía anotada.
—Por lo que dices deduzco que estaban todos metidos en el ajo. —Niega con la cabeza—. Con razón Maddy y Savannah han estado todo el vuelo intercambiando sonrisitas y cuchicheos.
—Me hago una idea.
—Por no hablar de las indirectas que me lanzó tu amiga después en el coche —añade—. No obstante, reconozco que ha merecido la pena con creces.
—Me alegra saberlo —afirmo.
El teléfono de Liam comienza a sonar y, al ver que es Brad, lo pone en manos libres.
—¿Interrumpo? —pregunta él al otro lado de la línea .
—Estamos comiendo —respondo.
—Ehhh… —lo escucho murmurar con guasa.
—Un guiso de mi abuela —matizo al instante.
—Os llamo porque por la noche vamos a ir a tomar algo al Pepper Club. ¿Os apuntáis?
Liam me mira y asiento con la cabeza.
—Claro, allí nos vemos —responde.
—Perfecto, pues nada, ahora seguir comiendo —contesta conteniendo la risa.
Liam niega con la cabeza y cuelga el teléfono.
—Tenemos unos amigos idiotas, recuérdame por qué quedamos con ellos.
—Porque los queremos —digo sin más.
—Es cierto, aunque a veces no entiendo por qué, en el fondo los queremos —asiente.
Los dos nos echamos a reír contemplándonos con complicidad, regalándonos una mirada que sabe a confianza, a felicidad y a hogar.
En cuanto bajamos los tres escalones que nos separan del Pepper Club con los dedos entrelazados Liam señala una de las mesas más apartadas.
—Allí están —me indica—. Ya han llegado todos.
En efecto, Ryan, Brad, Savannah y Maddy charlan de forma animada en una de las mesas mientras disfrutan de una ración extragrande de patatas fritas y unas cervezas.
Todavía tomados de la mano, recorremos el local, que es de tamaño mediano e imita la estética de una típica taberna escocesa.
Me encanta este sitio; es cómodo y discreto, su interior está casi al cien por cien recubierto de madera, al fondo tiene un pequeño altillo de no más de cincuenta centímetros que hace las funciones de escenario donde algunas noches grupos pequeños to can instrumentos o cantan a capela, y la combinación de luces tenues y música suave de fondo crean una atmósfera placentera.
—¡Por fin aparecéis! —nos recibe Maddy llevándose una patata a la boca—. Caramba, Liam, se te ve mucho más contento y relajado.
—Cierto —la apoya Brad—. Al menos, la cara de seta se le ha quitado.
—No tenía cara de seta —se defiende él acercando un par de taburetes para los dos.
—Tenías, tenías —replica Ryan—. Y de una bastante venenosa.
—Dadles un poco de cancha, es normal que se echasen de menos —los regaña Savannah.
—Eso lo dices porque tú no eras la que lo aguantaba llorando por las esquinas en la habitación del hotel —la contradice Ryan.
—¡Yo no lloraba por las esquinas! —exclama el acusado bastante ofuscado.
—Poco te faltaba —resopla Brad.
—No tengo ningún problema en reconocer que te eché de menos una barbaridad —asegura Liam colocando un brazo sobre mis hombros y besándome luego en los labios con suavidad.
—Ohhhhh —exclaman los payasos que tengo por amigos justo en el momento en que Kevin y Scott aparecen por detrás.
—¿Cómo está mi neoyorkina preferida? —pregunta el último guiñándome un ojo con cierta guasa, sin duda, recordando lo que le dije en referencia a mi amiga cuando anoche utilizó conmigo esas mismas palabras, a la vez que abre sus brazos en dirección a Maddy quien, sin dudarlo, salta del taburete y se lanza a abrazarlo.
Lo adora, es evidente lo mucho que lo quiere, y no me extraña teniendo en cuenta que, según tengo entendido, era el único amigo que tenía en Washington, y que, precisamente por eso, a pesar de la distancia hablan a menudo y siguen muy unidos.
—¡Cómo me alegro de verte, pensé que ya te habías marchado! —exclama ella.
—Tu padre nos dio un día libre y no iba a perder la oportunidad de pasar un rato contigo y con tu hermano, así que me quedaré hasta mañana por la tarde —contesta él.
Kevin sonríe encantado y le dedica a Liam un gesto vacilón.
—Me han contado un par de pajaritos que estos días se te han hecho muuuy largos —bromea.