Una jugada arriesgada Capítulo 30
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Capítulo 30

Scott

Aria

El ruido de la puerta de mi casa al cerrarse es como música celestial para mis oídos. Al verme dentro de la comodidad de mi hogar, me saco los tacones, los dejo en medio del pasillo y me dirijo directa al sofá, en el que me dejo caer exhalando un suspiro.

Estoy agotada, también me muero de hambre, pero estoy tan cansada que caminar hasta la cocina, abrir la nevera y coger algo que llevarme a la boca me parece un esfuerzo demasiado grande.

Esta semana ha sido una auténtica locura.

He tenido tantas reuniones con las diferentes marcas y con los patrocinadores que he perdido la cuenta; por si eso no fuese suficiente, he asistido a dosis extra de juntas en el ayuntamiento para concretar los últimos detalles de la campaña publicitaria en la que Liam y yo hemos estado trabajando, y he corrido de un lado para otro intentando no llegar tarde a ningún sitio como si fuese un galgo.

Las videollamadas eternas con los responsables de prensa de varias cadenas deportivas parecían no terminar jamás y las sesiones a horas intempestivas para revisar las diferentes propuestas de contrato con los abogados del equipo me han robado tanta s horas de sueño que, si no fuese por la cantidad indecente de cafeína que he consumido y por la ayuda de las barritas energéticas que me he metido entre pecho y espalda, no habría sobrevivido.

No he tenido ni un minuto de tiempo libre, ni siquiera he podido pasar a visitar a mi madre o a los abuelos, las horas y los minutos se me escurrían entre los dedos y, aun así, he echado tanto de menos a Liam que los días se me han hecho eternos.

¿Contradictorio? Puede, pero es que justo así es como me siento, una contradicción con patas, porque me muero por verlo y estar con él a solas, aunque sean solo cinco minutos, y al mismo tiempo me da pavor sentirme como me siento.

¿Dónde está esa Aria que disfrutaba de las relaciones esporádicas, sin compromiso, y que no necesitaba para ser feliz la presencia en su vida de un tío?

Estoy convencida de que ya no queda nada de ella, ha desaparecido, o más bien Liam la ha hecho desaparecer a base de sonrisas, miradas y momentos que me hacen olvidarme del resto del mundo y me roban el aliento.

Cuando se subió al coche con Ryan sabía que iba a echarlo de menos; nos hemos acostumbrado a pasar tiempo, mucho tiempo juntos, y era consciente de que iba a extrañarlo, pero no tenía ni idea de cuánto, ni de lo insuficientes que me iban a resultar las escasas llamadas o los mensajes de texto.

El móvil vibra en el bolsillo de mi pantalón y, al sacarlo y ver el nombre de Maddy en la pantalla, descuelgo la videollamada.

Al momento la pantalla se divide y tanto su rostro como el de Savannah aparecen en ella.

—¿No estáis juntas? —les pregunto extrañada, porque a esta hora las imaginaba en la habitación preparándose para la cena.

—Ha sido un día largo, yo estoy volviendo al hotel —me informa Maddy—. A Savannah todavía le quedan algunas cosas por recoger.

—No me hables de días largos… —gimo cerrando los ojos con fuerza—. El mío parecía no tener fin.

—Se nota, tienes unas ojeras terribles —comenta Savannah frunciendo el ceño—. ¿Has dormido o comido algo hoy ?

Me encojo de hombros.

—Ni se te ocurra regañarme, esto ha sido un caos, tanto mi equipo como yo hemos trabajado sin descanso, y que Logan haya decidido viajar con vosotros no es que haya ayudado. Así que bastante tengo con sobrevivir —bufo.

—Se te ve de buen humor —ironiza Maddy.

—Uy, sí, estoy encantada de la vida, pensando en ponerme a dar saltos encima del sofá y a tocar las palmas —respondo con retintín.

—¿Sabes quién también está de un humor estupendo? —me pregunta Savannah conteniendo una sonrisa.

—Liam —dicen a la vez.

—Menos mal que volvemos mañana, estaba a punto de ponerle un bozal —añade Maddy.

—No seas exagerada —protesto poniendo los ojos en blanco.

—No está exagerando nada, gruñe cada vez que habla —la apoya Savannah—. Estoy segura de que un león a régimen estaría de mejor humor que él.

El comentario me arranca una sonrisa y una cálida sensación me asciende por el pecho.

—¡Mírala! —exclama Maddy señalándome con un movimiento de cabeza—. ¡Con esa sonrisa embobada!

—Cómo se nota que no es ella la que tiene que aguantarlo —resopla Savannah.

—Sois un par de idiotas, las dos.

—Sí, sí, idiotas y lo que tú quieras, pero hoy he ido a darle una crema para que se ponga en el hombro y, en lugar de acercarme, se la he lanzado —comenta la fisioterapeuta.

—¿Se ha hecho daño? —me preocupo, porque hablé con él anoche y no me comentó nada.

—Solo es una pequeña sobrecarga, lo normal al empezar a entrenar después de estar un tiempo parado —me explica mi amiga restándole importancia.

—Parado lo que es parado no ha estado —interviene Maddy con malicia .

—En serio, sois unas payasas, pero os echo de menos, tengo ganas de veros.

—Por suerte, mañana nos tendrás ahí. —Maddy me guiña un ojo—. Por cierto, me dijo Scott que iba a llamarte, ¿has podido hablar con él?

—Sí, esta tarde —respondo—. Por cierto, gracias por recordármelo, estoy tan cansada que se me había olvidado que hemos quedado para tomar algo, le dije que estaba reventada y que no me veía con fuerzas para volver al centro y se ofreció en venir hasta la urbanización.

—No tendréis demasiado tiempo, mi padre es bastante estricto con las horas de descanso durante los campamentos, pero al menos podréis poneros al día —comenta Maddy.

—Esa es la idea —afirmo.

—Dale un abrazo de mi parte, qué lástima que esté pasando unos días en la ciudad cuando ni Kevin ni yo estamos ahí —comenta.

Le sonrío a mi amiga.

Scott Rivers es uno de los mejores amigos de Maddy y de su hermano Kevin, y juega como ala cerrada de los Blue Boys, equipo que entrena su padre, quien ha decidido (sospechamos que para poder pasar estos días con su adorada nietecita Molly) que su equipo haga un campamento preparatorio en Nueva York.

—Tranquila, le daré recuerdos de tu parte —le aseguro—. Ahora tengo que ir a cambiarme de ropa, no pienso ir con estas pintas —añado señalando la falda de vestir y la camisa con la que acudí a la última reunión del día—. Y si no me cambio, voy a llegar tarde.

—Nos vemos mañana —se despide Savannah.

—Eso si Liam la deja salir de la cama —replica Maddy.

—Ja, ja, ja. Mejor no os voy a decir dónde tenéis la gracia —murmuro.

Continuamos discutiendo durante unos minutos más y, después de despedirnos, pongo música y subo a mi habitación para cambiarme la ropa de trabajo por unos vaqueros sueltos la mar de cómodos y un jersey verde que combina con las zapatillas que me pongo .

Mucho más a gusto, cojo la cazadora y, tras guardar en el bolsillo la cartera, el móvil y las llaves salgo de casa.

El café en el que he quedado con Scott está a diez minutos caminando y reconozco que, como la temperatura es agradable, disfruto del paseo y me sirve para despejarme.

Después de la vorágine de estos días me va a venir bien tomar algo con un amigo para relajarme.

Conocí a Scott cuando Maddy empezó a trabajar como entrenadora de Los Lobos y él vino con su hermano Kevin a visitarla.

Es un tío educado, carismático y divertido, su talante extrovertido y despreocupado me hizo congeniar con él y, desde el primer momento, nos hemos llevado genial, todos solemos verlo cuando viene de visita y por eso que me haya llamado hoy me ha parecido de lo más normal.

El aire fresco del atardecer me golpea en la cara despojándome del entumecimiento, y mi humor mejora por momentos.

La cafetería es una de nuestras elecciones habituales cuando queremos picar algo rápido porque tanto las ensaladas como sus hamburguesas, así como la repostería casera que preparan, son un auténtico espectáculo.

Subo las escaleras del porche y, en cuanto entro en el establecimiento, echo un vistazo a mi alrededor.

Es un sitio alegre, de paredes blancas, mesitas redondas del mismo tono y sillas acolchadas tapizadas en colores vivos y diferentes.

Los grandes ventanales que ocupan la pared izquierda dejan entrar la luz anaranjada del atardecer, confiriéndole un aire íntimo y acogedor que invita a relajarse y descansar.

La deslumbrante sonrisa de Scott me recibe desde una de las mesas más apartadas del lugar. Cuando llego a su altura él ya está en pie dándome la bienvenida con los brazos abiertos.

—¿Cómo está mi neoyorkina favorita? —me saluda estrechándome contra su pecho.

Correspondo al amistoso gesto durante unos segundos y después los dos tomamos asiento .

—¿A que no tienes las narices de repetir eso delante de Maddy? —lo reto señalándolo con el dedo.

El sonido de su risa, fresca y sensual, atrae la atención de una cantidad considerable de las chicas del local, que sueltan risitas mientras cuchichean entre ellas.

No puedo culparlas, Scott es el prototipo de tío por el que cualquier mujer con ojos en la cara perdería la cabeza.

Tiene un bonito cabello rubio algo ondulado que siempre lleva despeinado, unos impresionantes ojos grises, sonrisa de anuncio de televisión y un cuerpo de escándalo, vamos que todo unido forma un conjunto que quita el hipo y, por si eso no fuese suficiente, resulta que el tío es un encanto: atento, divertido, inteligente…

Las chicas continúan murmurando, sin embargo, él ni se inmuta, sigue con su mirada fija en mí y con una sonrisilla petulante iluminando su rostro.

—No soy tan valiente —reconoce con guasa.

—Eso pensaba.

Una de las camareras se acerca a tomarnos nota del pedido y los dos nos decantamos por una deliciosa y completa ensalada. La mía, de salmón y la suya, de pollo con salsa de mostaza.

—¿Qué tal está yendo la semana de entrenamientos? —me intereso una vez que nos quedamos solos de nuevo.

Scott frunce el ceño y se recuesta en el respaldo de la silla.

—El entrenador nos está reventando —admite—. Ha empezado con ganas este año. ¿Y tú? ¿Relajada ahora que el equipo está fuera?