Capítulo 30 #2
—Ni me hables —resoplo—. Multiplica tu cansancio por dos y empezarás a acercarte a mi nivel de agotamiento. De hecho —añado—, he quedado contigo por ser tú, en cualquier otro caso te aseguro que en este momento estaría metida en mi cama durmiendo.
—Me siento halagado —afirma al mismo tiempo que un brillo juguetón cruza su mirada.
—Deberías —le aseguro.
—Sin embargo, si lo que quieres es meterte en la cama, podríamos arreglarlo —insinúa en tono bajo y de lo más sensual, inclinándose un poco sobre la mesa .
Me echo a reír y cruzo los brazos sobre mi pecho.
Desde el primer día en que nos conocimos, entre Scott y yo siempre ha habido un inocente e inofensivo tonteo, insinuaciones e indirectas con las que intentar sacarle al otro los colores, pero que jamás han ido ni irán más allá.
Por muchos y diferentes motivos: primero, porque es el mejor amigo de Maddy y esa es una línea peligrosa que ni me he planteado traspasar, y segundo, porque, a pesar de que está bueno a rabiar, entre nosotros no hay ni física ni química ni nada que me haya hecho vibrar.
Y estoy segura de que a él le ocurre exactamente lo mismo conmigo, lo que no quita que ese tira y afloja nos resultase divertido.
—Aunque no es en dormir en lo que estoy pensando —añade dedicándome una sonrisa ladeada.
—Eso sería tener mucha, pero que mucha suerte, y no eres un tipo tan afortunado —replico echándome a reír.
—Quién sabe, hoy me siento optimista —insiste sin perder en ningún momento la sonrisa.
—Una cosa es ser optimista y otra muy diferente no ser realista, tú estás siendo lo segundo.
—De ilusiones también se vive.
—Solo si quieres ser un iluso —rebato.
—Un iluso con quien podrías disfrutar mucho… —murmura alzando las cejas repetidas veces.
Me echo a reír.
—Es posible —concedo.
—No confundas posibilidad con certeza —me pide negando con el dedo índice.
—Para que fuese una certeza tendría que estar comprobado, y mucho me temo que eso es algo que nunca será demostrado —afirmo guiñándole un ojo.
—Auchhh —bromea agarrándose el pecho mientras pone cara de dolor—. He aquí una mujer de hielo que acaba de romperme el corazón.
Me echo a reír.
—No me atribuyas capacidades que no tengo .
—Estoy seguro de que eres capaz de eso y de mucho más —dice con sinceridad—. Pero no me importaría correr el riesgo.
—¿Para qué correr riesgos innecesarios?
—¿No conoces el refrán que dice que arriesgarse es de valientes?
—Lo conozco —asiento—. ¿Y tú el que asegura que de valientes está el cementerio lleno?
—Eres buena persuadiendo… —comenta achicando los ojos.
—Soy buena en todo.
—Me encantaría comprobarlo, pero no me dejas…
—Me temo que vas a tener que fiarte de mi palabra…
—¿Estás segura?
—Tanto como que Los Lobos van a machacaros esta temporada.
—Entonces todavía conservo la esperanza…
—No deberías.
—Ya veremos, la temporada es muy larga —comenta de buen humor.
Esa es una de las cosas que más me gustan de Scott: con él me siento cómoda para bromear y hablar de todo sin conflictos ni dramas.
Seguimos charlando durante algo más de una hora sobre todo tipo de temas: fútbol, la reforma que quiere hacer en la planta baja de su casa, mi trabajo con la campaña del Ayuntamiento…
—¿Te estoy aburriendo? —me pregunta al verme disimular un bostezo mientras me habla sobre el gatito que su sobrina ha adoptado y que todavía no sabe cómo le ha terminado endosando.
—Qué va, para nada, lo que pasa es que estoy muy cansada, creo que de un momento a otro voy a quedarme dormida sentada —reconozco de mala gana.
—Me temo que entonces deberíamos dar por finalizada la velada, te acompaño a casa y pido un taxi que me lleve al hotel —se ofrece.
—No hace falta.
—No me robes unos minutos de tu tiempo —responde haciéndose el ofendido.
—Está bien —accedo sonriendo .
Salimos de la cafetería y caminamos en silencio uno al lado del otro. Las farolas ya están encendidas y dan una tenue luz que dibuja luces y sombras jugando con las copas de los árboles.
Scott llama un taxi, le da mi dirección y después guarda el teléfono en su cazadora y mete las manos en los bolsillos de su pantalón a la vez que lo contempla todo con curiosidad.
—Me gusta esta zona, es mucho más tranquila que el centro —comenta—. Creo recordar que Maddy me contó que vivís todos aquí, ¿no?
—Sí —respondo—. La única que antes vivía en Brooklyn era Savannah, pero desde que está con Brad se ha mudado a su casa y ahora también ella es nuestra vecina.
—Menudo susto lo de Savannah…
—No te haces una idea, fue horroroso —me estremezco al recordar ese momento—. Pero por suerte todo terminó bien.
Giramos la esquina de mi calle y cruzo para detenerme delante de portalón.
—Esta es la mía.
Scott echa un vistazo rápido a la fachada y se acerca un par de pasos más a mí.
—¿Estás segura de que no quieres que entre?
—Mis ojos buscan los suyos y, por primera vez, descubro en ellos un deseo que me hace darme cuenta de que no está bromeando, habla en serio y me siento incómoda, porque sospecho que quizás ese tonteo que nos traíamos entre manos desde que nos conocemos no era tan inocente para él como para mí.
—Muy segura —afirmo con rotundidad.
La decepción en su rostro es tan evidente que me hace sentir peor todavía.
—Scott —pronuncio su nombre con cariño—. Lo siento si en algún momento te he dado una impresión equivocada, yo…
—No te preocupes —me interrumpe—. No pasa nada.
—¿Estamos bien? —pregunto.
—Por supuesto —contesta regalándome una sonrisa un poco menos brillante de lo habitual .
—Seguimos siendo amigos, ¿verdad? —insisto porque no me gustaría que las cosas se estropeasen entre nosotros o acabasen mal.
—Eso siempre —me asegura.
El taxi gira la esquina en este momento y se detiene al otro lado de la acera, justo delante de donde nos encontramos.
Scott le hace una señal para que espere un segundo e, inclinándose, deposita un casto beso en mi mejilla a modo de despedida.
—Pero tengo que decirte que no sabes lo que te pierdes… —Me guiña un ojo y le doy un suave golpe en el brazo a la vez que niego con la cabeza, dejándolo por imposible.
Él se echa a reír y, mientras lo veo alejarse y meterse en el coche, pienso que comprendo por qué Kevin y Maddy lo quieren tanto: puede ir de duro todo lo que quiera, pero la realidad es que en el fondo Scott Rivers es un buenazo.